Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

jueves, 29 de abril de 2010

FELIZ DÍA, PARA LOS QUE TIENEN TRABAJO Y PARA LOS QUE NO

CARTONERO

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En la mañana desayuno las dudas
que sobran de la noche anterior.
Luego salgo a ganarme la vida temprano,
haga frío o calor.
Porque no hay tiempo de amargarse
ni llorar por un pasar mejor.
La prioridad es el plato en la mesa
y como sea hay que ganárselo.
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Entonces veo que la cosa se pone muy brava
y cada día más,
si mi esposa va tirando del carro conmigo,
juntos a la par,
y como no hay un peso para mandar
a los chicos a estudiar,
también los llevamos a cartonear,
¿si no con quien los vamos a dejar?
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En la calle yo me recibí
en el arte de sobrevivir
revolviendo basura,
juntando lo que este sistema
dejó para mí.
Y a los que manejan el país,
a esa gente le quiero decir,
les propongo se cambien
de lado un momento
y a ver si se bancan vivir
mi vida de cartonero.
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Qué paradoja que teniendo motivos
de sobra para ir a robar,
al delito yo lo esquivo
inventando trabajo en donde no hay,
y encima de rebote
soy la alternativa ecológica
reciclando lo que todos tiran,
los desechos de la sociedad.
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Entonces veo a esa gente
que tiene de sobra y siempre quiere más
con sus autos se llevan el mundo
por delante hablando por celular,
y que teniendo asegurado el porvenir
no paran de robar...
A esos señores les quiero gritar:
¡¿Qué es lo que está pasando por acá?!
.
Porque en la calle yo me recibí
en el arte de sobrevivir
revolviendo basura,
juntando lo que este sistema
dejó para mí.
Y a los que manejan el país,
a esa gente le quiero decir,
les propongo se cambien
de lado un momento
y a ver si se bancan vivir
mi vida de cartonero.
...
De "Karmagedon" (2007)

miércoles, 28 de abril de 2010

DOLINA, Alejandro: La aventura del conocimiento y el aprendizaje

La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura —inexplicablemente— la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez:
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Haga el bachillerato en 6 meses
Vuélvase perito mercantil en 3 semanas
Avívese de golpe en 5 días
Alcance el doctorado en 10 minutos
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Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aun sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y, en general, todo aquello que nos ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender", reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.

Los cursos que no se dictan. Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.

Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos —el soberbio y sus víctimas— podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay —además— cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.

Elogio de la ignorancia. Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.

Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento, el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.

"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".

ALEJANDRO DOLINA
(Argentina, 1949)

sábado, 24 de abril de 2010

ADVERTENCIA

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“Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y cuando, finalmente, descienda el castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre”.
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(Sentencia inscrita en el monasterio de San Pedro, en Barcelona)
Texto extraído de UNA HISTORIA DE LA LECTURA, de Alberto Manguel, Buenos Aires, Emecé. 2005.

martes, 20 de abril de 2010

GALEANO, Eduardo: El arte para los niños



Ella estaba sentada en una silla alta, ante un plato de sopa que le llegaba a la altura de los ojos. Tenía la nariz fruncida y los dientes apretados y los brazos cruzados. La madre pidió auxilio:
—Cuéntale un cuento, Onelio —pidió—. Cuéntale, tú que eres escritor.
Y Onelio Jorge Cardoso, esgrimiendo una cucharada de sopa, comenzó su relato:
—Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. La pajarita tenía el piquito cerradito, cerradito, y la mamita le decía: ¨Te vas a quedar enanita, pajarita, si no comes la comidita¨. Pero la pajarita no hacía caso a la mamita y no abría su piquito...
Y entonces la niña lo interrumpió:
—Qué pajarita de mierdita —opinó.
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EDUARDO GALEANO
(Uruguay, 1940)

miércoles, 14 de abril de 2010

CORTÁZAR, Julio: Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lilas. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
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Julio Cortázar
Argentina, 1914-1984

viernes, 9 de abril de 2010

LIMA QUINTANA, Hamlet: Gente

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Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con solo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.
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Hay gente que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

.Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.
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Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.
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martes, 6 de abril de 2010

BALZARINO, Ángel: Las otras manos

Asesino en la alameda (1919)
Edvard Munch
(Noruega, 1863-1944)
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Sí. Trato de imaginar que nada ha ocurrido. Los tres juntos. Como siempre. ¿Recobrar así fragmentos del pasado? No. Sin dudas ya no podré. Regir el presente, más bien. Aliviar el peso espantoso de la realidad. ¿Soy culpable? Solo quería acabar con la rutina y el aislamiento. Estaba agotada. Casi veinte años convertida en una máquina. Lo mismo, día tras día: las tareas de la casa, el almacén y, sobre todo, Sebastián. Librarlo del castigo de los otros chicos, atenuar el fastidio de las maestras, resguardarlo del menosprecio general. Lisandro siempre quiso llevarlo a un instituto donde le brindaran la atención necesaria. Me opuse. Por cariño de hermana como por un sentimiento de lástima y respeto. Soportaba un permanente acoso. Creí que algo de comprensión y ternura hubiera evitado su belicosidad. Pero a medida que una gordura fofa le deformaba el cuerpo, comprobé que la pasividad y el silencio eran una simple máscara. El rencor, como una rama seca ante el leve chispazo, iba a estallar abruptamente. Y sucedió cuando conocí a Marcial Ugarte. ¿Impedirlo? ¿Renunciar a la libertad, rechazar para siempre al único hombre que resultaba portador de un cambio? No quise hacerlo. Mi paciencia había llegado a un límite. Estaba harta de postergaciones y renunciamientos. Lisandro no tardó en censurar mi conducta. ¿Con qué derecho? Demasiado tiempo vegetando en la oscuridad. Callada, con los dientes apretados. Ya era hora de vivir sin ataduras ni rendir cuentas a nadie. Ajena a la inquietud de Lisandro y los intempestivos ataques de Sebastián, me sublevé. Otra persona de improviso. Vital. Arrebatada por un desconocido fervor. Capaz de reír, de tararear alguna canción por momentos. ¿Todo obedecía a un juvenil, quizá absurdo enamoramiento? A ellos les pareció una burla o una traición imperdonable y se mostraron cada vez más hostiles frente al hombre que había logrado encandilarme. Traté de eludir cualquier roce, las palabras hirientes, el desgaste de agrias discusiones. De mil modos procuré hacerles entender que todos podíamos vivir en un clima de concordia, sin resquemores. Luché para no perder el universo de promesas y sueños y felicidad que él me ofrecía como un regalo. Fue inútil. No llegué a disfrutarlo. Todo se desvaneció una semana antes del casamiento.
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Ya no encuentro palabras para convencerla de que precisamente quise evitar eso: que Sebastián sufriera cualquier daño. No tuve otro propósito al pretender que Marcial Ugarte desapareciera del cálido mundo de nosotros tres. Yolanda no atendió razones. Acaso sin comprender o advertir la conmoción que provocaba ese hombre. Tal vez era justificable. Ya no soportaba el agobio de la soledad, del trabajo agotador, de la falta de cualquier clase de diversión. El acercamiento de él tuvo el poder de trastornarla. Todo surgió distinto. Fascinante, más hermoso, atractivo. Y se dejó arrastrar por el goce embriagador. Casi aislada, indiferente. Sebastián resultó el más herido. Demasiado tiempo había tenido el amparo, la ayuda de ella. Se sintió mortificado por su actitud algo desdeñosa. Desplazado. Y no pudo aceptarlo. Sin tener una meta definida, se mantuvo a la expectativa, más hosco y malhumorado que de costumbre. Advertí que poco a poco todos a su alrededor adquirían el carácter de feroces enemigos. Me llenó de inquietud y miedo. Conocía la facilidad con que explotaba en furia irracional. Se impuso el presagio de una tragedia. Comprendí que existía un solo medio para evitarla. Una noche fui a casa de Ugarte para pedirle que se apartara de Yolanda. Decidí llevar una pistola por si no estaba dispuesto a cumplir mi deseo.
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La noche era opresiva. Sin poder dormir por el calor y los mosquitos, me levanté. Di unas vueltas por el patio. El tapial y las plantas impedían cualquier soplo de aire. Fui hasta la vereda con la esperanza de obtener un poco de alivio. Pasé unos minutos allí, observando sin curiosidad la calle y las casas a oscuras, cuando algo logró quitarme la pesadez del sueño. El hombre que avanzaba por la vereda de enfrente. Agazapado, los pasos presurosos. Me di cuenta enseguida que procuraba ocultarse. Al cruzar bajo la luz de la calle, lo reconocí. El idiota de los Oliver. ¿Qué hacía allí, a medianoche? Me quedé tras la puerta para vigilar con mayor tranquilidad. Presentí alguna cosa bastante grave. Más que por su andar decidido, por el puñal en la mano derecha. Me sacudió un latigazo de alarma. Todos en el barrio conocíamos su carácter arrebatado. Golpear a los chicos que le hacían gestos de burla o tirar cascotes contra las vidrieras en un momento de histeria eran ya habituales. Un asilo hubiera sido el lugar indicado para él, pero la familia se negaba a internarlo. Por fin se detuvo ante la casa de la esquina. La observó, algo vacilante, como si buscara una entrada. ¿Qué se proponía? Con un mal augurio, corrí al dormitorio y llamé a Elisa. Sin atender sus protestas, la conduje hasta la puerta de calle mientras le explicaba lo ocurrido. Entonces vimos que él saltaba la verja del jardín y se perdía entre las plantas. Allí vive el novio de Yolanda, irá a visitarlo, muy pronto serán cuñados, comentó ella con evidente malestar. Sí, puede ser, aunque resulta bastante raro que entre sin llamar y armado de un puñal. Eso la despabiló completamente. Tenemos que hacer algo, rápido. No tuve tiempo de responderle. Una súbita exclamación, parecida a un llanto estridente o un grito de rabia o dolor, desalojó la quietud de la noche. Instintivamente nos abrazamos en procura de mutuo resguardo. Quedamos así, quietos, en tensa espera. Cuando superamos el estupor, corrimos hasta el teléfono para avisar a la policía.
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Sí, señor. Yo atendí el llamado, Me costó entender lo que pasaba. El hombre parecía muy asustado y explicó todo en forma atropellada. Después de anotar la dirección, llamé al agente Lozano y sin perder tiempo nos dirigimos al lugar del hecho. Había muchas personas en la calle, a medio vestir o cubriéndose con sábanas, como si acabaran de abandonar la cama. Hablaban todos a la vez, inquietos, agitando los brazos. Nuestra presencia logró imponer cierta calma. Esperé que se apagaran las voces para efectuar algunas preguntas. Antonio Rivas, el hombre que llamó por teléfono, ya más tranquilo, dijo que él y su mujer habían visto al muchacho Oliver entrar en la casa de Marcial Ugarte. Llevaba un puñal. Eso los sobresaltó. Pocos minutos después quedaron paralizados por un grito. Fue todo lo que pudo decir. Debió suspender el relato por culpa de los otros, que empezaron a opinar sobre ese muchacho al que en el barrio llamaban el idiota o el loco. No tuvieron reparos en resaltar sus defectos: demasiado irritable y violento, un riesgo para todos que andara libre por la calle, que sin dudas había cometido una barbaridad en la casa de Ugarte… Aturdido, los interrumpí con un grito. Hice una seña a Lozano y, sacando las armas, nos abrimos paso. Al cruzar la puerta enrejada del jardín, lo vimos salir de la casa. Por impulso de una tempestad, tembloroso el cuerpo descomunal, sosteniendo el puñal en gesto amenazador. Lo conocía desde chico y siempre pensé que su deficiencia mental no resultaba peligrosa, sino más bien era motivo de compasión. Supe que me había equivocado. Reflejaba una actitud virulenta, desarregladas las ropas, el cabello alborotado sobre la cara. Grité para detenerlo. Inútilmente. No pareció oírme ni tampoco ver al grupo que cubría la calle. De un empujón hizo caer a Lozano y continuó la marcha. Los hombres y mujeres comenzaron a dispersarse. Asustados. Tratando de evitar cualquier ataque. Entre gritos de sorpresa y terror. Comprendí la necesidad de impedir que las cosas se
agravaran más aún. Tuve un segundo de turbación. Pero enseguida se impuso el sentido del deber. Levanté el arma. Disparé. Creí hundirme en un remolino al ver tambalearse el cuerpo del muchacho. Dio unos pasos en círculo, como buscando un apoyo. Por fin se desplomó. Poco a poco, pasado el peligro, la gente lo fue rodeando. El silencio reflejó una mezcla de consternación y respeto. Entonces entré a la casa de Ugarte. Luego de un breve recorrido, lo divisé sobre una cama. Completamente quieto. Alrededor, claros signos de lucha por la ropa y varios objetos en desorden. Al inclinarme sobre él sentí una garra fría. Me faltó el aire. No por comprobar que el hombre estaba muerto sino por descubrir en el pecho, donde una mancha rojiza cubría la camisa, la perforación de una bala. Quise gritar. Para expresar una rabiosa protesta o destruir la telaraña que hacía todo incomprensible: la presencia de la gente, el muchacho Oliver armado con un puñal, mi disparo, Ugarte muerto… Por eso, sin duda, personal más capacitado que yo podrá averiguar lo ocurrido realmente aquella noche. Por mi parte, no tengo nada más que informarle, señor juez.
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ÁNGEL BALZARINO nació en Villa Trinidad (Prov. de Santa Fe) en 1943. Desde 1956 reside en Rafaela. Ha obtenido numerosas distinciones por su actividad literaria dedicada especialmente al cuento.

sábado, 3 de abril de 2010

BORGES, Jorge Luis: Milonga del muerto

Lo he soñado en esta casa
entre paredes y puertas.
Dios les permite a los hombres
soñar cosas que son ciertas.

Lo he soñado mar afuera
en unas islas glaciales.
Que nos digan lo demás
la tumba y los hospitales.

Una de tantas provincias
del interior fue su tierra.
(No conviene que se sepa
que muere gente en la guerra).

Lo sacaron del cuartel,
le pusieron en las manos
las armas y lo mandaron
a morir con sus hermanos.

Se obró con suma prudencia,
se habló de un modo prolijo.
Les entregaron a un tiempo
el rifle y el crucifijo.

Oyó las vanas arengas
de los vanos generales.
Vio lo que nunca había visto,
la nieve y los arenales.

Oyó vivas y oyó mueras,
oyó el clamor de la gente.
Él sólo quería saber
si era o si no era valiente.

Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida.
Se dijo "No tuve miedo"
cuando lo dejó la vida.

Su muerte fue una secreta victoria.
Nadie se asombre
de que me dé envidia y pena
el destino de aquel hombre.

Jorge Luis Borges
(Argentina, 1899/1986)