Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

jueves, 30 de diciembre de 2010

VETTIER, Adela: El hombre de Houston

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Al hombre matemático
que soñaba su álgebra en el patio de infancia
y borroneaba fórmulas
en el reverso de las cartas de amor,
que conoció por correspondencia
las galas del verano y la primavera,
que utilizó los libros de poesía
como pisapapel
y que borró los nombres de Bach y de Beethoven
con el rumor de las computadoras,
le avisaron desde Houston que efectivamente
la sonda proyectada por él
emitía señales desde Marte.
En un gesto insensato de alegría
dejó el laboratorio
y sin mucha cautela miró el cielo.
Un derrumbe de estrellas
cayó sobre sus hombros
y entonces vio en el esplendor supremo
astros virando en su vagar eterno.
Y escuchó la música infinita
con ángeles del cielo
que en cálidos veranos devolvía
sus perdidos recuerdos.
Una lágrima ardiente abrió sus ojos
y preguntó:
—Es de Bach —le dijeron.

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ADELA VETTIER
(Argentina, 1931/2015)

Grata sorpresa de fin de año el haber recibido noticias de Adela Vettier, sobre todo porque fue ella misma la que se comunicó con nosotros y nos aportó su breve biobibliografía que no pudimos agregar oportunamente. La compartimos con ustedes junto con su poema.
.Datos biográficos de Adela Juana Cabrero de Vettier, que usó como nombre literario el de Adela Vettier. (nacida en Capital Federal en 29/01/1931)
Pese a que su vocación literaria despertó tempranamente, sólo se inició públicamente a través de un Concurso de Canciones Infantiles del que resultó ganadora junto con Nela Grisolía, por la canción titulada “Pepe el Marinero”.
A partir de entonces, -1971- no dejó de publicar cuentos y novelas infanto-juveniles tales como:
De la Mano- Editorial Plus Ultra- Colección “El Campanario” Año 1981
Padre Lobo – Editorial Plus Ultra “ “ Año 1996
Si ves un pájaro blanco- Editorial Plus ULTRA Col.Tejados Rojos - 1991
Vientos de Aventura-Editorial Huemul- 1990
Irene volaba –Pieza de teatro infantil-Col.El Escenario –Edit.Plus Ultra 1987
La Puerta de la Extraña Señora (Faja de Honor de la SADE) “ “ 1983
Secreto de náufrago- Edición del autor- Distribuidores HUNO- 1998
Pasos en la Selva – Editorial H.R.L. 1997
Nolan el Invisible- Editorial H.L.R. 1996
Sur Adolescente - Editorial H.R.L. 1995
Adolescencia en el Sur-Editorial Ocruxaves- 1992
El sombrero de María Violeta-Editorial Plus Ultra- Colección La Llavecita-1981
¿Qué lápiz te gusta más?Editorial Actilibro –C olección Barquito de Papel
El Tritón Perdido- Editorial Magisterio- Año 1992
Señales a Otros mundos- Editorial Braga-Colección Alas de Halcón 1993
Infancias de Tierra Adentro. Editorial de los Cuatro V ientos- Año 2004
Teléfono: 4983-2444
Dirección: Avda. Díaz Vélez 3762-6º “A”
Su amor por la literatura va mucho más allá pero su dedicación a impulsar la lectura de los niños la inclinó permanentemente a escribir para ellos, empresa que aun no ha abandonado pese a las dificultades actuales de edición.


Vecinos y allegados de Adela Vettier nos han hecho saber
que lamentablemente falleció el 11 de setiembre de 2015.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

ORGAMBIDE, Pedro: El paracaidista



La ambición de un hombre puede ser infinita. La del sastre de mi pueblo tenía la forma de un paracaídas.
Todos los años, durante los festejos patrios, se presentaba a la comisión municipal ofreciendo sus servicios de paracaidista. Lo oían como quien oye llover: con esa burla mezclada de tristeza con que la buena gente trata a los tontos y a los locos. El sastre volvía a su casa, con el paracaídas de seda bajo el brazo, y esperaba otra oportunidad. Así pa­saron incontables veinticincos de mayos y nueves de julios y él continuó fabricando nuevos y lujosos paracaídas que se amontonaban en la trastienda, vigilados por un maniquí de cera.
Mi sastre ya era viejo y sus figurines amarilleaban en la pared, como las fotos de un álbum, con sus pan­talones Oxford, sus ranchos, galeras y bastones de las modas pasadas. El pueblo, claro está, también enveje­cía o, como decían los comerciantes, se modernizaba: donde había un aljibe ahora se levantaba un surtidor de nafta, donde se enseñoró, antaño, una casa de am­plia galería cubierta de helechos, ahora instalaban un supermercado. Las cosas cambiaban, menos la ambi­ción del sastre, que continuaba coleccionando paracaídas con igual fanatismo.
Por fin, cuando el pueblo celebró su Centenario, el sastre volvió a presentarse a la comisión de festejos. Por broma, por cansancio, la comisión aceptó su pedido. Un aviador joven del Aeroclub se ofreció a acompañarlo en la aventura. Durante la semana previa al lanzamiento, los muchachos del pueblo tuvieron motivo de diversión: visitar al sastre, llamarlo Jorge Newbery, o, como motejó el más joven: El Astronauta. Mi sastre soportó las bromas con estoicismo y siguió cosiendo su paracaídas.
Así llegó el día del festejo. Todo el pueblo se dio cita en el Aeroclub. Por primera vez, en tantos años, miraron al sastre con un poco de respeto. Hasta entonces, como es natural, habían pensado que un sastre es un sastre, y un paracaidista un paracaidista. Pero en los días de dicha (y ese lo era, festejábamos nuestro Centenario) el sentido común admitía un margen de locura. Como cuando llegaba el circo. El sastre (el paracaidista, quiero decir) subió al avión. El aparato despegó limpiamente. Después trepó hasta las nubes. Pasaron los segundos, los minutos, el tiempo en que el sastre dejó de ser el sastre para nosotros y transformarse, ahora sí, en un paracaidista. Porque ya descendía, primero velozmente, y luego lento y majestuoso, sobre el campo. Corrieron los jóvenes, las motonetas, los autos, los sulkies, las mujeres, los niños, yo, todos, todos corrimos a recibir al héroe. Los más entusiastas lo levantaron en andas.
Entonces descendió el avión. El joven que conducía se acercó a nuestro héroe. «¡Imbécil! —le gritó— ¡Cobarde! ¡Tuve que empujarlo para que se largara!». Todos callamos porque el paracaidista (quiero decir el sastre) era uno de los nuestros. Nada respondió él, que, con el paracaídas bajo el brazo, abandonó la fiesta. Se negó a que lo acompañáramos.
Esa noche, mientras se encendían los fuegos artificiales en la plaza, otra hoguera se levantó en la orilla del pueblo. Cuando llegamos, era tarde. Ardían los viejos figurines y los paracaídas que flotaban entre las llamas, como fantasmas, como flores blancas.

Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide
De “Historias con tangos y corridos” (1976)
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Pedro Orgambide nació el 9 de agosto de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Es autor de las novelas "Memorias de un hombre de bien", "El páramo" "El escriba" y "Una chaqueta para morir". Escribió el libro de cuentos "Historia con tango y corridos", y de las obras de teatro "Eva" y "Discepolín". Publicó, también, los ensayos "Ser argentino" y "Diario de la crisis". Entre otras distinciones, recibió el Premio Casa de las Américas (1976), el Premio Nacional de Novela (México, 1977), el Premio Municipal Gregorio de Laferrére (1995) y el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes (1997). Falleció en Buenos Aires, el 19 de enero de 2003.