Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 31 de marzo de 2009

2 DE ABRIL

NUESTRO HOMENAJE
A TODOS LOS COLIMBAS


(A LOS QUE VOLVIERON Y A LOS QUE SE QUEDARON)


Y NUESTRO REPUDIO
A TODOS LOS BORRACHOS QUE
LOS MANDARON A MATAR Y SER MATADOS


domingo, 29 de marzo de 2009

BALZARINO, Ángel: El pozo

A pesar del cansancio, siguió hundiendo la pala con el mismo ritmo. Lento. Mecánicamente. Como lo había hecho por primera vez, dos días atrás, cuando se produjo la denigrante y jamás pensada rendición de las filas patriotas y entonces los otros, los enemigos que habían soñado y jurado destruir con mayor rapidez y facilidad que aplastar una mosca, se revelaron imponentes y soberbios, dispuestos a emplear un despótico rigor sobre los prisioneros como él. Sí. El peor trabajo. El que nunca imaginé ni hubiera elegido. Sin alternativa para sublevarse. Como tampoco pudo hacerlo aquella tarde cuando llegó a la casa la nota escueta, rotunda, extremadamente fría, que lo urgía a presentarse en el Regimiento del Ejército. Aunque la perspectiva de participar en un conflicto bélico lo sacudió con violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el temor que se había apoderado de sus padres y, sobre todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan súbita separación. Será por unos días. Todo se arreglará muy pronto. No logró esgrimir otro argumento, tanto por la necesidad de aferrarse a esa esperanza, bastante débil y nebulosa, como por impulso de la fuerza y seguridad que pretendía trasmitir a través de cada palabra el teniente Bertoldi. La patria está en peligro. Debemos defenderla. Sin miedo ni vacilación. Hasta destruir completamente al enemigo. Probarle nuestra capacidad de lucha. No llegó a sentirse contagiado por semejante fervor, como tampoco la mayoría de los muchachos que ascendieron con él al avión para marchar al frente de batalla en la remota zona austral; más bien el miedo, cierta desorientación y hasta un aire de velada impotencia los embargó cuando padres, hermanos, novias, agitaron los brazos en señal de un saludo que no hacía presentir una separación breve ni pasajera. Parece la despedida final. Como si ya nunca volveremos a vernos. Después, sobrellevando con extrema dificultad el azote del frío, sin llegar a saciar el hambre con la comida escasa y desabrida, debieron superar cualquier gesto de flaqueza y, por imperio de frías disposiciones, armarse de vigor y resolución para cumplir el deber ineludible de echar de las islas a los aviesos invasores. No. No será tan fácil ni terminará tan rápido. La certidumbre creció con la voracidad de un cáncer en el curso de los días, atenuando el optimismo que los mandos superiores pretendían insuflar sobre una pronta victoria. La caída de incontables compañeros acentuó el progresivo pánico ante el poder destructivo de las fuerzas enemigas. Para no caer en el desánimo o tener tal vez bruscos ataques de locura, procuraba evocar sitios familiares, rostros queridos, en una febril tentativa por recuperar todo aquello que había integrado su mundo y ya consideraba remoto, casi perdido. Julieta. La soledad parecía tornarse más aguda cada vez que la recordaba, golpeado por el hecho desgarrador de no poder tenerla entre los brazos, acariciarla, besarla. Hundió la pala en la tierra. Una y otra vez. Ahora impetuoso. Frenético. No por el deseo de acabar cuanto antes el pozo, sino como una forma de apartar el asedio de recuerdos perturbadores o, más bien, para descargar la dosis de rabia, terror, desesperanza. Vanamente. Lo supo con desoladora claridad. Porque ya resultaba demasiado tarde para evadirse de esa especie de trampa. Sin alternativa de elección y obligado a cumplir una disciplina estricta, se había visto precipitado a intervenir, sin preparación y escaso armamento y arrebatado de miedo, en una pugna que de antemano parecía destinada al fracaso. Como si se tratara de una broma macabra y nosotros fuéramos simples muñecos de trapo convertidos en el blanco del ataque de ellos. Desesperado por ser parte de un rebaño que, obediente y sin capacidad para armar una sólida defensa, se afanaba por sobrevivir en desigual puja. Por eso no le sorprendió la rendición. Cayendo prisionero, se vio sometido a reglas que los otros, enseñoreados por el triunfo, se encargaron de hacer cumplir con recia determinación. Sin piedad. Soberbios. Y así le había tocado apuntalar edificios deteriorados por los bombardeos, limpiar los escombros que cubrían los caminos, excavar la tierra para sepultar a los muertos. El peor trabajo. El que jamás hubiera querido hacer. Sobre todo por tratarse de los amigos con quienes había compartido la lucha, el temor, la desolación. Al fin, exhausto, advirtió que el pozo tenía el tamaño de tantos otros. Como lo exigían sus captores. Entonces el grito le hizo volver la cabeza. Notó la firme actitud del soldado que lo vigilaba. Sí. Este es para mí. Lo comprendió súbitamente. Mientras el fusil vomitaba fuego.
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Ángel Balzarino
Escritor Rafaelino, nació 4 de Agosto de 1943, en Villa Trinidad (Santa Fe, Argentina).
Desde 1956 reside en Rafaela (Santa Fe).
Ha obtenido numerosas distinciones por su actividad literaria dedicada especialmente al cuento.
Fue presidente de E.R.A. (Escritores Rafaelinos Agrupados).

jueves, 26 de marzo de 2009

CORTÁZAR, Julio: Lucas, sus compras

"Julio Cortázar" por Ricardo Carpani
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En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fósforos, Lucas sale en piyama porque la canícula impera en la metrópoli, y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar los fósforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad de este noble digestivo cuando su amigo Juárez entra también en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta no aparece y las gotas son una especie de alucinógeno que ya ha electrocutado a más de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce bien y te las venderá, vení en seguida, la Rosita se retuerce que no la puedo ni mirar.
Lucas paga, se olvida de comprar los fósforos y va con Juárez a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que se vayan a otro lado y en ese momento su señora sale de la trastienda con una Kodak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe cómo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dese cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle fósforos a la Tota, dice Lucas antes de que Juárez le pise un pie y Lucas se comida a cargar la Kodak al comprender que el viejo Olivetti le va retribuir con las gotas ominosas, Juárez se deshace en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyú y otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita bien helada para el señor Lucas que además va a sacar las fotos porque ahí no tienen mucha cancha, y Lucas atenti al pajarito, ésta con flash y ésta en el patio porque la nena quiere que también salga el jilguero, quiere.
—Bueno —dice Lucas— yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota.
Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos y toda clase de instrucciones y contraórdenes, Lucas corre a ver y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caído de la silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como fierro con Lucas, se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro pero que el porlan del patio es peor, razón por la cual no sería de excluir una fractura fatal máxime cuando el viejo se ha puesto verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual. Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia los camilleros se la cierran en la cara porque están discutiendo lo de Boca versus River el domingo, y no es cosa de distraerse con parentescos, total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersónico, y el viejo Salinsky desde la camilla jodete pibe, ahora vas a saber cómo duele.
En el hospital que queda en la otra punta del ovillo Lucas tiene que explicar el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere que le voy a explicar lo que pasó, está bien pero muestre sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos, de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se llama Tota, quiero decir que yo tenia que comprarle una caja de fósforos a la Tota, y en eso viene Juárez y. Está bien, suspira el médico, bajale los calzoncillos al viejo, Morgada, usted se puede ir. Me quedo hasta que la familia y me den plata para un taxi, dice Lucas, así no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico, ahora se usan indumentos de alta fantasía, la moda es tan versátil, hacele una radio decúbito, Morgada.
Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y el petiso le larga la guita justa pero eso sí le agradece cinco minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis por ninguna parte y Lucas que ya no puede más se larga calle abajo pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le había ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera un colectivo rasposo hasta que al final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias. Santa Fe y Canning no llegan nunca y con razón porque Lucas ha tomado el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie de portero con dos arbolitos y un peine roto, la Tota debe estar como una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuándo carajo va a venir el colectivo.
A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra iluminación, a lo mejor esto es algo así como el alejamiento de almotásim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad no tiene un fósforo.
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JULIO CORTÁZAR
Argentino
(Bruselas, 1914/Francia, 1984
)

lunes, 23 de marzo de 2009

24 de MARZO: NUNCA MÁS


DESAPARICIONES
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Que alguien me diga si han visto a mi esposo,
preguntaba la Doña.
Se llama Ernesto X, tiene cuarenta años,
trabaja de celador, en un negocio de carros,
llevaba camisa oscura y pantalón claro.
Salió anoche y no ha regresado
y no sé ya qué pensar
Pues esto, antes no me había pasado...

Llevo tres días
buscando a mi hermana.
Se llama Altagracia
igual que la abuela,
salió del trabajo pa' la escuela,
llevaba unos jeans y una camisa clara,
no ha sido el novio, el tipo está en su casa,
no saben de ella en la PSN ni en el hospital...

Que alguien me diga si han visto a mi hijo,
es estudiante de pre-medicina;
se llama Agustín y es un buen muchacho,
a veces es terco cuando opina,
lo han detenido, no sé que fuerza.
Pantalón claro, camisa a rayas.
Pasó anteayer...

CORO
¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro...

Clara Quiñones se llama mi madre;
ella es un alma de Dios,
no se mete con nadie,
y se la han llevado de testigo
por un asunto que es nada más conmigo.
Y fui a entregarme hoy por la tarde,
y ahora dicen que no saben quién se la llevó
del cuartel.

Anoche escuché varias explosiones...
Tiros de escopeta y de revólver,
carros acelerados, frenos, gritos,
eco de botas en la calle,
toque de puertas, por dioses, platos rotos.
Estaban dando la telenovela
por eso nadie miró pa' fuera...

CORO
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Rubén Blades
(Panamá, 1948)
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Escuchá el tema "Desapariciones":

jueves, 19 de marzo de 2009

GUDIÑO KRAMER, Luis: La bombilla

Si va para el norte, don Fermín —dice don Eliogardo Mendoza—, tenga cuidau con el mate. No, no es por el daño que le digo. Sino para que no le vaya a pasar lo que a mí.
Llegué, allá al norte de la Gallareta, tarde, a un rancho. Yo era autoridá y andaba de recorrida. Nos abajamos y al rato, como no nos ofrecían mate, le digo a la dueña de casa:
-Señora, si no es importunidá, ¿no gustaría de convidarnos con unos amargos...? Venimos cansaus y no sé...
-Pero, cómo no, señor —me contestó un poco confundida la mujer—. No le ofrecí antes porque no sabía si un señor como usté era gustoso...
Y llamando a gritos a un chico le dice:
-Pedrito, andá hasta lo de Crispina y decile que si desocupó la bombilla que me la mande porque tenemo visita...
Al rato, después de tomar unos amargos y ya al dirnos, se me ocurrió preguntarle a la mujer:
-¿Y qué le ha pasau a la vecina que se quedó sin bombilla?
-Vea, señor —me contestó—, tiene bombilla, pero es de lata, ¿no?, y entonces cuando le tiene que poner las lavativas al chico nos manda a pedir emprestada la nuestra que es plata con el pico de oro...

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Luis Gudiño Kramer
(Argentina, 1898/1993)

sábado, 14 de marzo de 2009

COSTANTINI, Humberto: Rabia

La culpa fue del calor. Del calor o del tipo que dijo eso. Pero a lo mejor la culpa no fue del calor ni del tipo. La culpa fue mía. O de la mujer esa que pasó. O de los setecientos pesos de la quincena. Qué sé yo.
Porque la rabia uno no sabe de dónde le viene. La rabia es una cosa que se le mete a uno en la boca y uno la va apretando, apretando en las carretillas como si no quisiera dejarla escapar. Eso es la rabia. Y además un frío que se siente aquí, en la boca del estómago.
Y a mí esa noche la rabia me había agarrado y yo le sentía hasta el olor empapándome la ropa.
Hacía mucho calor, mucho calor. A las once y media, cuando salí de casa, me recibió la calle con una bocanada de aire caliente. ¡Un calor tremendo esa noche! ¿Oyó ese ruido que hacen las gomas de los autos sobre el asfalto casi líquido? Chrchr-chrchr... ¿Y esa luz rara, esa luz como de brillazón que toman las calles entonces? Bueno, todo eso, el ruido, esa luz rara, todo eso me parecía que se dirigía directamente a mí para cargarme. "Sos un infeliz, Ernesto", me parecía que me decían. "Sos un inútil Ernesto. Linda noche elegiste para trabajar."
El chistido del asfalto me lo decía.
Y la luz de los faroles sobre la calle viscosa, la brillazón, era como una carcajada que se me iba poniendo adelante.
No, a veces los motivos, los hechos aislados, digamos, no justifican que uno ande así. Pero son todas las cosas, las que uno lleva arrastrando desde hace años y las que se le van apareciendo en el camino todos los días. Todas esas cosas que de pronto se juntan una noche con el calor, con la carcajada de la calle, con el tipo que dijo eso, con la mujer y se le tiran encima para enloquecerlo.
Y antes no era así. Las cosas, mirándolas desde afuera eran las mismas. Trabajaba en la fábrica igual que ahora. Ganaba mil cuatrocientos igual que ahora. Mi mujer y los cuatro pibes igual que ahora. Y sin embargo era distinto.
En el fondo de casa hay un pedacito de tierra. Allí yo tenía la quinta. Media docena de canteros, unos surcos para los tomates y nada más. Todo en ese pañuelito de cuatro por cuatro. Por la noche, al volver de la fábrica me entretenía en ese pedacito de tierra, Punteaba, sacaba los yuyos o regaba. Mate va, mate viene y yo metido en la quinta.
Pero ahora no. Ahora no hago nada en la quinta. Casi ni me acerco por el fondo para no verlo cómo está. Hecho una mugre.
¿Y eso es tan importante?, me podrán preguntar. No, eso solo no es, claro. Pero eso es una parte. Están los encendedores. Ahora vendo encendedores automáticos. Por la noche, en vez de carpir la quinta, salgo por ahí, por los cafés y vendo encendedores. Y eso es otra parte.
Yo no sirvo para vender nada. Siempre me dieron un poco de lástima esos tipos que andan de noche vendiendo lapiceras, relojes de contrabando o libros pornográficos. Yo hubiera preferido otra cosa. Una changa, un trabajo de cuatro horas para hacerlo entre las nueve y la una, por ejemplo.
Pero las cosas vinieron mal y tuve que hacerlo.
Un día viene Juan y me explica el asunto de los encendedores. Hay un ruso que se los da a cuarenta pesos.
- Los podés vender a sesenta, cincuenta, según-. Yo no quería agarrar. Pero en ese momento era lo único que tenía y no podía andar eligiendo. Mi mujer me dice:
- Mirá Ernesto, mientras no consigas otra cosa yo creo que podrías salir, ¿no es cierto?
Tenía razón la pobre.
¿Usted sabe lo que es trabajar como un burro. Siempre. Y ver que la plata de la quincena se le escapa como arena fina entre los dedos, que en menos de lo que canta un gallo ya no le queda nada y tener que vivir de fiado hasta cobrar la otra?
Claro, eso contado así no dice nada. Pero una rabia sorda, un malestar se va desparramando por la casa. Se lo siente flotar como un humo. Se lo ve sentarse a la mesa y montarse en el aliento de todos.
Los diarios le llaman inflación. Que se vayan a la puta que los parió. Lo único que hay es eso. Una telaraña de rabia sorda que se va tejiendo día a día sobre su cabeza.
Por eso acepté.
Los primeros días me daba vergüenza. No me animaba a apalabrarla a la gente. A veces llegaba a un café, miraba desde la puerta y me iba sin entrar.
Pero me ponía a pensar en la telaraña, en mi mujer, en los chicos, en las deudas y al final uno va tomando coraje.
El encendedor tiene la forma de una pistola. Uno aprieta el gatillo y tac, salta la llamita. Yo semblanteaba las mesas, elegía un candidato y me le acercaba. Cuando llegaba frente a él ponía cara de pavo, le apuntaba con el encendedor y tac, la llamita saltándole delante de la nariz.
A algunos le daba risa y se ponían a mirar. Y así, unos veinte o treinta pesos me los sacaba si la noche venía bien.
Pero un gusto amargo se me iba juntando en la boca. Me sentía un infeliz. Pensaba en el trabajo de la fábrica, en la quincena que se iba achicando cada vez más, en el madrugón del otro día, en la quinta, ¡en tantas cosas...!
Y la rabia se me iba metiendo en el alma noche a noche. El frío ese que se siente aquí, en la boca del estómago.
Es una cosa rara eso. Es un vértigo que se le sube a los ojos y le hace odiar hasta las baldosas que pisa.
Yo miraba la gente. Despreocupada, feliz, me imaginaba. y sentía lo mismo que cuando de muchacho trabajaba en una obra de la calle Godoy Cruz y veía entrar los taxímetros al amueblado. Un compañero me guiñaba el ojo y se reía. Yo no me podía reír. Sentía ese vértigo aquí, en la boca del estómago y me ponía pálido.
Vaya a saber por qué me acuerdo de eso ahora.
Esa noche el calor casi me ahogaba. Brotaba de las paredes el calor. Chorreaba y se amontonaba en las calles. Y a mí me envolvía, me estrangulaba.
Y el calor y el chistido del asfalto y el lomo viscoso de la calle se iban metiendo en la rabia uno por uno.
Cuando paré a comprar cigarrillos, el gallego del quiosco empezó a hablarme como otras veces. Y a mí me dieron unas ganas bárbaras de agarrarlo por el pescuezo y gritarle: "Callate la boca pajarón, a mí qué me importan todas las pavadas que me estás diciendo, gallego boludo."
Y eso que el gallego es un buen hombre y que nunca me hizo nada. Pero la rabia es así. La rabia se le mete por la sangre, por los ojos y entonces todas las cosas, el gallego y el calor, son como latigazos que le pegaran a uno en la cara.
Y después la mujer. Había caminado unas cinco cuadras cuando al llegar a la esquina la veo, esperando un taxi.
Una rubia bárbara. Iba para la milonga, seguro. Linda deveras, ¿sabe? Unos ojos como de tormenta y un vestido de esos brillantes enguantándole las caderas. Allí plantada en la esquina parecía como venida de otro mundo.
Yo paso y la miro. Después me paro y la sigo mirando. Sabía que no era para mí, ¡pero qué se yo!, a lo mejor por eso la seguí mirando. De rabia.
Ella pesca al vuelo la situación. Se da vuelta despacio, me mide de arriba a abajo como al desgano, me tira con esa mirada canchera y sigue esperando el taxi.
Y yo sigo caminando. Pero esa mirada. Yo sabía lo que me quería decir con esa mirada. ¡Puf! Como si lo estuviera oyendo: - Mandate a mudar, infeliz-. Eso me quería decir.
Y la rabia subiéndome como un mareo. Apretándoseme en la frente y en el pescuezo como un retobo.
Y la brillazón ahí adelante. El lomo viscoso de la calle riéndose de mí, provocándome con su carcajada.
Caminaba y el ruido de cada paso era una sílaba que salía rebotando por la vereda: man-da-te-a-mu-dar-in-fe-liz.
Y la telaraña y los setecientos pesos de la quincena y la quinta y todo, todo se apiñaba en esa frase que yo oía cada vez más claro: "Mandate a mudar infeliz, mandate a mudar infeliz".
Y ya no estaba seguro si la mujer lo había dicho o no. O si era la noche, o la gente que pasaba o la vida que me seguía, golpeándome chirlo a chirlo con esa frasecita: mandate a mudar infeliz.
Así entré al café. Así, con esa frase zumbándome en los oídos. Y con esa cosa rara que se siente aquí, en la boca del estómago.
Tomo una copa para serenarme y empiezo a recorrer las mesas.
Tac, la llamita del encendedor saltando como una estrella amaestrada.
Tac. una vez, dos veces.
-¿Le parece muy caro, señor? ¿Cuánto me quiere dar, vamos a ver?
Tac, la llamita del encendedor jugando frente a los dados curiosos.
Tac, tac.
- Ni por cien pesos lo consigue. Contrabando sueco. Mírelo bien, señor.
Tac, la llamita coqueteando de rostro en rostro.
Tac, tac, una y otra vez.
-Apretá el gatillo y enciende. No falla nunca. ¿Ve señor?
Tac, tac.
Y de pronto, allá, el tipo gordo que está jugando a las cartas. Allá, al lado del espejo, separado de mí por varias mesas. Los porotos me dicen que está ganando y en seguida pienso: candidato.
Entonces, sin apuro, empiezo a caminar hacia él.
El mozo pasa al lado mío gritando algo.
Desde el billar me llega el chac-chac de una carambola.
Y yo camino hasta donde está el tipo gordo y le voy apuntando con el encendedor
Me le arrimo, sonrío, le acerco el encendedor a la cara y tac, la llamita esperando su mirada de sorpresa.
¿Pero por qué no hubo mirada de sorpresa? ¿Por qué ese gruñido que largó mientras siguió orejeando las cartas y después esa frase que refunfuñó entre dientes: -mandate a mudar, infeliz.
El me lo dijo. El tipo gordo me lo dijo. No la noche, no. Ni la mujer, ni la vida, no no. Es el tipo que está allí, a un paso mío, repatingado en su silla y jugando a las cartas.
El, que me conoce todas las cosas y por eso me desnuda de golpe y me dice: - Mandate a mudar, infeliz.
Y entonces viene el ruido de las sillas al correrse y de la gente que grita. La gente grita y muchos brazos me agarran de todos lados. Y el tipo gordo está allí, debajo mío. Y los brazos me sujetan y me golpean. Pero ya es tarde. Porque yo le rompí la botella en la nuca.
Y al pedazo que me queda en la mano se lo aprieto fuerte en la garganta. Cuando los brazos me sujetan y me golpean, lo aprieto fuerte, fuerte todavía, como si allí, en ese pedazo de vidrio oscuro que me lastima la mano, se hubiera amontonado de golpe toda la noche.
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Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924 y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías, son algunas de sus obras más recordadas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

MUÑIZ, Juan Carlos/LLOPIS, Enrique: El agua bajo el puente

Rosario, setiembre de 1979.

Te escribo, amigo mío, para contarte que aunque los años pesan, como gigantes, tanta agua bajo el puente no me ha cambiado. Sigo siendo la misma persona de antes.
No me olvido del mundo que imaginamos en los tiempos aquellos de adolescencia; ya no existe esa flor que se abriera antaño, pero guardo el perfume en mi conciencia.
Quiero contarte, amigo, que aún ahora me duele como propio el dolor ajeno, y si algunas arrugas lleva mi cara, no se arrugó mi alma, y eso es lo bueno.
Sigo amando la música y a Neruda, el fútbol y las noches de cara al cielo. No te voy a negar que he ganado mañas ni te voy a decir que no pierdo el pelo; mas no es cierto que el tiempo nos cambia el rumbo, ésa es la vieja excusa del derrotado. La baraja se gasta, nadie lo niega, pero conserva siempre los cuatro palos.
A lo mejor te sirve saber que somos dos que tiran del carro mano con mano; siempre es bueno sentir que no estamos solos en un mundo perdido y a contramano.
Perdoname la lata, la moralina y el tonito zumbón de este catecismo, pero estoy festejando con un amigo la pequeña victoria de ser el mismo.
Te mando un gran abrazo y espero carta, ya que la suerte quiso que estés lejano. Yo sigo siendo el mismo de aquellos tiempos y me sigo acordando de vos, hermano.

Letra: Juan Carlos Muñiz
Música: Enrique Llopis

viernes, 6 de marzo de 2009

GALEANO, Eduardo: Malas palabras


Ximena Dahm andaba muy nerviosa, porque aquella mañana iba a iniciar su vida en la escuela. Corriendo iba de un espejo al otro, por toda la casa; y en uno de esos ires y venires, tropezó con un bolso y cayó desparramada al piso. No lloró, pero se enojó:
—¿Qué hace esta mierda acá?
La madre educó:
—Mijita, eso no se dice.
Y Ximena, desde el piso, quiso saber:
—¿Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?

(Uruguay, 1940)

lunes, 2 de marzo de 2009

SCHUJER, Silvia: El pañuelo

Lo que pasa en la pantalla es terrible. Decir tristísimo es poco. El cine es un mar de sollozos ahogados.
Cuando siente que los ojos se le llenan de lágrimas, Márilin abre la cartera.
Primero extrae un manojo de llaves que apoya sobre su falda. Todas amarradas a un huevo dorado con piedras incrustadas en los polos: el llavero.
Enseguida saca un peine, un cepillo, uno de dientes y un espejito de mano. Después del espejo, sus dedos se estrellan contra un frasco de perfume metido en una bolsa de nailon de esas que usan en los supermercados para pesar verduras.
O las frutas.
Sin quitar un segundo los ojos de la pantalla, Márilin extrae de la cartera un par de anteojos de sol, el estuche, un rouge, una caja de chicles Adams, una billetera, el portadocumentos que le regalaron, el rollito de papel higiénico que siempre guarda por si le vienen las ganas de ir al baño en un bar. Cospeles y un sacapuntas.
Cuando su falda queda completamente ocupada aprovecha la butaca de la izquierda que está libre y acomoda la linterna, el encendedor, la agenda, las biromes y el pastillero que aparece en un recodo y días antes ella diera por perdido.
Entre tanto, lo que pasa en la pantalla sigue siendo muy triste.
Márilin siente que la cartera se moja con el agua de los ojos y acaso de su nariz. En una búsqueda a esta altura descorazonada saca una cajita con cuatro cartuchos de tinta lavable, una hebilla con moño, el costurero de bolsillo que le han vendido en el tren. Veinticuatro papeles sueltos con direcciones y teléfonos, tarjetas navideñas de UNICEF, la plantilla de un zapato que le queda grande, el carnet de la pileta, la receta del pedicuro, el monedero con el cierre roto, la agujereadota que equivocadamente se ha llevado de la oficina, las entradas de un concierto al que ya fue, un enchufe de tres patas, caramelos para la tos y dos autitos de carrera del sobrino de una amiga.
Cuando Márilin encuentra su pañuelo, la película ya ha terminado hace quince minutos.
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Silvia Schujer
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Silvia Schujer es una escritora argentina, autora de libros para chicos, tanto de literatura como de divulgación de conocimientos.
Nació en Olivos, provincia de Buenos Aires, el 28 de diciembre de 1956. Actualmente, vive en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Palermo.
Silvia cursó el Profesorado de Literatura, Latín y Castellano y participó en los talleres de crítica y producción literaria a cargo de la escritora Liliana Hecker, en el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad de Buenos Aires y en un curso de producción teatral coordinado por el autor y director Roberto Cossa.
Comenzó a acercarse al mundo de la literatura infantil y, como codirectora del suplemento infantil del diario "La Voz", produjo interesantes materiales para los niños. También se desempeñó como secretaria de redacción del periódico "Mensajero" y realizó colaboraciones en distintos medios gráficos: diarios "Crónica" y "Popular" y revistas "Anteojito", "Cosmik", "Billiken", "Humi", "Cordones sueltos", "AZ-10" y "La Nación de los chicos".
Junto con los escritores
Graciela Montes, Graciela Cabal, Laura Devetach, Gustavo Roldán, Ema Wolf y Graciela Pérez Aguilar participó en el consejo de dirección de la revista "La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil".
Desde 1988 hasta 1998 se desempeñó como autora y coordinadora del Departamento de Literatura Infantil Juvenil de Editorial Sudamericana en donde realizó diversas actividades de promoción y difusión de libros para chicos y jóvenes.