Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

lunes, 28 de septiembre de 2009

MAIRAL, Pedro: La vuelta

—¿Y si estoy, Indio? —dijo Belén con la cabeza apoyada entre los brazos de él, con la mirada perdida en los pinos y los médanos que iban quedando atrás.
—¿Cuántos días se te atrasó?
—Hoy ya van diez.
—Y bueno, si estás, lo tenemos.
Ella sonrió y se dieron un beso largo, jugando con las lenguas, mordiéndose apenas los labios. Estaban en la última fila de los asientos del ómnibus que volvía de la Costa hacia la Capital.
Se habían conocido en la playa los primeros días de enero- El Indio pasaba el mes con su amigo César en un departamento sin luz eléctrica y sin gas, que les había prestado la madre de César, que no conseguía alquilarlo y no pagaba hacía tiempo los servicios. El Indio había ido con la idea de pintar con tiza reproducciones de cuadros en las veredas del centro comercial para juntar plata. Pero no pasó del primer intento, porque los dueños de los locales no quisieron que ensuciara las baldosas. Entonces se le ocurrió la idea de pintar a las chicas en la playa. Se gastó los últimos ahorros en pinturas especiales para la piel; puso, en un balneario concurrido, un cartelito de cartón que decía: “Body Painting $ 5” y le empezó a pintar el cuerpo a César. Fue un éxito. Al rato ya había una fila de chicas que esperaban que las pintara.
Una tarde llegaron al balneario donde estaba Belén con sus amigas, y ella se hizo pintar un sol en la panza. El Indio le hizo una espiral de fuego que empezó en el ombligo y se fue expandiendo hasta los bordes del bikini. Como ella se dejaba pintar con placer y curiosidad, el Indio le dibujó, además, unas serpientes enroscadas en los antebrazos y una ajorcas de azul cobalto en los tobillos. Cuando terminó el Indio no le quiso cobrar. Le preguntó si se animaba a trabajar con él. Sería una mejor promoción empezar en cada balneario pintando a una chica que a su amigo. Ella aceptó. Tenía veinte años y nunca había trabajado en su vida.
Desde entonces, el Indio, César y Belén se instalaban cada tarde en un balneario. El Indio empezaba a pintar a Belén y grupos enteros de chicas mordían en anzuelo: César les cobraba, les daba el vuelto, y ellas se dejaban garabatear el cuerpo por el chico alto y morocho, de pelo largo, con los dedos embadurnados con pintura. Al atardecer, en algún punto de la caminata de vuelta, Belén y el Indio se metían en el mar para despintarse. En uno de esos chapuzones, entre forcejeos, los juegos y las olas, el Indio le dio un beso a Belén mientras ella se iba destiñendo y dejaba en el agua nubarrones celestes, anaranjados, violetas.
Poco después, Belén dejó de ir a dormir a la casa que alquilaba con sus cinco amigas y empezó a quedarse en lo de César y el Indio, donde cocinaban arroz con un calentador a gas en medio del cuarto. Tenían un colchón en el suelo y unas velas desperdigadas que se derretían sobre el piso de cerámica.
César salía a la mañana y el Indio y Belén se quedaban solos, cogían hasta quedar exhaustos, dormían, o el Indio sacaba su bloc y la dibujaba en carbonilla: Belén desnuda, recostada, Belén leyendo una revista, Belén haciendo pis. A las tres se encontraban con César en la playa y caminaban buscando nuevos balnearios.
Uno de esos días, Belén se peleó con sus amigas cuando fue a la casa a buscar el resto de su ropa. Le decían que estaban preocupadas, que se pasaba todo el día con esos tipos.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó ella.
—Que son unos negros, Belén. Ni los conocés. Te pueden meter en cualquier cosa.
—Ustedes quédense en su jardincito de infantes y no se metan en mi vida —les contestó, y se llevó su ropa para dormir en lo del Indio el resto del mes.
Ahora ya no había médanos. El ómnibus avanzaba por un campo amarillento, sin árboles, con vacas resguardadas del sol, a la sombra de los grandes carteles publicitarios.
—¿Por qué me pusieron esa cara de culo tus amigas en la terminal? —preguntó el indio.
—Son re boludas. Ni te calentés. No las podés sacar de la Recoleta y el country. ¿Sabés qué? Los primeros días que empecé a estar con ustedes me querían prestar un teléfono celular por si César y vos me hacían algo.
Se rieron y estuvieron un rato abrazados en silencio. Después Belén dijo:
—Podemos irnos a vivir al Sur, al Bolsón. Vos podés pintar y vender los cuadros en la feria. Yo cuido el bebé y puedo hacer una huerta. Es re lindo el lugar.
—Sos hermosa —dijo él.
—¿Vos me querés, Indio?
—Te amo —dijo y la volvió a besar.
Comieron alfajores. Como habían encendido el aire acondicionado, Belén se puso el suéter de él.
—Al principio podemos ir a casa, con mi vieja —dijo el Indio.
—¿Dónde me dijiste que era?
—En Ramos Mejía. Hasta que juntemos algo. Hay lugar en casa, sobra una pieza.
Belén no dijo nada y se fue quedando dormida sobre las rodillas del Indio. Él le miró la cara de párpados serenos, el pelo lacio y castaño, la pollera larga de flores estampadas, las zapatillas viejas. Miró por la ventana. Pasaban junto a una publicidad de un paquete gigante de cigarrillos. Se estaba nublando.
Más tarde ella se despertó para ir al baño. Cuando volvió, tenía los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Sin contestarle, ella le acarició el pelo negro, el mentón fuerte y cuadrado.
—Me vino, Indio —le dijo.
Se abrazaron y ella se largó a llorar. Él la consoló, la hizo sonarse la nariz y tomar un poco de agua.
—En realidad, no sé por qué lloro —dijo Belén—. Soy una estúpida.
El ómnibus atravesó una zona de quintas y viveros. Se quedaron callados.
—¿Estás mejor? —preguntó él, agarrándole la mano.
—Sí. Mejor. ¿Sabés también lo que me pone mal? ¿Viste cuando volvés de las vacaciones y llegás a tu casa y está todo muy silencioso y abrís la canilla y sale el agua marrón, como oxidada?
—Sí —dijo él—. Prendés la tele y ves los cadáveres de los accidentes en la ruta, los autos chocados, el número de muertos. Odio la tele cuando vuelvo de vacaciones.
—Sí, yo también —dijo ella y los dos miraron por la ventana el paisaje que se iba urbanizando de a poco, las casas chatas entre las calles de tierra, las gomerías.
—¿Todo febrero tenés que atender el negocio de tu mamá?
—Sí.
—¿Y Bellas Artes cuándo empieza?
—En marzo.
—Vas a estar re cerca de casa —dijo ella.
—¿Dónde era que vivías?
—En Montevideo y Arenales.
—Ah, pero este año yo curso en La Cárcova, en Costanera Sur —dijo él.
—Ah, sí, una vez vi una copia del David ahí. Me llevó mi papá cuando era chica.
Pasaron un peaje. Desde la autopista, vieron una estación de energía eléctrica, una villa miseria, un basural, y empezaron a entrar en Buenos Aires.
El Indio quiso darle a Belén la parte del dinero que le correspondía por el trabajo del verano pero Belén no lo aceptó y cambió de tema.
—Tenés que pasarme bien tu teléfono —dijo ella.
—Y vos el tuyo.
Belén anotó su número en una página del bloc de dibujo del Indio; él anotó el suyo en el boleto y se lo dio.
El ómnibus abandonó la autopista y se hundió en la ciudad.
—Qué poco tráfico —dijo ella.
—Porque es domingo —dijo él.
Eran las cuatro y media de la tarde y seguía nublado. Circulaban pocos autos. Pasaron por el puerto y Belén bajó su bolso del portaequipajes y se lo puso sobre la falda. Estaban los dos sentados en silencio, cada uno en su butaca. De vez en cuando se agarraban de la mano.
—¿Qué hacés ahora? —le preguntó el Indio.
—Me tomo cualquier colectivo a casa. ¿Y vos?
—Me tomo el 54. ¿Quién está en tu casa?
—Alguno de mis hermanos —dijo ella.
—¿Y tus viejos?
—Están de viaje.
—¿Por dónde?
—No sé. Creo que por Italia —contestó ella.
El ómnibus llegó a la terminal de Retiro. Bajaron. Hacía calor. Buscaron sus mochilas y Belén le devolvió el suéter. Él la acompañó hasta la parada y quiso quedarse esperando hasta que viniera el colectivo, pero ella le dijo:
—Andá, Indio, estás cansado.
Intentaron darse un abrazo pero se entorpecieron con las mochilas y se dieron un beso.
—¿No me regalás el dibujo donde estoy durmiendo desnuda?
—Termino el bloc y te lo regalo entero.
—Dale, regalámelo ahora —insistió ella.
Él buscó la hoja, la arrancó y se la dio.
—¿Me vas a llamar? —preguntó Belén.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando llegue a casa —dijo él.
Se dieron otro beso y el Indio se alejó hacia la parada. Caminó una cuadra y vio que pasaba el 54. Corrió un poco y lo alcanzó. Cuando estuvo arriba miró hacia donde había quedado Belén y vio que ella se subía a un taxi. El colectivo bordeó la plaza y el Indio se sentó en la fila de butacas individuales. Se reclinó, cansado, preguntándose si ella intentaría llamarlo, si buscaría el número buscado en el boleto, si lo marcaría. Trató de imaginarse qué cara pondría cuando le diera equivocado. Se puso a hojear el bloc de los bocetos: Belén leyendo, Belén secándose con una toalla, Belén peinándose. No encontraba el teléfono que ella le había anotado. De pronto levantó la mirada. El teléfono había quedado en el reverso del dibujo que Belén le había pedido de regalo.
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PEDRO MAIRAL
(Argentina, 1970)

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Pedro Mairal nació el 27 de setiembre. En 1989 empezó a cursar la carrera de Medicina, que abandonó al poco tiempo de empezar. En 1991, ingresó a la Universidad del Salvador para cursar Letras. Su primera novela, “Una noche con Sabrina Love”, ganó el premio Clarín en 1998. Fue premiada por un jurado de lujo: Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. Dos años después su libro fue llevado al cine por Alejandro Agreste; su protagonista: Cecilia Roth. En 2001 apareció el libro de cuentos “Hoy temprano” —al que pertenece este cuento—, publicado por Alfaguara. En 2003 se conoce su libro de poemas “Consumidor final”, y dos años más tarde Interzona publicó su segunda novela, “El año del desierto”. Y comienza a coordinar, junto a otros autores, el blog “El Remisero Absoluto”. En 2006, coordina otro blog: “El señor de abajo”. En 2007, integra la antología “En celo”, de cuentos eróticos, editada por Mondadori. Sus libros ya se traducen en Francia, Italia, Portugal, Polonia y Alemania. Es un autor de culto en España. También en ese año, el jurado de Bogotá39, lo incluye entre los mejores 39 escritores jóvenes latinoamericanos.
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(Texto y datos biográficos extraídos de la colección “Cuentos de amor”, editada por la revista Ñ el 08 de noviembre de 2008).

miércoles, 23 de septiembre de 2009

NERUDA, Pablo: Poesía y policía

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(...) Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. No excomulgaré a nadie. No le diría mañana a ese sacerdote: “No puede usted bautizar a nadie porque es anticomunista”. No le diría al otro: “No publicaré su poema, su creación, porque usted es anticomunista”. Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos, sin más títulos que ése, sin darse en la cabeza con una regla, con una palabra, con una etiqueta. Quiero que se pueda entrar a todas las iglesias, a todas las imprentas. Quiero que no esperen a nadie nunca más a la puerta de la alcaidía para detenerlo y expulsarlo. Quiero que todos entren y salgan del Palacio Municipal, sonrientes. No quiero que nadie escape en góndola, que nadie sea perseguido en motocicleta. Quiero que la gran mayoría, la única mayoría, todos, puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que ésta termine. No entendí nunca el rigor, sino para que el rigor no exista. He tomado un camino porque creo que ese camino nos lleva a todos a esa amabilidad duradera. Lucho por esa bondad ubicua, extensa, inexhaustible. De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas nuestras cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear, que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.
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Pablo Neruda
(Chile, 1904/1973)

de “Confieso que he vivido”
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"En la Isla Negra, en Santiago, en Valparaíso, en Bahía, en Río, en San Pablo, en Moscú, en París, en Praga, en Pekín, en Chunking, en Colombo, en Kandi, en Madras, en Bombai, en Calcuta, bajo la lluvia del diluvio en Rangoon o en la floresta petrificada, yo te reencuentro vivo, Pablo, en tu velorio. Sobrevuelas tu patria donde los criminales desenfrenados se banquetean con cadáveres en la noche de los asesinos. Nunca tuviste un momento de duda: mañana la aurora renacerá, restaurados en ella el pueblo y la poesía" (Jorge Amado)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

GELMAN, Juan: El animal

"Niño con máscara"
de Walter García (Nicaragua)
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Cohabito con un oscuro animal. Todo lo que hago de día, él de noche me lo come. Lo que hago de noche, me lo come de día. Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en hacerme recordar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
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No lo dejo dormir.
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Soy su oscuro animal.
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Juan Gelman
(Argentina, 1930)

domingo, 13 de septiembre de 2009

OCAMPO, Silvina: Carta bajo la cama

Querido Florencio:
Estoy pasando unos días en Aldington, en casa de unos amigos. Aldington está situado en un lugar del sur de Inglaterra, bello, anegado y solitario, donde crían ovejas. Desde aquí se ve, en una lejana franja, el mar, que podría ser un río. El paisaje me recuerda un poco el nuestro, salvo la ondulación natural del suelo, la moderación del canto de los pájaros, el absoluto silencio y la oscuridad perfecta de las noches. Es probable que en otras noches se oiga el croar de las ranas y que brille una luz extraordinaria ¿pero qué espera el tiempo para volver exuberante a la naturaleza? Estamos en pleno verano.
Hay en mí una mezcla de nostalgia y de goce que no sabría explicar. La similitud y disimilitud del lugar, comparado con mi tierra, provoca alborozo en mi ánimo cuando vago al atardecer por los caminos sinuosos que llevan al pueblo. No muy lejos de aquí, un campamento de gitanos, rubios, altos y feroces, con carros pintados de colores violentos, con manijas, bisagras y guardabarros de bronce, llamó mi atención. La primera vez que lo vi fue el día del año en que los gitanos lavan la ropa: la habían tendido alrededor de las carpas, ocupando casi una manzana.
Hay un bosque, de abundante vegetación con muchas flores rosadas; creo que te gustaría como a mí. Dos veces logré perderme en él, en su oscuridad, que me fascina. Observamos con mis amigos que de trecho en trecho (sin quitarle belleza, pero dándole quizá un aspecto lúgubre), se abren hoyos en el suelo, con visibles restos de raíces rotas; diríase que alguien, un jardinero de prisa, hubiera sacado plantas con el terrón de tierra para trasplantarlas. Junto a algún hoyo queda una arpillera raída y húmeda, una colilla o una lata vacía. Me atrae ese bosque y secretamente deseo que la noche me sorprenda alguna vez perdida en él, para que yo me vea obligada a quedarme entre las flores rosas y los helechos, sobre el musgo, acostada, con ese miedo que me agrada, como suele agradarle a los niños.
Me dijiste que el miedo fue siempre una de mis favoritas distracciones. Esas locuras mías son las que gustan más, porque demuestran que aún queda en mí un resto de infancia. No soy valiente, pero en mi inconciencia jamás rehuyo el peligro; lo busco para jugar con él. No lo olvides: he quedado sola en este desamparado lugar de Inglaterra, en una casa sin persianas, con ventanales de vidrio, alejada de otras viviendas, sin ni siquiera un perro para cuidarme. Mis amigos se fueron a Londres. Es claro que el sitio es tranquilo y la gente tan buena, que al salir ponemos la llave sobre el soporte del farol de entrada, de modo que el almacenero, el lechero o el cartero puedan dejar paquetes o cartas adentro de la casa. Todo el pueblo sabe dónde está la llave de la puerta de entrada.
Debo confesarte que en el primer momento vacilé ante la idea de quedar sola aquí. Me gusta compartir el miedo aunque sea con un perro o un gato, pero ¿qué placer podría sentir? La picadura de una avispa en la pierna izquierda, que me dio fiebre (me duele todavía), los discos maravillosos que no he oído bastante en el fonógrafo, la lectura de Rómulo Magno de Dürrenmatt y cierta inercia me indujeron a quedarme. Luego, cuando quedé sola, y empezó a caer la tarde, una angustia intolerable me sobrecogió. Tuve que tomar pastillas de Ampliactil, como esas mujeres de las cuales te burlas. Todo eso sucedió ayer. El cielo, donde buscaba los Siete Cabritos, las Tres Marías, la Cruz del Sur, porque no conozco otro cielo y porque me parece que todos los cielos tendrán que ser como el nuestro, se cubrió de nubes. Una tormenta, que podía competir con las de mi provincia se desencadenó. El mar, a lo lejos, parecía colérico. La noche sobrevino más temprano, por suerte; digo por suerte, porque la oscuridad me daba menos miedo, tal vez, que las imágenes que estaba viendo, pues aunque busque el miedo, éste excedía mi deseo. Acurrucada en un sillón, el más alejado de la ventana, me puse a leer, mientras el cielo organizaba truenos y relámpagos, y la lluvia, con su cortina espesa y fría, sin protegerme, me separaba del mundo.
Esta mañana me desperté feliz de haber vencido esa parte tan vulnerable de mi ser. Caminando fui de nuevo al bosque: me perdí entre las flores rosadas y los crujientes árboles: "Sola, sola, sola", repetía, regocijándome con mi soledad. "Estoy sola".
¿Qué es el miedo? Ciertamente cada ser tiene su propio miedo, un miedo que nace con él. En mi caso no guarda proporción con el peligro que me acecha. Hoy, por ejemplo, ¿por qué no tengo el miedo de ayer? La misma soledad absoluta me circunda. Las ovejas grises que pastan a lo lejos son como piedras grises que se mueven. ¿Por qué no me dan miedo?
Temprano, tres veces por semana, viene una mujer reumática a hacer la limpieza de la casa; todavía estoy durmiendo cuando oigo sus cantos desafinados, como un zumbido. El jardín se cuida él mismo. Nada cuida mejor un jardín que la humedad. Los dueños de la casa dicen que se encargan de regarlo, cuando vienen a vivir aquí, pero hay tanta humedad natural que no han de regarlo nunca, por más que se jacten de ello.
Interrumpí esta carta para preparar una taza de té. Esta cocinita de gas es muy práctica: en dos minutos todo está listo. Mientras te escribo, bebo el té. Escribirte con la pluma en la mano derecha y sostener con la izquierda la taza en que bebo un manjar que preparo tan bien, es una felicidad que no cambio por ninguna otra. No, aunque no lo creas: no cambio esta felicidad por ninguna otra, ni por estar a tu lado. ¡El amor es tan complicado con todos sus ritos! No me vengo de ti. El poniente ha iluminado los vidrios de rojo. Ahora estoy sentada frente al ancho ventanal del dormitorio, desde donde diviso el campo y una franja lejana, como otro campo, de mar. No comprendo mi temor de ayer. La soledad se intensifica a esta hora. El zumbido de un moscardón golpea los vidrios: abro la ventana para que se vaya.
Nunca oí tantos silencios juntos: el de la casa, el del campo, el del cielo. Con cuidado pongo la taza sobre el plato de porcelana. Cualquier ruido sería estruendoso. Recuerdo un poema de Verlaine, titulado "Circunspección": "No interrumpamos el silencio de la naturaleza, una diosa taciturna y feroz" decía un verso.
Desde hace unos instantes oigo un ruido, un ruido que me trae algún recuerdo de infancia, el ruido que hace una pala (hermana del rastrillo) en la tierra húmeda. ¿Pero quién puede trabajar a estas horas? ¿Una pala invisible? Si pienso un poco puedo asustarme. ¿Prefiero que esa pala que golpea rítmicamente la tierra sea invisible? Involuntariamente, de un misterio elijo la versión que más me asusta. Me vuelvo hacia el este donde está el otro ventanal, que no tiene mayor atractivo. Hay una bolsa en el suelo. La bolsa se mueve: es un hombre arrodillado. Está cavando la tierra. ¿Por qué está arrodillado? Hace un esfuerzo inaudito con los brazos. Para cavar la tierra, habitualmente los jardineros hincan la pala con la ayuda del pie. La postura del hombre es extraña. ¿Será un vecino que viene a robar plantas? ¿Qué plantas? Hay alverjillas rosas, salvias, dalias, nardos, caléndulas, brincos ¡qué sé yo! Pero no hay plantas grandes. ¿Para qué está cavando ese hoyo? ¿Para qué? Habrán mandado una planta de algún vivero. ¿Por qué no me avisaron? Pero a esta hora nadie trabaja. Dentro de un rato, ese hombre tendrá que irse y podré acurrucarme en un sillón tranquilamente para oír los discos. Ahora no puedo interrumpir con otro sonido el ruido de esa pala. Cerrando los ojos sueño que vivimos en esta casa, que es nuestra y que tenemos un jardinero, que está trabajando afuera. Se acerca la hora de la cena, hora en que volverás. Soy feliz.
Sospecho que el comienzo de esta carta no fue del todo sincero. Te extraño. No tengo motivo para ocultártelo, salvo este orgullo que me oprime el cuello, como si tuviera manos para estrangularme.
A través del vidrio del ventanal, el hombre ¿será un hombre? se mueve pesadamente. Miro mis brazos y compruebo que tengo frío, por consiguiente miedo. Al alcance de mi mano está el televisor. Muevo los diales. Con avisos, imágenes (aunque sean para niños), música, noticias, cualquier noticia, llegaré a no oír el silencio, que encuadra mi susto. El hombre me mira mientras hinca la pala: ahora lo advierto. No sé si la sombra es negra o su cara, debajo del sombrero raído. Su figura corpulenta se pierde en la oscuridad de la noche, que va cayendo del cielo. Diríase que sólo la tierra está iluminada, con los últimos reflejos del poniente.
Si en esta casa hubiera una jaula con un pájaro, o un animalito cualquiera, sentiría menos miedo. El televisor tarda en funcionar. ¿Le faltará la antena? Oigo el ruido de la pala. Muevo los diales: la pantalla se ilumina intensamente. ¿Antes de llegar a enfocar las imágenes tendré que morir? El esfuerzo me calma un poco. Como verás, manejo los diales con la mano izquierda. Podrías creer que no estoy escribiendo con la mano derecha ¡tan temblorosa es ahora mi letra! Las imágenes aparecen nítidas. En sus casas miles de señoras estarán tejiendo, dando de comer a sus hijos o comiendo ellas mismas; más bien, habrán terminado de comer, los hijos estarán durmiendo (pues aquí se come muy temprano), viendo tranquilamente lo que estoy viendo; propagandas de trajes de baño, de aceite bronceador, de cepillos Kent con su peine elástico, de jabones para el cutis, de supositorios para infantes que ríen en vez de llorar. Luego las noticias policiales. Oigo la voz que da los informes: un hombre peligroso, portugués de cuarenta años, corpulento asesino, llamado Fausto Sendeiro, alias Laranja, que trabaja de jardinero, asesina y mutila a mujeres, para abonar las plantas que distribuye caprichosamente. ¿Cómo no se descubrió antes?, dice el locutor. Parece que dos mujeres lo secundan, vestidas con trajes anticuados, vendiendo baratijas. Fausto Sendeiro, durante el atardecer, cava los hoyos donde arroja a sus víctimas para plantar encima arbolitos que saca de los bosques. Jamás existió asesino tan trabajador. ¿Cuántas mujeres habrá matado? ¿Cómo? El primer jardín donde hizo las excavaciones, por pura casualidad aparece en la pantalla. Una bolsa quedó olvidada, con las impresiones digitales. Veo el jardín macabro, con las excavaciones y unas pobres plantas en el suelo. Desconecto el televisor. El ruido de la pala continúa. No puedo casi moverme. Estoy paralizada. El hoyo se agranda; es un agujero negro. Junto al agujero vislumbro una planta tirada en el suelo. ¿Dónde podré esconderme? Estoy en una casa de vidrio, y el hombre me mira continuamente. No hay teléfono. Arrastrándome como un gusano podría tal vez llegar hasta la puerta de entrada o hasta el dormitorio, donde está mi cama, sin ser vista. ¿Pero si al verme hacer esos movimientos deja su trabajo y viene corriendo hacia mí, para clavarme el cuchillo que llevará en el cinto, o para estrangularme con sus manos enormes? ¿En cuántos pedazos me cortará suponiendo que lleva un cuchillo en el cinto, y en cuántos minutos me estrangulará, suponiendo que oprima mi cuello con sus manos enormes? No puedo alzar la vista hacia la puerta: las dos mujeres están allí. Ya entraron: sin golpear. Una de ellas tiene un sombrero con lentejuelas, plumas y gasa, la otra un gorro de paja con cerezas; visten faldas almidonadas, negras, y llevan cada una de ellas una valija de cuero. Musitan a un tiempo: "Venimos, señora, a venderle unas cositas interesantes" (es la única frase que saben decir). De las valijas sacan blusas de nylon, medias, prendedores, fotografías de árboles y de buques, y frascos de bombones que me ofrecen.
—Acabo en seguida con estas cuentas —les digo—. Mis gastos.
Se sientan, para esperarme, ofreciéndome un bombón, entre sus dedos largos. ¿Ese bombón contendrá un soporífero? Son mujeres piadosas. Se miran y ríen.
—¿Pronto serviré de abono a una planta? —les pregunto.
No saben lo que quiere decir abono, ni planta, ni pronto. Tomo el bombón y lo llevo a la boca: tiene gusto a chocolate, al último bombón, a la última etapa del miedo, que me comunica con Dios. Siento un agradable sopor que me vuelve atrevida.
—¿No quieren tomar té? —les pregunto, sin dejar de escribir. Con el índice de la mano izquierda señalo la taza que está sobre la mesa, y la tetera.
—Sí —responden al mismo tiempo, mirándose de soslayo—. ¿Cha cha?
Mientras tomen el té pondré a salvo mi carta. La dirección ya está en el sobre y...
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Silvina Ocampo
(Argentina, 1903/1994)

martes, 8 de septiembre de 2009

2005 - SETIEMBRE - 2009

4 AÑOS

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UTOPÍA
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Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más para allá.
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Por mucho que camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Pero eso sirve: Para caminar.
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Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
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viernes, 4 de septiembre de 2009

BIRRI, Fernando: Devaneos del flaco hidalgo mientras se está muriendo

" El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"
Paul Gustave Doré (Estrasburgo, 1832/París, 1883)
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Estoy muriendo.
Lo sé.
Porque entreabro mis ojos
y veo frente a mí la realidad.
Esa enemiga.
Esa perra flaca
y gruñidora.
Buenos amigos me fueron los sueños.
Y el más fiel,
el delirio.
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Sancho, Sancho,
en cualquier lugar que tú te encuentres ahora
no llores esta hora.
Tú ganaste.
Y cuando tú me decías:
"¡Son molinos!"
Yo lo sabía muy bien.
Pero quería mostrarte
-no demostrarte, mostrarte-
a ti que eras redondo
como el mundo, a ti que eras el mundo,
el valor de la metáfora.
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Molinos o gigantes, brazos o aspas,
¿qué diferencia pasa
entre el fulgor de mi ojo
que se extingue
y aquella otra estrella,
Dulcinea,
muerta ha millones de años
que aún me sigue guiando?
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Sancho, Sancho,
tú eres la verdad,
yo la mentira.
Pero cómo,
quién, dónde
se explica
que con mi muerte
se te va la vida.
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Fernando Birri
(Argentina, 1925)

martes, 1 de septiembre de 2009

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades?
Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes...
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María Teresa Andruetto
(Córdoba, Argentina, 1954)