Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

miércoles, 25 de febrero de 2009

GONZÁLEZ TUÑÓN, Raúl: La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.
.
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
(Argentina, 1905/1974)
.

Nació el 29 de marzo de 1905 en Buenos Aires, y murió el 14 de agosto de 1974.
Ejerció el periodismo. Participó en la redacción de Proa y colaboró en Martín Fierro. Realizó viajes por el interior del país y por América, Europa y Oriente. El mismo registró sus innumerables viajes haciendo honor a su identidad con el nombre poético de Juancito Caminador. Perteneció al comunismo hasta su muerte.
Su poesía mejor es la de sus comienzos. A ello parece regresar en sus últimos poemas luego del entusiasmo por la actualidad política y social que resta fuerza a su canto.
Fue Juancito Caminador, el poeta andariego y amigo de las gentes quien dijo: "Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad".
Obra poética: "El violín del diablo" (1926); "Miércoles de ceniza" (1928); "La calle del agujero en la media" (1930); "El otro lado de la estrella" (1934); "Todos bailan" (poemas de Juancito Caminador) (1934); "La rosa blindada" (1936); "Ocho documentos de hoy" (1936), "Las puertas del fuego" (1938); "La muerte en Madrid" (1939); "Canciones del tercer frente" (1941); "A nosotros la poesía" (1941); "Las islas" (1941); "Caprichos de Juancito Caminador" (1941); "Himno de pólvora" (1943); "Primer Canto Argentino" (1945); "Hay alguien que está esperando" (1952); "Todos los hombres del mundo son hermanos" (1954); "A la sombra de los barrios amados" (1957); "Demanda contra el olvido" (1963); "Poemas para el atril de una pianola" (1965); "El rumbo de las islas perdidas" (1969); "El banco de la plaza" (1977); "La luna con gatillo" (Selección, 1967); "Diálogo de un hombre con su tiempo" (Selección 1965); "Poesía de Raúl González Tuñón" (Selección 1965).

domingo, 22 de febrero de 2009

GROTTI, María Rosa: La generación de Bidú sigue de pie


( Texto publicado en la revista “Humor” en 1984)
.
Nosotros somos la generación de Bidú Cola, ¿se acuerdan? Ahora tenemos más de treinta años y ninguno sirve ni pa’ repuesto e’ loco. Pero íbamos a ser una generación de lujo. Recuerden.
A los 15 años, las chicas hacíamos tañir nuestras polleras campana-plato en las veredas, mientras dábamos la vuelta del perro. Fuimos las últimas vírgenes viejas: hasta los 22, cruzábamos fuerte las piernas y resistíamos a brazo partido. Buena parte de las memorias de las princesas cordobesas se han escrito en los zaguanes, mientras rendíamos -y nos bochaban- la ‘prueba de amor’.
Hemos hecho de todo: bailamos en una baldosa con los Románticos de Cuba y sufrimos luxación de cadera con el desenfreno del twist.
Crecimos con Los Beatles, pero ya se había apoderado de nosotros una rebeldía sin causa que nunca se curó del todo. Somos la generación de la Bidú ¿se acuerdan?
Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. Desde entonces ¡cuántos cigarrillos decisivos hemos fumado sobre el filo de las madrugadas!

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos...

A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una strada cualquiera, contemplando el anochecer de días agitados.
La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina; Raúl Show Moreno y Antonio Prieto ya no seguirían peleándose por el azúcar.
El Club del Clan pretendía asociarnos, pero las muchachas queríamos parecernos a la Maga, de Rayuela; a veces lo conseguíamos, porque algún ingrato nos abandonaba con un bebé rocamadour en los brazos.
Recuerden, nos llevábamos el mundo por delante, tal vez por eso el mundo nos atropelló a nosotros y sufrimos fracturas varias, algunos de corazón.
Nuestra mitología se renovaba sin cesar: el Che Guevara fue la Osa Mayor de un cielo que todavía era celeste.
Recuerden. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes.
Aprendimos a tirar del cordón de la campana, del cordón de la desobediencia que hace estallar la cobardía.
Pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en la llaga, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia.
Pero claro, después vino lo otro. Recuerden. Una inmensa inmundez inundó nuestro mundo.

¿Curados de espanto?

Somos la generación de Bidú, no sé si se acuerdan. Los que en 1976 teníamos entre 20 y 30 años, los jóvenes de entonces, no sé si me siguen. Somos los que quedamos de aquéllos que fueron toda una promesa ¿entienden? La mesa de saldos y retazos, dirán algunos.
¿Qué pasó? ¿La película no era en technicolor? ¿Por qué ahora la pasan en blanco y negro? ¿Y por qué hay tan poco blanco, por Dios? Cada día, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche, con el corazón hecho una fiera, mientras esperábamos oír las botas del domador. John Lennon también murió asesinado, mientras los amigos, pedazos de nuestra vida, se quedaban detenidos en el tiempo con estatitez insobornable. A esas fotografías inexactas, malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de inseguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreírle a las arañas. A Gigí le reventaron la cabeza con una piedra, el Gordo Serrucho se murió de pobre, con mucha cárcel encima; el petiso Zucaría languidece de tristeza en Suecia; al tero Valverde nunca lo volvimos a ver después de presentarse en la Aeronáutica al saber que lo buscaban. Y Nelson, y el Gordo Luvy, y el Chencho y....
Si pasan por el Dique San Roque, arrojen una flor blanca y no pregunten por qué. Nadie se cura de espanto: eso no lo sabe el domador.
Aquí estamos los de la generación de Bidú, con un cielo sin estrellas que algún día fue celeste. Rengos y mancos, con el alma chueca, castigados por cuatrocientos golpes, con el sueldo hipotecado en aspirina y un sueño feliz, gracias al valium, pero siempre de pie.
Fuimos una promesa ¿se acuerdan? Pero todavía no está dicha la última palabra.
.
Por María Rosa Grotti(mariargrotti@gmail.com)


El 21 de noviembre de 2008 el Taller “LEER PORQUE SÍ” distribuyó el texto “La generación de Bidú” y lo atribuyó a “María Grutti”. El texto llegó al taller a través de uno de sus integrantes que había escuchado el tema “Generación” del disco “Córdoba va” (1985) del grupo cordobés “Postdata” y solicitamos por este medio datos sobre su autora.
Afortunadamente, y gracias a las pistas brindadas por la escritora cordobesa María Teresa Andruetto, dimos con MARÍA ROSA GROTTI (así es su nombre correcto), quien se contactó con nosotros y nos mandó el texto original que publicara en la revista “Humor” en el año 1984.
Según María Rosa, en la época en que fue publicada la nota, junto con un grupo de periodistas hicieron “la quijotada” de elaborar el suplemento “Humor Interior” en esa inolvidable publicación durante un año. Luego siguió colaborando con ellos y en “El Periodista”.
Considera al texto “La generación de Bidú sigue en pie” una exhumación, ya que la nota tiene nada menos que 24 años. “La democracia recién volvía”.
María Rosa Grotti ha sido periodista durante muchísimos años y ahora que “viene llegando la jubilación”, se ha puesto a escribir 'en serio': algunos cuentos y, algún día, alguna novela.
Adjuntamos el correo electrónico de la autora, con su debida autorización, porque “le encantaría recibir opiniones de quienes lean su texto”.

miércoles, 18 de febrero de 2009

CASTILLO, Abelardo: El marica


Escuchame, César: yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Sí. Porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro, y las lleva toda la vida. Pero una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.
Vos eras raro. Uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa, y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Y vos eras raro. Cuando entraste a primer año, venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte, no sé, algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles, ni romper faroles a cascotazos, ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo como fue. Cuando uno es chico, encuentra cualquier motivo para querer a la gente. Sólo recuerdo que de pronto éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Una mañana hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez, dijo con voz de flauta: “Adiós los novios”. A vos se te puso la cara como fuego. Y yo me di vuelta, puteándolo, y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano. Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
—Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando hablaste sentí frío en la espalda: yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.
—Soltame —dije.
A lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo: tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que antes también lo entendía, y alguna vez lo dije: dije que todo eso no significaba nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose. Acaba por reírse de macho que es.
Y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
Fuimos inseparables. Hasta el día en que pasó aquello yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente como quieren los que todavía están limpios. Me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te enseñaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil contarte, escuchar todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara; la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
—Sabés, te admiro.
No pude aguantar tus ojos; mirabas de frente, como los chicos y decías las cosas del mismo modo. Eso era.
—Es un marica.
—Déjense de macanas. Qué va a ser marica.
—Por algo lo cuidás tanto…
Y se reían. Y entonces daban ganas de decir que todos nosotros, juntos, no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil, y la risa fácil. Y uno también acepta —uno también elige—, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche, cuando vino el negro y dijo me pasaron un dato.
—Me pasaron un dato —dijo—, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.
Y yo dije macanudo.
—César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.
—¿Con los muchachos?
—Sí, qué tiene.
Porque no sólo dije macanudo, sino que te llevé engañado. Y fuimos. Y vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo: alta entre los árboles.
—Abelardo, vos lo sabías.
—Callate y entrá.
—¡Lo sabías!
—Entrá, te digo.
El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba socarronamente. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes: siete por cinco, treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca. Nunca me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.
El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago. No me atrevía a mirarte. Los demás hacían chistes brutales. Desacostumbradamente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.
—Debe estar sucia.
Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta.
Nos guiñó un ojo.
—Pasá vos.
—No, yo no. Yo después.
Entró el colorado, después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, esa era exactamente la impresión que yo tenía.
Entré yo. Cuando salí, vos no estabas.
—Dónde está César.
—Disparó.
Y el ademán —un ademán que pudo ser idéntico al del negro— se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio, porque de pronto yo estaba fuera del rancho.
—Vos también te asustaste, pibe.
Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.
—Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
—Agarró pa ayá —con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.
Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
—Lo sabías.
—Volvé.
—No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
—Volvé, animal.
—Por Dios que no puedo.
—Volvé o te llevo a patadas en el culo.
La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar, ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.
—Bruto —dijiste—. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.
Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.
Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
—Maricón. Maricón de mierda.
Y después lo grité.
Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero de golpe, un día, necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros.
Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

ABELARDO CASTILLO
(Argentina, 1935)

domingo, 15 de febrero de 2009

LIBERTAD: ¿Por qué nuestra escuela se llama así?

Fueron muchos los que preguntaron por qué nuestra escuela se llama “LIBERTAD”. Aquí va la fundamentación enviada al Ministerio de Educación de Santa Fe en el año 2003 que, obviamente, fue aprobada.




Ascua encendida es el tesoro,
sombra que huye, la vanidad,
todo es mentira: la gloria, el oro.
Lo que yo adoro
sólo es verdad:
¡la Libertad!

Gustavo Adolfo Bécquer



FUNDAMENTACIÓN:

Consideramos que la educación no es un lujo, que no está destinada solamente a determinadas personas y que no es una circunstancia limitada a un determinado tiempo, sino al contrario: la educación es un derecho que todo ser humano posee, más allá de su condición social, capacidad intelectual, ideología o religión; y es una necesidad que debe durar toda la vida.
El Hombre forma parte de la sociedad en la que debe desarrollar sus actividades y en la que se contacta en forma permanente con sus semejantes. El Hombre en esa sociedad siente necesidades y una de ellas es la de pensar para poder elegir. Y esa elección entre dos o más opciones se le hace difícil cuando su educación es deficiente, escasa o simplemente nula. El Hombre requiere un perfeccionamiento integral y permanente que le permita realizarse como persona y alcanzar su destino trascendente.
Como miembros de una escuela para alumnos adultos, debemos ser conscientes de que nuestro objetivo es lograr que nuestros alumnos formen parte activa de la sociedad desde el ámbito en que se encuentren, con sus propias ideas y propuestas, con una mentalidad abierta al mundo que los rodea y una capacidad de pensamiento que les permita elegir entre varias opciones que se le presenten. Y la opción a la que nos enfrentamos como educadores es educar para la domesticación alienada o educar para la libertad, parafraseando al pedagogo Paulo Freire, quien contrapone en su teoría la educación para el hombre-objeto a la educación para el hombre-sujeto, ya que es necesario que a partir de la educación se haga posible la autorreflexión del hombre sobre su tiempo y su espacio.
Vivimos en un mundo perfectible, globalizado, en un mundo de guerras, hambre, corrupción, epidemias, mentiras. En un mundo que queremos mejor, pero nos sentimos condicionados por gobiernos, medios de comunicación, vecinos, amigos, familiares, circunstancias diarias de la vida. Es en estos momentos cuando se hace indispensable la integración del Hombre al medio en que vive y alimentar su capacidad de comprender el misterio de los cambios, sin que se convierta en un simple juguete de los mismos.
Pero sobre lo que debemos reflexionar como educadores de adultos, más allá de todas las teorías pedagógicas existentes, es por qué un día decidimos ser lo que somos: educadores. Recordar qué ideas pasaron por nuestras mentes jóvenes (o no tanto) que nos llevaron a pensar que nosotros podíamos cambiar muchas cosas y colaborar para que la educación mejore. Porque ningún maestro o profesor pensó antes de emprender sus estudios que de esa manera se haría rico materialmente; porque no debe existir educador que no lo sea por vocación, y si lo hay, triste destino le tocó...
Sostenemos que las ocho letras que conforman la palabra LIBERTAD dicen tanto como un libro entero; y todos sabemos a la perfección lo que significa esa idea, lo que vale, y el tiempo largo que no la tuvimos entre nosotros, aún cuando nuestra escuela funcionaba contra viento y marea.
Es por eso que creemos que LIBERTAD no debe ser sólo un nombre para una institución educativa, sino que tiene que ser un sentimiento, un ideal, una forma de afrontar nuestro trabajo y nuestra vida. En síntesis, debe ser nuestro proyecto educador: EDUCAR PARA LA LIBERTAD.

¿Por qué no proponemos un nombre de algún personaje ilustre o destacado de la zona o del ámbito de la educación?

1. La elección de una persona de trayectoria destacada en el ámbito zonal o educativo siempre provocaría desacuerdos en virtud de su misma condición humana: pensamiento, religión, simpatía política, acciones llevadas a cabo, con lo que no todos los que formamos parte de esta comunidad educativa estaríamos conformes o de acuerdo; o simplemente podría causar apatía, desinterés.
2. Porque creemos que es una propuesta original dejar de lado a los hombres ilustres para destacar en una idea, en un proyecto, lo que muchos de ellos (sino todos), desde sus diferentes ámbitos, defendieron.
3. La elección de un nombre de persona ilustre no causaría tanta adhesión o entusiasmo como la de un ideal, una forma de vida, un proyecto educador y un fin institucional como lo es la LIBERTAD.
4. La palabra LIBERTAD es un ideal de vida intrínseco de nuestra patria, cuyo grito escuchamos en cada acto oficial al entonar las estrofas de nuestro Himno Nacional.

Pensemos por último si en nuestra ciudad hay alguna calle, alguna institución, algún comercio o alguna entidad intermedia que ostente como nombre o estandarte la palabra LIBERTAD, símbolo de los más nobles sentimientos, la más alta aspiración que el Hombre procuró y procura eternamente alcanzar.

Sergio Fassanelli
2003

jueves, 12 de febrero de 2009

GELMAN, Juan: Oración de un desocupado

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay.
Bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido.
Te digo que no entiendo, padre, bájate.
Tócame el alma, mírame
el corazón.
Yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean.
Te digo que no entiendo, padre, bájate
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
porque no puedo más. Tengo riñones
y soy un hombre.
Bájate. ¿Qué han hecho
de tu criatura, padre?
¿Un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?

.
JUAN GELMAN
(Argentina, 1930)

martes, 10 de febrero de 2009

MELLINO, Esteban ("Alma y vida"): Don Quijote de barba y gabán

Por un prado cabalgaba
Don Quijote de barba y gabán,
y a las cabras entonando
sus canciones de amor y paz.

Su caballo, Rocinante,
no tenía riendas ni bozal,
y su amigo, Sancho Panza,
proclamaba la guerra parar.

Bajo el aspa de un molino
Don Quijote se puso a cantar,
y un fusil quebró de un tiro
la guitarra que solía tocar.

La guitarra se hizo río
y las aguas se hicieron cristal,
y el fusil murió de frío
y Don Quijote volvió a cabalgar.
.

Esteban Mellino/Carlos Villalba/Momy
(“Alma y vida”)

Esteban Mellino nació el 13 de marzo de 1945 en el barrio porteño de San Telmo. Fue fundamentalmente un actor de teatro y se destacó también como autor, director y docente. Sin embargo, el trabajo que lo hizo famoso fue su personaje del Licenciado o Profesor Diógenes Lambetain, que apareció en la década del 80 en el popular ciclo Badía y Cía, conducido por Juan Alberto Badía. Su trayectoria se inicia a partir de 1965 en los escenarios teatrales con casi cuarenta obras a lo largo de su trayectoria, muchas de ellas de su autoría como Salven a Sebastián, La nube, Cómo querés que te quiera, Dalequevá, Tarado se necesita, Mellino a cara limpia, Fuerte y al medio, Angeles y Loco, posee la fórmula de la felicidad. Esta última se convirtió luego en su ópera prima como director cinematográfico, con Fabián Gianola, Roberto Carnaghi, Paola Pappini, Jorge Luz, Alfonso de Grazia, Salo Pasik, Irma Boidi y Alfredo Mellino, y está próxima a ser estrenada. Además, actuó en cine y radio, escribió poesía, compuso temas musicales, fue docente de actores y fundó y condujo iniciativas solidarias. Entre decenas de premios obtenidos, ganó varias veces los Estrella de Mar y Neptuno, el Lennon de la Paz en 1986 y en 1987, y en 2005 logró el Premio Iberoamericano a la Excelencia Educativa, otorgado por siete universidades latinoamericanas. Como músico fue autor y compositor de cientos de temas, muchos para el grupo Alma y Vida, de significativa participación en los comienzos del rock nacional, que integraba su hermano Carlos Mellino. En el cine, participó en las películas Sapiencias, Las Barras Bravas, Tacos Altos y Los Matamonstruos. Sus libros publicados son Poemas sobre amor, soledad y algunas otras cosas, Poemas desde la vereda celeste, Casi madrugada, Sebastián, Cadenet, Historia de una lágrima de ciudad y Como una bandada de pájaros. Era director fundador de "Operación palma con palma", una iniciativa de ayuda a chicos de la calle, chicos con capacidades diferentes, comedores escolares y escuelas de frontera. Dirigía también los proyectos culturales Grupo Mellino y La Movida de los Angeles, y la revista Twink. Falleció el 9 de junio de 2008 a los 63 años.

sábado, 7 de febrero de 2009

SABATO, Ernesto: Sobre la felicidad



"Así se da la felicidad (...)

En pedazos, por momentos.

Cuando uno es chico espera la gran felicidad,

alguna felicidad enorme y absoluta.

Y a la espera de ese fenónemo

se dejan pasar o no se aprecian

las pequeñas felicidades,

las únicas que existen (...)

A veces pienso que esa pequeñas felicidades

existen precisamente porque son pequeñas..."
.
(Palabras de Bruno a Martín, en "Sobre héroes y tumbas", de Ernesto Sabato)
.


Ernesto Sabato nació en Rojas, Provincia de Buenos Aires, en 1911. Hizo su doctorado en Física y cursos de Filosofía en la Universidad de La Plata. Trabajó en el laboratorio Curie, en Francia, y abandonó definitivamente la ciencia en 1945 para dedicarse a la literatura.
Ha escrito varios libros de esayo sobre el hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literaria: Uno y el universo (1945), Hombres y engranajes (1951), El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979).
Sus tres novelas; El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abadón, el exterminador (1974, premiada en París como la mejor novela extranjera publicada en Francia en 1976), recorrieron el mundo.
En 1983 fue elegido presidente de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas. Fruto de las tareas de esta Comisión fue el sobrecogedor volumen Nunca más (1985), conocido como "Informe Sabato". En 1984 obtuvo el Premio Cervantes y en 1989 el Premio Jerusalem.
En 1998 publicó Antes del fin (memorias) y en 2000, La resistencia (ensayo).

Falleció el 1º de mayo de 2011, a los 99 años.

jueves, 5 de febrero de 2009

ACCAME, Jorge: Flores

Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del ochenta, en el segundo año A de bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.
Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban su origen. Repasé las listas en vano. Nadie apareció con ese apellido.
No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los integrantes de cada grupo, alguien había firmado con seudónimo previendo el resultado fatal.
Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me encontré —creo que lo esperaba— con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta vez había aprobado.
No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía a segundo A. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba de un nombre apócrifo de algún bromista que había hecho dos pruebas. Una, firmada con su verdadero apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra —Flores— y que era entregada con el solo propósito de perturbarme.
Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se escucha realmente lo que dice el otro, salvo que el discurso sea por mera casualidad el que uno mismo está por decir.
Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban del brazo para detenerme. Era una preceptora.
Se la veía nerviosa.
—Sin querer —murmuró— he oído lo que relató en el bar.
Le dije para tranquilizarla que no tenía la menor importancia.
Ni siquiera intentó escucharme y empezó a hablar:
—Había hace tiempo, en segundo A, un chico Flores que nunca aprobó Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias —mala escuela primaria o falta de cabeza, se ve— le impidieron eximirse. Una tarde, cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre.
La narración era algo melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.
Ese verano, tomé la evaluación final en segundo A. Busqué la de Flores y la aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.
Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y simbólicamente su voluntad truncada.
Para mí (y para la sombra) había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió en la materia que lo había fatigado.
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JORGE ACCAME
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Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1956. Desde 1982 está radicado en Jujuy, Argentina. Estudió Letras en la Universidad Católica Argentina de Buenos Aires; enseña en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy. En 1998, su obra Venecia fue estrenada en Buenos Aires, en el Teatro del Pueblo. Desde entonces se ha representado en Inglaterra, España, Eslovenia, Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, México, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Brasil, Uruguay, Bolivia, y en la mayoría de las provincias de Argentina. Con Venecia ha ganado varios premios, entre ellos el Florencio Sánchez. Ha sido becado por la Fundación Antorchas para asistir al Programa Internacional de Escritura en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). También recibió becas del Fondo Nacional de las Artes, del Instituto Nacional del Teatro, de la Fundación Civitella Ranieri, la Colonia MacDowell, la Corporación Yaddo y la Fundación Guggenheim. Ha publicado Cuatro poetas, Punk y circo, Golja (poesía), Cumbia, Ángeles y diablos, Día de pesca, ¿Quién pidió un vaso de agua?, Cuarteto en el monte, El jaguar, El mejor tema de los '70, Diario de un explorador (cuentos); Concierto de jazz y Segovia o de la poesía (novela). Entre los títulos de sus obras teatrales figuran Casa de piedra, Chingoil Compani, Suriman ataca, Venecia y Hermanos.