Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

sábado, 29 de agosto de 2009

GALEANO, Eduardo: El salame

"El baño"
Fernando Botero (Colombia, 1932)
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Sarah Tarler Bergholz era muy bajita. Ella no tenía que sentarse para que sus nietos le cepillaran la melena, que en caracoles caía desde la cara simpática hasta el ombligo. Sarah estaba tan gorda que ya ni podía respirar. En un hospital de Chicago, el médico le dijo lo que era evidente: para recuperar la proporción entre la estatura y el volumen, debía hacer una dieta rigurosa y eliminar las grasas. Ella tenía voz de seda. Sus más enérgicas afirmaciones parecían confidencias. Hablando como en secreto, miró fijo al médico, y dijo:
-Yo no estoy segura de que la vida valga la pena sin salame.
Murió, abrazada a su perdición, el año siguiente. Le falló el corazón. Para la ciencia, el caso estaba claro; pero nunca se sabrá si el corazón estaba harto de salame, o cansado de darse.
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Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)

miércoles, 26 de agosto de 2009

BALZARINO, Ángel: El acecho

Se detuvo junto a la ventana, con el rostro descompuesto por el miedo y un brazo tendido de manera sentenciosa, mientras gritaba es él, está otra vez allí, en la calle, mirá. Tiré con violencia la revista que tenía en las manos y corrí en un impulso casi desesperado hacia la puerta. Ya eso resultaba un hábito más en el desarrollo diario, algo completamente mecánico que realizaba con pasmosa rapidez, como bajo el imperativo de una orden perentoria, cada vez que Marina denunciaba la presencia del hombre que se había convertido en una tenaz amenaza. Recorrí la calle con la furtiva esperanza de poder atraparlo y acabar por fin con esa pesadilla; divisé algunos familiares habitantes del barrio que regresaban del trabajo o procuraban gozar el fresco aire de la noche, pero ningún rastro de quien despertaba toda mi rabia no sólo por su constante acecho sino también porque parecía tener la rara cualidad de esfumarse repentinamente, con el sigilo de un ladrón consumado, como si pretendiera rehuir cualquier enfrentamiento o, peor aún, fuera una hábil maniobra para atacar en el momento oportuno. La búsqueda resultó inútil y de nuevo me sentí con las manos atadas, impotente para destruir la trampa que se iba tornando cada vez más opresiva, aunque me esforcé por reflejar un aspecto sereno, casi despreocupado, cuando regresé a la casa y Marina me abrazó con el cuerpo agitado. Repetí las palabras acostumbradas, calmate, ya se fue, no estaba en la calle. Ella no pareció oírme o ya ninguna razón conseguía tranquilizarla, conferirle la fuerza necesaria para desalojar el obsesivo terror que la dominaba, se habrá escondido, estoy segura, jamás aceptará que lo haya abandonado, volverá para matarnos. El silencio fue un tácito asentimiento, la pasiva conformidad de que ese ominoso presagio nos sumiría en un estado de permanente desasosiego, hasta producirse la catarsis que significara la liberación o el derrumbe total. La certeza de una espada suspendida sobre nosotros, que nos aplastaría de modo sorpresivo, comenzó a prevalecer tres meses atrás, cuando ella se presentó solicitando un empleo en la compañía de seguros donde yo trabajaba. Advertí enseguida su extrema tensión, que la incitaba a mirar en torno con una alarma apenas disimulada, y luego, a través de la tarea diaria que fuimos compartiendo, me sentí sorprendentemente atraído por ella. Quise indagar en su mundo que de pronto presentí arduo y enigmático. Así, me impuse casi la obligación de explorarlo, de averiguar la causa del pavor y la ansiedad que le hacían considerar como un fatal enemigo a cualquier persona que se le acercaba. Quizás me aceptó no tanto por mi asedio sino por la irrefrenable necesidad de sentirse protegida, de tener a su lado alguien que le brindara un sólido apoyo; pero en el curso de aquellos días en que nos dedicamos a ir al cine, comer en un club o pasear por un parque, eligiendo siempre los lugares más discretos y apartados, como dos fugitivos que buscaban con avidez un refugio seguro, no quiso o no se atrevió a confesarme abiertamente el peligro que la agobiaba. Cuando decidió mudarse a mi departamento, la primera noche de absoluta intimidad se vio perturbada por una cuota de duda e inquietud, porque mi anhelo de posesión significaba tal vez una especie de ataque o sometimiento que ella no estaba dispuesta a consentir, como si eso llevara implícito exponer su debilidad, dejarla sola y sin defensa. Comprendí que debía vencer ese último baluarte para descubrirla en su completa sinceridad, para que ya no hubiera ningún secreto ni subterfugio entre nosotros. No me equivoqué; le costó ceder, llegar a la entrega total. Después que el placer compartido fue transformándose en agradable ternura a través de inéditas caricias, Marina habló en tono suave, pareciendo que cada palabra la aliviaba de una carga bochornosa. Es por él, Eduardo Márquez, íbamos a casarnos pero lo abandoné y prometió matarme, tengo mucho miedo. Entonces la mantuve fuertemente abrazada, similar a un pájaro que necesitaba calor para volar de nuevo, expresándole mi protección, la seguridad de que nada malo habría de ocurrirle mientras estuviéramos juntos. No tardé en comprobar que esa aspiración era completamente estéril ante el poder avasallador de aquel hombre que fue ocupando entre nosotros el lugar de un intruso despiadado; ningún medio resultó adecuado para librarnos del excluyente dominio impuesto por su ambigua presencia. Apresados en la maraña creada por el acecho de él, llegué a pensar que no teníamos otra alternativa que vivir así: ella obsedida por el miedo de reconocerlo entre la gente que cruzaba por la calle y yo, por el contrario, deseando que sucediera eso, que al fin resolviera dar la cara para tener la oportunidad de aplacar mi acumulado furor. Debido a ese estado de progresiva nerviosidad, Marina decidió no sólo abandonar el trabajo, sino también rechazar las invitaciones para presenciar cualquier espectáculo o simplemente pasear por la ciudad, pues ya no tuvo otro propósito que permanecer encerrada en la casa. Respeté su voluntad, abrigando la esperanza de que eso tal vez la ayudaría a sobreponerse; mientras me encontraba en la oficina no lograba relegar un instintivo temor porque quedaba sola y sin resguardo, pero, al estar de nuevo juntos, disfrutábamos plenamente una dosis de dicha y alivio. El aparente sosiego que predominó durante algún tiempo me hizo olvidar que había un enemigo asediando implacablemente, hasta aquella tarde en que, al regresar al departamento, descubrí a un grupo de personas en la vereda, hablando casi a gritos y con gestos de manifiesta sorpresa y confusión. De inmediato creí recibir un brutal puñetazo en pleno rostro y, con la certeza de que se había concretado lo presentido tantas veces, me abrí paso a empujones y por fin quedé inmóvil, petrificado, únicamente absorto en el cuerpo de ella desplomado en el suelo con la ridícula postura de un muñeco cuyos miembros han sido destrozados. Permanecí un largo rato así, ajeno a la presencia y el bullicio de los demás, luchando en vano por convencerme de que era cierto, que él había consumado su venganza, que ya resultaba absoluta mi impotencia para modificar ese hecho; después, con extrema lentitud, levanté la cabeza y clavé la mirada en la ventana del tercer piso, completamente abierta, que me pareció un hueco odioso y siniestro a través del cual Marina había encontrado un atroz castigo o una definitiva liberación. Como una verdadera tortura soporté los extensos interrogatorios de la policía, aunque pude aportar muy pocos datos sobre la única persona que consideraba responsable de lo sucedido, excepto decirles que se llamaba Eduardo Márquez y darles las someras referencias físicas que ella me había confiado; no contaba con fotos para ayudar a identificarlo y eso tornaba muy remota la posibilidad de atraparlo. Sin embargo, deseé que no lo hicieran; la muerte de Marina resultaba algo demasiado personal, que me propuse vengar de manera exclusiva, impulsado por un voraz resentimiento, por el peso de una imprevista soledad. Poco a poco me fui hundiendo en un estado febril, casi de enloquecida exaltación, mientras estaba en la casa o realizaba mecánicamente las tareas diarias, o caminaba sin rumbo por las calles, consumido por la espera semejante a una cruel e interminable agonía. Procuré convertirme en un blanco perfecto, sumamente tentador, para que él repitiera su ataque, pues comprendí que no tenía otro modo para enfrentarlo; luego de sobrellevar durante varias semanas una angustiosa expectativa, el desaliento me hizo creer que nunca podría castigarlo, que él tal vez tuvo el único objetivo de matar a Marina. El hecho de su brusca y total desaparición me fue dejando el sabor de un agrio fracaso, la certidumbre de que jamás me recobraría de esa derrota. Me invadió con mayor fuerza el recuerdo de ella, acuciando mi remordimiento pero transformándose también en la única forma de recuperarla. Comencé a quedarme todo el tiempo libre recluido en el departamento que de repente pareció tener la cualidad de un refugio acogedor, de una ignorada belleza, donde ella fue surgiendo como una presencia tangible a través de cualquier objeto, de cada rincón en que vivimos un acto de amor, de la ropa que distribuí con afectuoso cuidado en el ropero. Fue mientras realizaba la tarea de revisar y arreglar todas las cosas de Marina cuando un día, sorpresivamente, descubrí en el fondo de un cajón la página de un diario, vieja y arrugada, a la que tal vez no le habría prestado la menor atención si no hubiera reparado que estaba celosamente guardada. Entre curioso e intrigado por el grueso título que hacía referencia a un drama pasional, observé la foto que mostraba el cuerpo de un hombre caído en un cuarto donde el mobiliario desordenado reflejaba la huella de una furiosa pelea, y luego, cuando leí el artículo, todo a mi alrededor comenzó a girar en un absurdo torbellino. No pude evitar un grito de protesta o de completo desconcierto ante la súbita, increíble revelación que me sacudió como una certera puñalada, mientras releía la noticia hasta que las letras se tornaron indefinidas frente a mis ojos cansados: "Mendoza, 19. A raíz de un violento altercado, que se presume de índole pasional de acuerdo con el testimonio suministrado por algunos vecinos, fue víctima de tres balazos el empleado Eduardo Márquez, de veintiséis años. Todas las sospechas del crimen recaen sobre su prometida, Marina Velasco, quien actualmente se encuentra prófuga".
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Ángel Balzarino
Rafaela (Argentina), 1943

lunes, 24 de agosto de 2009

JORGE LUIS BORGES A 110 AÑOS DE SU NACIMIENTO


Yo soy muy ilógico.
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Lo que pasa es que los demás
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me toman demasiado en serio.
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Jorge Luis Borges
Argentina, 24 de agosto de 1899
Suiza, 14 de junio de 1986

domingo, 23 de agosto de 2009

GUILLÉN, Nicolás: Mujer

"Ramona Montiel" - Antonio Berni (Argentina)
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Mujer: síntesis absoluta
de todo lo que es bueno y grande
y es malo y pequeño.
Conjunto armonioso de bienes y males.
Unión de lo infinito
con lo finito. Crisol en que caben,
fundiéndose en rara amalgama
admirable,
la Muerte y la Vida:
de todos los males que siembres,
de los triunfos injustos que cantes,
de las mil ilusiones que rompas,
de los mil corazones que ultrajes,
de los pechos que hieras,
de los hombres que mates,
de los sueños que abata tu orgullo,
de los puros amores que apague
tu inclemente desvío,
de la nieve letal que derrames
en el alma de aquel que se postra a tus plantas,
de tus locas crueldades,
de los odios que enciendas
en el mundo —tu trono admirable—
el Dolor te redime…
¡El dolor de dejar de ser virgen
y el dolor de ser madre!

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NICOLÁS GUILLÉN
(Cuba, 1902/1989)

martes, 18 de agosto de 2009

URONDO, Franciso "Paco": No puedo quejarme

"El viejo guitarrista" - Pablo Picasso
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Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo –salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.
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Francisco "Paco" Urondo
(Santa Fe, Argentina, 1930/1976)

sábado, 15 de agosto de 2009

¿CÓMO PENSAR QUE EL LIBRO DESAPARECERÁ?


¿Cómo pensar que el libro desaparecerá?
¿Cómo creer que la sensación de recostarse en el sillón con un libro en la mano pueda perderse?
¿Con qué reemplazar la satisfacción de sentarse bajo la sombra de un árbol con un libro en la mano?
¿Cómo dejar que desaparezca la táctil sensación de pasar una a una las páginas de papel que desde hace siglos sobreviven sin sobresaltos al paso del tiempo?
¿Y el olor a biblioteca, al libro del abuelo o al del recién salido de la editorial?
¿Cómo pensar que el libro desaparecerá?

LOTITO, Liliana: Ser lector o la posibilidad de vivir muchas vidas

Leer (también re-leer), hablar sobre lo que se leyó, escuchar lo que otros dicen sobre algo que están leyendo, hablar acerca de la lectura y de los lectores, son, siempre, prácticas productivas. Tanto cuando es una actividad libre de obligaciones, como cuando se la encara en su modalidad de estudio o de análisis, la lectura abre zonas de reflexión en las que los sentidos se cruzan y se multiplican sin límites.
La lectura influye, y mucho, en aquellos que consideran a ese hábito como una verdadera experiencia de vida. Así lo manifiestan algunos escritores famosos:
Dice Umberto Eco (escritor italiano, contemporáneo): “Hoy los libros son nuestros viejos. No nos damos cuenta, pero nuestra riqueza respecto del analfabeto (o del que, alfabeto, no lee) consiste en que él está viviendo y vivirá solo su vida y nosotros hemos vivido muchísimas”.
Jean Paul Sartre (filósofo y escritor francés, 1905/1989) escribe: “Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros. En el despacho de mi abuelo había libros por todas partes [...] No sabía leer aún y ya reverenciaba esas piedras levantadas: derechas o inclinadas, apretadas como ladrillos en los estantes de la biblioteca o noblemente espaciadas formando avenidas de menhires...”. Sartre recupera así el recuerdo de la biblioteca del abuelo: en ese recuerdo, los libros preceden a la lectura. En un texto que es autobiográfico, se construye como lector antes de serlo.
También Jorge Luis Borges (escritor argentino, 1899/1986) dice en un reportaje: “No recuerdo una época en que yo no leyera ni escribiera”. Lo que no recuerda es cómo aprendió a hacerlo. Se recuerda haciéndolo.
En su autobiografía, Silvina Ocampo (poetisa argentina) narra una situación muy parecida a la de Borges: “Llevo un libro que me leían y hago como si leyera. Recuerdo el cuento perfectamente y sé que está detrás de las letras que no conozco”.
Pero no hace falta ser un escritor famoso (ni siquiera ser escritor) para que una persona pueda tener su propia experiencia de lectura. Cuentan que “Rhida, un joven de origen argelino, un día de su infancia en que escuchaba a un bibliotecario leer El libro de la selva, sintió que algo dentro de él se abrió: había comprendido que existía algo diferente de lo que lo rodeaba [...] Podía uno convertirse en otro, podía uno construir su cabaña en la jungla, encontrar ahí su lugar”.
Llegados a este punto, ¿no podríamos preguntarnos nosotros también qué lugar tendrán las escenas de lectura en el relato posible de nuestra vida? Contarse lector, recordar y seleccionar escenas de lectura para armar la trama narrativa con la que se va a construir la propia identidad ante otros, supone una declaración. Lo que declara aquel que narra es que está constituido como persona por su propia historia y, al mismo tiempo, por todas las historias leídas. Declara haber vivido muchas vidas, es decir, haber vivido más y, en consecuencia, conocer más.
Entonces, ¿habrá escenas de lectura en las historias de vida que cuenten en el futuro los alumnos de cualquier escuela argentina algún día? Para eso, la escuela debería constituirse en un espacio físico donde transcurran algunas de esas escenas.
Si así lo lográsemos, todos tendrían posibilidades de vivir muchas vidas. Si así fuera, estaríamos acercando a muchos —especialmente a los que más necesitan— a la posibilidad de elegir libremente una de ellas: la que quieren vivir.
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Adaptación del texto aparecido en la revista “ESCENAS DE LECTURA” (Periódico del Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Ecuación de la Nación), nº 2, abril de 2001.

jueves, 13 de agosto de 2009

Leer porque sí ... también en la web - EDUCARafaela (Municipalidad de Rafaela)


Experiencias Educativas

Por Mariana Andereggen - 13/08/2009 09:26:07 p.m.


Mucho se habla sobre la posible contradicción entre la lectura y las TIC, demonizando casi siempre sin pruebas concretas a los medios digitales y culpándolos de la ausencia del gusto por leer que parecen mostrar muchos niños y jóvenes. Podríamos justificar ampliamente que por el contrario, los libros impresos y los textos en formatos digitales pueden complementarse y ganan el lector y el escritor. La web suma la posibilidad de enriquecer con multimedia (sonidos, música, fotos, videos, ...) los textos tradicionales, democratiza la publicación de producciones de autores aún no consagrados, permite su amplia difusión y la interactividad con los lectores a traves de comentarios, mails o foros. Y además, para los que estamos en el ámbito educativo es un medio en el que gran parte de nuestros alumnos se sienten "como en casa"...
Hoy los invitamos a conocer dos blogs del Profesor Sergio Fassanelli quien está a cargo del área Lengua y del Taller de Lectura LEER PORQUE SÍ de Escuela de Enseñanza Media Para Adultos Nº 1007 "LIBERTAD" de Rafaela. Sus espacios en la web son ejemplos clarísimos de la complementariedad que citábamos.
El Taller LEER PORQUE SI surge en la EEMPA en el año 2005 y desde 2008 tiene su espacio en la web: http://leerporquesi-1007.blogspot.com/ Según palabras de su coordinador: ´nació con el único fin de acercar a sus alumnos a la lectura por placer, por el solo hecho de leer y disfrutar, sin tener que pensar en un trabajo práctico de aplicación para su posterior evaluación. Además el taller intenta incentivar la actitud crítica del alumno en total libertad. Y como no quisimos limitar esta actividad solo al ámbito de nuestra escuela, estamos aquí porque queremos compartir, entre tanta basura que encontramos en la red, textos que enriquezcan y nos hagan pensar y disfrutar.´
Por otra parte, LENGUA EN LIBERTAD ( http://lenguaeempalibertad.blogspot.com/ ) es un blog educativo en constante construcción en el que los alumnos (y todos aquellos a quienes le pueda ser útil) podrán encontrar el marco teórico de la materia Lengua y los textos que se trabajarán durante el ciclo lectivo. Las opiniones de los alumnos y de todos aquellos que quieran aportar ideas, son bienvenidas.
En ambos espacios se destacan los contenidos multimediales como audios y videos, y links a otros sitios web muy interesantes. Una evidencia del interés que despiertan las temáticas abordadas son las estadísticas de cantidad de lectores del blog y de su procedencia.
Ya están entre nuestros Favoritos!

lunes, 10 de agosto de 2009

La pucha, que es difícil la nostalgia...
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Pero es bueno si puede ayudarte
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a intentar ser feliz.
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Y es tanta la gente y las cosas
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que uno siente que ama,
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que no existe tiempo ni distancia
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para estar allí.
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Lalo de los Santos
"Tema de Rosario"
(Argentina, Rosario, 1956/2001)


sábado, 8 de agosto de 2009

MANIFIESTO AMBIENTAL DE NOAH SEALTH

La carta del jefe indio, 1854

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En el año 1854 el jefe indio Noah Sealth respondió de una forma muy especial a la propuesta del presidente Franklin Pierce para crear una reserva india y acabar con los enfrentamientos entre indios y blancos. Suponía el despojo de las tierras indias. En el año 1855 se firmó el tratado de Point Elliot, con el que se consumaba el despojo de las tierras a los nativos indios. Noah Sealth, con su respuesta al presidente, creó el primer manifiesto en defensa del medio ambiente y la naturaleza que ha perdurado en el tiempo. El jefe indio murió el 7 de junio de 1866 a la edad de 80 años. Su memoria ha quedado en el tiempo y sus palabras continúan vigentes.
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¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas. Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas.
Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.
Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podemos vivir confortablemente entre nosotros. Él se convertirá en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta lo
s sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos, y por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra de sus hijos.
Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja.
Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿para qué sirve la vida, si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo.
Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento -la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire-. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.
Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Porque lo que le sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a l
os nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común.
Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. Él es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus.
Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción, rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja.
Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde esta el matorral? Destruido. ¿Dónde esta el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

lunes, 3 de agosto de 2009

DOLINA, Alejandro: Historia del que padecía dos males

Carlos Nine
(Argentina)
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En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia.
Pero ella lo despreciaba enteramente.
Unas cuadras más abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían ante su puerta.
Él las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.
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Alejandro Dolina
(Argentina, 1949)