Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

lunes, 26 de octubre de 2009

FONTANARROSA, Roberto: La educación de los hijos

—Perdónalo, Alfonso.
—No, no lo perdono nada.
—Ay, yo no sé.
—No lo perdono. No.
—Pero es que ya es mucho.
—No; qué es mucho. El que la sigue es él.
—Pero es chico, vida.
—Qué chico ni chico, que aprenda ahora. Yo también fui chico si es por eso.
—Sí, pero ahora es distinto.
—Mirá, Clarita, terminemos, yo no lo perdono ni mierda, tampoco le voy a ir a hablar.
—Lo que pasa es que vos sólo pensás en vos, ¿y yo? A mí que me parta un rayo. ¿Te creés que me gusta que vienen y me preguntan por la calle?
—Vos porque das bola, además, la educación de los hijos cada uno la hace como se le canta.
—Es que ya va a perder el año, te lo dije, Alfonso, me habló la señorita.
—Peor es que pierda el respeto por su padre, si pierde un año ya lo va a recuperar, no es idiota el chico, creo ¿no?
—Yo no, no sé, no sé, lo único que te digo es que no veo las horas de verlo de nuevo.
—Y yo también, ¿qué te creés?, ya va a salir te digo, ya va a salir.
—Sí, lo mismo dijiste en octubre y todavía está ahí.
—Es que vos no tendrías que haberle llevado comida. Te lo dije...
—Pero, Alfonso, ¡se iba a morir!
—¡Qué mierda se va a morir, ya ibas a ver cómo salía!
—Pero no se puede hacer eso, después de todo, como dice mamá, por una zoncera.
—Tú mamá que no se meta en esto, además lo que pueda decir me importa un huevo.
—¡Alfonso!
—Me importa un huevo, si está reblandecida yo no tengo la culpa.
—No pensabas así cuando le pediste plata.
—Yo sabía que iba a salir lo de la plata, sí, sabía que eso le iba a dar excusa para meterse en todo lo que no le importa.
—¡Qué no le importa, es el nieto y se está muriendo de hambre!
—Si se está muriendo de hambre que se joda, en Saigón, por ahí, se mueren miles de pibes de hambre, ¿o no leés los diarios vos?
—Acá no es Saigón, y si allá se mueren de hambre yo no voy a permitir que acá mi hijo se muera de hambre.
—Vos no te preocupés, ya va a salir, no podrá resistir mucho más.
—¿Te parece bien eso?, que tu hijo se coma el algodón, los elásticos, ¿te parece?, que se coma el cotín.
—Ya también se le va a terminar, ¿vos lo viste?
—Ayer lo vi.
—¿Cómo está?
—No lo vi mucho, estaba oscuro.
—Hubieras prendido la luz.
—No. Grita. Le hace mal la luz. Vos no crees pero, ¿no se estará quedando ciego?
—¡Pero mirá con lo que salís ahora! ¿Qué?, ¿vas a hacer un drama porque el otro boludo caprichoso se metió ahí y no quiere salir?
—Pero grita.
—Que grite, ¡qué joda!, tanto tiempo a oscuras a cualquiera le molesta la luz.
—Y la señorita dijo que no iba a venir...
—¿Y quién la llamó?
—Yo, como la otra vez vino...
—¿Y a qué vino?
—A decirle a ver si salía, que volviera al colegio, que los compañeritos lo extrañaban.
—¿Y el otro?
—Que no, que no y que no.
—No la llamés más a esa boluda.
—No seas así, ahora dijo que no venía porque le duele la cintura y no puede estar mucho agachada, además que le da no sé qué verlo así.
—Y también el olor.
—Claro, Alfonso, el olor, nosotros no nos damos ya cuenta, pero la gente sí. Imagináte tanto tiempo haciendo caca y pis ahí abajo. Ay, Dios mío, Alfonso, por favor, yo no sé, vos también.
—Yo también nada, si caga y mea ahí abajo déjalo, que se joda, tirá creolina, kerosene.
—No le puedo tirar, Alfonso, entendé, mirá si se infesta, creo que está lastimado, que se clavó una astilla en la rodilla.
—Mulas, son mulas para que le tengamos lástima.
—¿Y cómo no le vas a tener lástima, Alfonso? Es chico.
—¿Y él tiene lástima cuando hace las perrerías que hace? ¿Tiene lástima? Así se va a educar. Va a ver.
—Yo no sé, si no sale para las Fiestas yo llamo a alguien, no sé, o agarro y me vuelvo loca.
—Perdé cuidado que va a salir, ya en diciembre esa pieza es un fuego. Vas a ver cómo sale cuando se achicharre ahí abajo, muerto de hambre y entre la caca recalentada.
—¿Y si no sale, Alfonso?
—Si no sale ya veremos, no te preocupes, yo tampoco quiero pasar las fiestas sin él.
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Roberto Fontanarrosa
Argentina, 1944/2009

sábado, 17 de octubre de 2009

ADIÓS A MARÍA ROSA GROTTI

Transcribimos a continuación la lamentable noticia del fallecimiento de María Rosa Grotti, una de nuestras amigas del blog, de quien publicamos un texto muy lindo sobre la Generación Bidú. Hasta siempre, María Rosa.
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Falleció la periodista María Rosa Grotti. Se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura. Anteriormente colaboró con el diario Córdoba y La Voz del Interior y trabajó también para medios porteños.
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La periodista cordobesa María Rosa Grotti (63) falleció esta madrugada en el Hospital Urgencias, donde permanecía internada desde mediados de setiembre por una crisis asmática que había sufrido y que la dejó inconsciente. La periodista se desempeñaba actualmente en la Agencia Córdoba Cultura, y había trabajado además en diversos medios cordobeses, como el diario Córdoba y La Voz del Interior. También colaboró con la revista Humor y otros medios porteños.
Grotti será velada en la sala La Catedral, ubicada en San Juan y Mariano Moreno de esta Capital. La sala se habilitará desde las 11:00 de hoy hasta el mediodía de mañana, cuando partirá el cortejo hacia el cementerio Los Alamos, camino a Colonia Tirolesa. Homenaje. Como un pequeño homenaje a la “Negra”, como la llamaban sus amigos, se adjunta a continuación el artículo “La generación de Bidú sigue en pie”, escrito por Grotti para la revista Humor, en 1984. La nota causó una gran repercusión en aquella época y puede leerse en el blog Leer porque sí.
También se adjunta un audio con la letra del texto, la música de Horacio Sosa y la voz de Omar Rezk. Fue publicado en el disco de Posdata “Córdoba va”, en 1985.
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La generación de Bidú sigue en pie
Crecimos con los Beatles. Las primeras pitadas de Saratoga sin filtro las hicimos una tarde mientras jugábamos a la payana en la plaza Colón. A nosotros nos tocaron los cuatrocientos golpes y nos quedamos sin aliento en una estrada cualquiera, mientras contemplábamos el anochecer de días agitados. La niñez quedó atrás junto a los caramelos Misky, el tintero involcable y el olor a mandarina. Nos llevábamos el mundo por delante. Salimos a la calle a gritar palabras felices o incoherentes, pateamos el tablero, desvestimos los santos, metimos el dedo en las llagas, rompimos todos los esquemas y tiramos los pedacitos al viento de la historia. Pero claro, después vino lo otro. Una inmensa nube inundó nuestro mundo. En aquellos días, al levantarnos, los presentimientos nos asaltaban a punta de pistola. Todos en mayor o menor medida eramos sospechados de ser sospechosos. Éramos culpables de algo. Fumábamos toda la noche con el corazón hecho una fiera mientras esperábamos oir las botas del domador. Nuestros amigos arrancados de cuajo de nuestras vidas quedaron detenidos en el tiempo. A esas fotografías inexactas, a esas malas copias que nos dejó la muerte, las escondíamos en los pasadizos de la memoria para no despertar las iras de las fuerzas de seguridad. Algunos se volvieron moscas de tanto sonreirle a las arañas, pero otros se volvieron viento, canción, poema, memoria...la flaca Titilo, el Pelusa, el Gordo Ramos, el Petiso Acevedo, el Pato, la Turca Flores, el Coqui...

miércoles, 14 de octubre de 2009

FERRER, Marcelo: Lienzo virgen

'El artista frente al lienzo' (1938)
Autorretrato de Pablo Picasso
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Una leve presión del pincel y ese toque de intensidad sobre un rasgo de carácter encima de su boca. Ahora el trazo largo de un párpado altivo. Más allá, lejos, soy penacho desgarbado sobre una frente pequeña. Y aún más lejos, oscuro vórtice en la zona posterior de su mollera.
Desciendo por su perfil expuesto a la luz, donde las nacientes de sus cabellos se ralean y espesan. Su cien se expande en una planicie que se deprime bajo su ceja. Ésta declina con suavidad -rasgo tenue de sabiduría-. Giro hacia la pendiente apenas pronunciada en la base de su nariz, sumergiéndome en la comisura de su boca. Debajo, se eleva su carne con prominencia rumbo a la pulpa de sus labios rojos. Ellos denuncian una sonrisa apenas alongada.
Retrocedo dos pasos e inclino mi cabeza. Busco simetrías milimétricas en los lóbulos de sus orejas. De ambos desciendo triangulando a un punto de su cuello. La luz es oblicua desde un sitio imaginario a tres metros sobre su derecha. Mareas de sombras que resuelven en la redondez de su escote. Un lunar rompe el equilibrio; se ilumina como gema, discreta.
Mediodía para su reluciente pómulo, atardece en su mejilla; se alarga la noche tras la recta ascendente de su nariz.
Pongo mi atención en su pupila y en los diminutos peces pardos del océano ambarino que la rodean. Están inmóviles, sin aliento. Me decepciono. Un perceptible brillo proporciona indeleble luz, arriba, sobre su izquierda.
—¿Me está mirando?
Me adentro a la noche clara y sinuosa para seguir su contorno más arriba de su pómulo. La superficie se degrada agudamente y sobre ella reposan arqueadas sus pestañas. Una delgada línea se ilumina, luego un escalón, y más allá, la esclerótica se expande con delgados cursos rojos. De su otro ojo un nuevo océano ambarino y los peces pardos que lo habitan en completa quietud. Su pupila es un embudo desgajado, inerte.
—Pero... ¿Me está mirando?
Me alejo. Algo me perturba. Una sensación de incordia me enajena; se expande desde la base de mi estómago oprimiéndome los pulmones. Estoy sin aliento; agitado. Le doy la espalda a ella. Me agacho. Me paro. Golpeo con mi máxima energía la mesa. Llevo mis manos a mi cabeza y entrelazo mis dedos en mis cabellos. Aprisiono mi cráneo. Lo bamboleo. Lo froto con mis palmas mugrientas.
—¿Me está mirando? ¿Me mira?
Doy tres pasos laterales adonde el punto imaginario de luz. La observo.
—No, no me está mirando. Me desgrano.
Vuelvo hacia ella.
—Tiene la mirada perdida —digo.
Me acerco tanto como para individualizar cada partícula de pigmento que impregna las fibras de lino de sus ojos ambarinos y lo veo: ¡qué distancia tan pequeña nos separa del infinito! —digo... al descubrir el secreto que guarda en su iris. Vuelvo a ambos ojos para develar que tiene ella un alma anclada en la tierra y otra devorando el universo. No hay cosa que trascienda más que el alma —pienso—; y brota de mis labios una sonrisa.
Me tranquilizo en la medida que aumenta mi ansiedad.
—-¡Necesito distancia! —grito.
Aparto la mesa y me alejo de ella hasta donde la habitación me lo permite. La observo.
—¡Aún es muy cerca! —maldigo.
La pongo a ella en el otro extremo de la habitación y no es suficiente. La cargo al parque. Hay sol. Me detengo un instante para descubrir que la gramilla está alta y florecida. Ahí la dejo y me aparto.
Un azul profundo se expande sobre mi cabeza adonde mi vista no la alcanza. Entonces imagino mi propio ojo y sus formas convexas percibiendo el infinito. Me sumerjo en el torrente sanguíneo que lleva curso a mi retina. Desde allí observo la espalda de mi pupila con sus dibujos arabescos contraídos a su máximo potencial. En rededor, aquel ordinario marrón que pensé siempre, posee matices. Dentro de mi retina se expande el universo y estoy en él y ella conmigo, mirándome. Puedo navegar ese universo; deambular entre sus galaxias, y por su interior, sobre sus planetas y soles. Mi atención se fija en un punto lejano para percibir la forma de mi ojo terrenal mirándola a ella sobre la gramilla alta y florecida desde donde ella me está mirando. Hay materialidad limitando materia —concluyo.
Salgo de mí; vuelvo a ella. La devuelvo al interior de mi taller. Enciendo un cigarro.
Me arrojo sobre el sofá que exhala aliento a humedad milenaria. No es importante. Nada lo es, ahora. Está hecho. He terminado y me satisface.
—No me mira —digo—; y sin embargo, sé que me está mirando —sonrío.
A mi izquierda, un universo que se expande tras el ventanal por donde escapa el humo del tabaco. Sobre mi derecha: ella, sobre el atril, con sus imperturbables ojos perfectos indagando los universos infinitos y terrenales que hay en mí.
Me duermo —creo.
Despierto de la noche intensa luego de soñar su rostro. Lánguido el sol se levanta sobre el filo del lintel. La gramilla está alta y florecida, afuera. A pasos de mí, el atril; el tono marfil del lienzo virgen atesora formas imposibles de ser coloreadas —pienso.
Tal vez... Tal vez sea hoy un buen día para intentarlo.
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MARCELO D. FERRER
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Nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina.
Es contador público y licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.
Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.
Está divorciado y tiene tres hijas.
Varios de sus cuentos fueron publicados en diversos medios periodísticos de Argentina. Es autor de poemas, reflexiones, ensayos, prosas, pensamientos, etc. Algunas de sus poesías han sido editadas en la WEB. Su primer libro se editó en setiembre de 2001, "Poemas, historias y reflexiones".
Su segundo libro fue editado en 2002, una edición limitada de Editora Nuevos Aires, Argentina, que se encuentra agotada.
Trabaja incansablemente en nuevos textos, muchos de ellos son editados en esta web.
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domingo, 11 de octubre de 2009

PALOMARES, Gabino: La maldición de Malinche

"Cortés & Malinche" (José Clemente Orozco)
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Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada.
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Se oyó la voz del monarca
de que el Dios había llegado
y les abrimos la puerta
por temor a lo ignorado.
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Iban montados en bestias
como demonios del mal
iban con fuego en las manos
y cubiertos de metal.
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Sólo el valor de unos cuantos
les opuso resistencia
y al mirar correr la sangre
se llenaron de vergüenza.
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Porque los dioses ni comen,
ni gozan con lo robado
y cuando nos dimos cuenta
ya todo estaba acabado.
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En ese error entregamos
la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos
trescientos años esclavos.
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Se nos quedó el maleficio
de brindar al extranjero
nuestra fe, nuestra cultura,
nuestro pan, nuestro dinero.
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Y les seguimos cambiando
oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo.
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Hoy, en pleno siglo XX,
nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.
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Pero si llega cansado
un indio de andar la sierra
lo humillamos y lo vemos
como extraño por su tierra.
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Tú, hipócrita, que te muestras
humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.
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¡Oh, Maldición de Malinche!
¡Enfermedad del presente!
¿Cuándo dejarás mi tierra?
¿Cuándo harás libre a mi gente?
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Gabino Palomares
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Cantante mexicano nacido en San Luis Potosí. Gabino Palomares recuerda muy bien el comienzo del canto nuevo: "El movimiento del 68 influyó a muchos. En 1975 cobró auge la nueva canción por la migración latinoamericana a México. Fueron tiempos del gorilato, así que había muchas historias que contar. "Otro elementos importantes fue que un grupo numeroso de conjuntos y solistas comenzó a apoyar al Partido Socialista, lo que marcó el inicio en México del canto nuevo, el cual estuvo marcado por una línea de protesta, postura eficiente para dar a conocer la situación del país". Veinticinco años de carrera están detrás de la producción musical de Gabino Palomares.Las letras de Gabino Palomares hablan sobre el consumismo y la injerencia extranjera; la falta de compromiso del gobierno o los empresarios para con el pueblo, cuestiona las acciones emprendidas durante por lo menos tres sexenios y el permanente sacrificio de la clase trabajadora."Quisiera que mis canciones ya no estuvieran vigentes, porque eso querría decir que el país habría superado sus problemas. El mundo ha cambiado, México no gran cosa. Seguimos viviendo la herencia de la Malinche, recibiendo con grandes honores al extranjero, brindándole toda nuestra riqueza y despreciando al indígena que llega a nosotros cansado de andar la sierra”.
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jueves, 8 de octubre de 2009

LIMA QUINTANA, Hamlet: Cielo blanco

No veo el cielo madre, solo un pañuelo blanco
no sé si aquella noche yo te estaba pensando
o si un perfil de sombras me acunaba en sus brazos
pero entré en otra historia con el cielo cambiado.


.No me duele la carne que se fue desgarrando
me duele haber perdido las alas de mi canto
las posibilidades de estar en el milagro
y recoger las flores que caen de tu llanto.
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No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.
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No quiero que me llores ahora que te hablo
mi corazón te crece cuando extiendes las manos
y acaricias las cosas que siempre hemos amado
la libertad y el alma de todos los hermanos.
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No sé si aquella noche amanecí llorando
o si alguna paloma se me murió de espanto
la vida que ha esperado tanto
es el cielo que crece sobre tu pañuelo blanco.
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No quiero que me llores, mírame a tu costado
mi sangre está en la sangre de un pueblo castigado
mi voz está en las voces de los "iluminados"
que caminan contigo por la ronda de Mayo.

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Hamlet Lima Quintana.
Nacido en Morón, provincia de Buenos Aires en 1923. Autor y compositor; desde niño, en el seno de su familia, tomó contacto con la música y la poesía. A partir de la década del 40´ y hasta mediados de los 60´ se desempeñó como músico y cantor, primero en la compañía de Ariel Ramírez, luego en los Musiqueros y más tarde en Los Mandingas. También formó un dúo con Mario Arnedo Gallo y finalmente fue solista, hasta que dejó de cantar. En 1961 escribió la zamba “La amanecida”, con música de Arnedo, y como la letra rompía los moldes poéticos aceptados hasta ese momento, fue criticado por los sectores más conservadores del folklore. No obstante, fue muy bien recibida por los intérpretes y el público. Solistas y conjuntos argentinos y extranjeros interpretaron canciones con poesías suyas “Zamba para no morir”, la huella “La cuatrereada”, “Triunfo de las salinas grandes”, “Juanito Laguna remonta un barrilete” y “Crónica de un semejante”, entre otras. Hamlet Lima Quintana falleció el 21 de febrero de 2002 a los 78 años, víctima de un cáncer de pulmón.