Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 25 de noviembre de 2011

VALENZUELA, LUISA: TANGO



Me dijeron:

En este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomate un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño: yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. Me dijeron.

Yo ando sola y el resto de la semana no me importa pero los sábados me gusta estar acompañada y que me aprieten fuerte. Por eso bailo el tango.

Aprendí con gran dedicación y esfuerzo, con zapatos de taco alto y pollera ajustada, de tajo. Ahora hasta ando con los clásicos elásticos en la cartera, el equivalente a llevar siempre conmigo la raqueta si fuera tenista, pero menos molesto. Llevo los elásticos en la cartera y a veces en la cola de un banco o frente a la ventanilla cuando me hacen esperar por algún trámite los acaricio, al descuido, sin pensarlo, y quizá, no sé, me consuelo con la idea de que en ese mismo momento podría estar bailando el tango en vez de esperar que un empleaducho desconsiderado se digne atenderme.

Sé que en algún lugar de la ciudad, cualquiera sea la hora, habrá un salón donde se esté bailando en la penumbra. Allí no puede saberse si es de noche o de día, a nadie le importa si es de noche o de día, y los elásticos sirven para sostener alrededor del empeine los zapatos de calle, estirados como están de tanto trajinar en busca de trabajo.

El sábado por la noche una busca cualquier cosa menos trabajo. Y sentada a una mesa cerca del mostrador, como me recomendaron, espero. En este salón el sitio clave es el mostrador, me insistieron, así pueden ficharte los hombres que pasan hacia el baño. Ellos sí pueden permitirse el lujo. Empujan la puerta vaivén con toda la carga a cuestas, una ráfaga amoniacal nos golpea, y vuelven a salir aligerados dispuestos a retomar la danza.

Ahora sé cuándo me toca a mí bailar con uno de ellos. Y con cuál. Detecto ese muy leve movimiento de cabeza que me indica que soy la elegida, reconozco la invitación y cuando quiero aceptarla sonrío muy quietamente. Es decir que acepto y no me muevo; él vendrá hacia mí, me tenderá la mano, nos pararemos enfrentados al borde de la pista y dejaremos que se tense el hilo, que el bandoneón crezca hasta que ya estemos a punto de estallar y entonces, en algún insospechado acorde, él me pondrá el brazo alrededor de la cintura y zarparemos.

Con las velas infladas bogamos a pleno viento si es milonga, al tango lo escoramos. Y los pies no se nos enredan porque él es sabio en señalarme las maniobras tecleteando mi espalda. Hay algún corte nuevo, figuras que desconozco e improviso y a veces hasta salgo airosa. Dejo volar un pie, me escoro a estribor, no separo las piernas más de lo estrictamente necesario, él pone los pies con elegancia y yo lo sigo. A veces me detengo, cuando con el dedo medio él me hace una leve presión en la columna. Pongo la mujer en punto muerto, me decía el maestro y una debía quedar congelada en medio del paso para que él pudiera hacer sus firuletes.

Lo aprendí de veras, lo mamé a fondo como quien dice. Todo un ponerse, por parte de los hombres, que alude a otra cosa. Eso es el tango. Y es tan bello que se acaba aceptando.

Me llamo Sandra pero en estos lugares me gusta que me digan Sonia, como para perdurar más allá de la vigilia. Pocos son sin embargo los que acá preguntan o dan nombres, pocos hablan. Algunos eso sí se sonríen para sus adentros, escuchando esa música interior a la que están bailando y que no siempre está hecha de nostalgia. Nosotras también reímos, sonreímos. Yo río cuando me sacan a bailar seguido (y permanecemos callados y a veces sonrientes en medio de la pista esperando la próxima entrega), río porque esta música de tango rezuma del piso y se nos cuela por la planta de los pies y nos vibra y nos arrastra.

Lo amo. Al tango. Y por ende a quien, transmitiéndome con los dedos las claves del movimiento, me baila.

No me importa caminar las treintipico de cuadras de vuelta hasta mi casa. Algunos sábados hasta me gasto en la milonga la plata del colectivo y no me importa. Algunos sábados un sonido de trompetas digamos celestiales traspasa los bandoneones y yo me elevo. Vuelo. Algunos sábados estoy en mis zapatos sin necesidad de elásticos, por puro derecho propio. Vale la pena. El resto de la semana transcurre banalmente y escucho los idiotas piropos callejeros, esas frases directas tan mezquinas si se las compara con la lateralidad del tango.

Entonces yo, en el aquí y ahora, casi pegada al mostrador para dominar la escena, me fijo un poco detenidamente en algún galán maduro y le sonrío. Son los que mejor bailan. A ver cuál se decide. El cabeceo me llega de aquel que está a la izquierda, un poco escondido detrás de la columna. Un tan delicado cabeceo que es como si estuviera apenas, levemente, poniéndole la oreja al propio hombro, escuchándolo. Me gusta. El hombre me gusta. Le sonrío con franqueza y solo entonces él se pone de pie y se acerca. No se puede pedir un exceso de arrojo. Ninguno aquí presente arriesgaría el rechazo cara a cara, ninguno está dispuesto a volver a su asiento despechado, bajo la mirada burlona de los otros. Éste sabe que me tiene y se me va arrimando, al tranco, y ya no me gusta tanto de cerca, con sus años y con esa displicencia.

La ética imperante no me permite hacerme la desentendida. Me pongo de pie, él me conduce a un ángulo de la pista un poco retirado y ahí ¡me habla! Y no como aquél, tiempo atrás, que solo habló para disculparse de no volver a dirigirme la palabra, porque yo acá vengo a bailar y no a dar charla, me dijo, y fue la última vez que abrió la boca. No. Este me hace un comentario general, es conmovedor. Me dice vio doña, cómo está la crisis, y yo digo que sí, que vi, la pucha que vi aunque no lo digo con estas palabras, me hago la fina, la Sonia: Sí señor, qué espanto, digo, pero él no me deja elaborar la idea porque ya me está agarrando fuerte para salir a bailar al siguiente compás. Este no me va a dejar ahogar, me consuelo, entregada, enmudecida.

Resulta un tango de la pura concentración, del entendimiento cósmico. Puedo hacer los ganchos como le vi hacer a la del vestido de crochet, la gordita que disfruta tanto, la que revolea tan bien sus bien torneadas pantorrillas que una olvida todo el resto de su opulenta anatomía. Bailo pensando en la gorda, en su vestido de crochet verde color esperanza, dicen, en su satisfacción al bailar, réplica o quizá reflejo de la satisfacción que habrá sentido al tejer; un vestido vasto para su vasto cuerpo y la felicidad de soñar con el momento en que ha de lucirlo, bailando. Yo no tejo, ni bailo tan bien como la gorda, aunque en este momento sí porque se dio el milagro.

Y cuando la pieza acaba y mi compañero me vuelve a comentar cómo está la crisis, yo lo escucho con unción, no contesto, le dejo espacio para añadir ¿Y vio el precio al que se fue el telo? Yo soy viudo y vivo con mis dos hijos. Antes podía pagarle a una dama el restaurante, y llevarla después al hotel. Ahora solo puedo preguntarle a la dama si posee departamento, y en zona céntrica. Porque a mí para un pollito y una botella de vino me alcanza.

Me acuerdo de esos pies que volaron los míos, de esas filigranas. Pienso en la gorda tan feliz con su hombre feliz, hasta se me despierta una sincera vocación por el tejido.

Departamento no tengo explico pero tengo pieza en una pensión muy bien ubicada, limpia. Y tengo platos, cubiertos, y dos copas verdes de cristal, de esas bien altas.

¿Verdes? Son para vino blanco. Blanco, sí. Lo siento, pero yo al vino blanco no se lo toco.

Y sin hacer ni una vuelta más, nos separamos.


LUISA VALENZUELA

(Argentina, 1938)

martes, 15 de noviembre de 2011

ACTO DE ENTREGA DE PREMIOS DEL QUINTO CONCURSO LITERARIO PROVINCIAL PARA ALUMNOS ADULTOS (EEMPA) 2011

El viernes 11 de noviembre de 2011 a las 20.30 se llevó a cabo en la Escuela de Enseñanza Media Para Adultos Nº 1007 "Libertad" de la ciudad de Rafaela el acto de entrega de premios a los ganadores del Quinto Concurso Literario Provincial Para Alumnos Adultos (EEMPA) de la provincia de Santa Fe.
Participaron ciento once trabajos, entre cuentos breves y poesías, de alumnos pertenecientes a treinta y una escuelas para adultos de la provincia. La responsabilidad para elegir a los ganadores fue del jurado compuesto por la profesora CLEMIR BAINOTTI y los profesores RODRIGO GRANERO y ADRIÁN BENELLI.
A continuación les mostramos algunas fotografías del acto:

Los ganadores del certamen.

FABIO TRONCOSO,
de la EEMPA Nº 1251 "Emilio Cayetano Atorresi" de Carcarañá,
fue el ganador del 1er. premio en el Género Cuento Breve
y obtuvo además la 2ª mención en el género Poesía.

MARÍA ADELA SCHAMNE,
exalumna de la EEMPA Nº 1007 "Libertad" de Rafaela,
recibió el 1er. premio en el Género Poesía.

GLADYS NOEMÍ GEROSA,
alumna de la EEMPA Nº 1285 de Recreo,
se hizo merecedora de la 1ª mención en el Género Cuento Breve.

RICARDO DANIEL SIERRA,
de la EEMPA Nº 1249 "Ricardo José García" de Correa,
recibió la 1ª mención en el Género Poesía.

MARÍA JIMENA SCHNIDRIG, SILVINA PAULA CALVO y ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT, del Anexo Nuevo Torino de la EEMPA Nº 1278 de Humboldt,
recibieron la 2ª mención en el género Cuento Breve por su trabajo colectivo.

Manuel Maldonado en contrabajo, Germán Cardozo en percusión y voz y Sebastián Duarte en guitarra y voz (estos dos últimos alumnos de la EEMPA Nº 1007 "Libertad"), amenizaron el acto con muy buena música y mejor interpretación.

El escritor rafaelino Ángel Balzarino
contó al público presente su relación personal con la escritura.

El acto de premiación fue conducido
por los profesores María de los Milagros Pandolfi y Sergio Fassanelli.

martes, 8 de noviembre de 2011

RESULTADOS 5º CONCURSO LITERARIO PROVINCIAL PARA ALUMNOS ADULTOS (E.E.M.P.A.) 2011


Aquí están los ganadores del Quinto Concurso Literario para Alumnos Adultos de Poesía y Cuento breve, edición 2011.

El jurado estuvo integrado por los profesores Clemir Bainotti, Rodrigo Granero y Adrián Benelli, quienes seleccionaron (entre los ciento once trabajos recibidos de más de treinta escuelas de toda la provincia) los siguientes trabajos para ser premiados:

Género Cuento Breve: 1er. premio para la obra “Exilio hacia el seguir del viento”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá. 1ª Mención para la obra “El Negro Cucha”, seudónimo “Zingarella”, autora: GLADYS NOEMÍ GEROSA, de la E.E.M.P.A. Nº 1285 de Recreo. 2ª Mención para la obra “La confesión”, seudónimo “Abeja”, autores: SILVINA PAULA CALVO, ALEXIS NICOLÁS BERTHOLT y MARÍA GIMENA SCHNIDRIG, del Anexo Nuevo Torino de la E.E.M.P.A. Nº 1278 de Humboldt.

Género poesía: 1er. premio para la obra “Montañas y frío”, seudónimo “Luna”, autora: MARÍA ADELA SCHAMNE, exalumna de la E.E.M.P.A. Nº 1007 “Libertad” de Rafaela. 1ª Mención para la obra “Tristeza”, seudónimo “Doble R”, autor: RICARDO DANIEL SIERRA, de la E.E.M.P.A. Nº 1249 “Ricardo José García” de Correa. 2ª Mención para la obra “Un bisturí sobre la carta”, seudónimo “Benja”, autor: FABIO TRONCOSO, de la E.E.M.P.A. Nº 1251 “Emilio Cayetano Atorresi” de Carcarañá.

El acto de entrega de premios se realizará el próximo viernes 11 de noviembre de 2011 a las 20.30 en el establecimiento de la escuela organizadora, sito en calle Córdoba 306 (esquina Las Heras) de la ciudad de Rafaela.