Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

viernes, 30 de marzo de 2012

BÉCQUER, GUSTAVO ADOLFO: RIMA LXI


Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?


Cuando la trémula mano

tienda, próximo a expirar,

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?


Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?


Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?


Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?


¿Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

quién se acordará?

Gustavo Adolfo Bécquer

(España, 1836/1870)

martes, 27 de marzo de 2012

KUROSAWA, AKIRA. LOS SUEÑOS


Creo que los sueños son sucesos creados en el cerebro desinhibido de un individuo mientras duerme, y que son provenientes de un intenso deseo que permanece oculto en lo profundo de su corazón al estar despierto. Un evento en un sueño es un fenómeno extraño que posiblemente no pueda ocurrir en la realidad...

Y aun así posee sentimientos sensoriales como si fuera una experiencia real.

Esto sucede porque el sueño es el fruto del más puro e íntimo deseo humano.

En mi opinión, el sueño es el máximo medio de expresión posible de esos deseos más íntimos. El individuo es un genio mientras duerme... Audaz y sin temores, como un genio.

Este fue el punto principal que tuve que tener en cuenta al hacer este filme sobre ocho sueños descriptos en mi guión. Expresiones audaces e intrépidas fueron esenciales para la realización de este filme.

(Japón, 1910/1998)

lunes, 19 de marzo de 2012

PRÉVERT, Jaques: Desayuno



Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo
.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso

el impermeable
porque llovía.
Se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir
palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.


(Francia, 1900/1977)

sábado, 17 de marzo de 2012

POLDY BIRD: El saquito roto


Se llamaba María Isabel, pero le decían Nacha, no sabía por qué, y tampoco le importaba. Como
tampoco le importaba que los chicos del caserío le gritaran "Nacha-cucaracha" o el almacenero le pidiera la plata antes de darle la botella de vino.
Lo único que verdaderamente le importaba era salir de la casilla de madera y chapa, tan oscura, tan húmeda, con esa sola ventanita demasiado alta que le impedía mirar hacia afuera. Salir de la casilla y buscar piedras redondas y flores amarillas en el yuyal junto a las vías del ferrocarril.
Allí estaba enterrado Panchito, el caracol: "¡Sacá esa inmundicia de aquí!" le había gritado la abuela cuando ella lo puso sobre la mesa, y su padre de un manotazo lo dejó triturado, tan lindo que era con sus cuernitos mojados y su casa lisa, como de cáscara de huevo.
Casi todos los días Nacha ponía las flores silvestres sobre la diminuta tumba marcada con una madera.
Después se iba a mirar cómo trabajaban los hombres que construían el puente que uniría su ciudad con otra ciudad, para eliminar la barrera. Los hombres tenían cascos amarillos y brazos musculosos, almorzaban asado, y muchos mediodías le daban un pedazo de carne sobre un trozo de pan.
-Tomá, para que te terminen de crecer los dientes y no parezcas una vieja desdentada- bromeaban. Y Nacha se reía, se reía, encogiendo sus hombritos flacos.
Como garuaba, se puso el saquito roto, no fuera a ser que se le arruinara el pulóver que le había dejado la visitadora social. Siempre le había quedado grande y, aunque hacía tiempo que lo tenía, todavía le llegaba hasta el borde de la pollera. Un chalequito gris con agujeros en los codos y manchas que no salían a pesar de los fregados.
Se limpió los mocos con una manga y salió, escabulléndose de la abuela, que mateaba mientras sus ojos, distraídos, perseguían un sueño o quizá nada.
En los charcos formados durante la noche se mojó las zapatillas. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo, el mismo escalofrío que la sacudía cuando regresaba de su vagabundeo y estaba su madre esperándola con los brazos en jarras y los ojos furiosos.
-¡Mocosa callejera! ¡En vez de quedarse para ayudar a la abuela! ¡Y mírese la pinta, roñosa! ¡Me mato trabajando para que sea gente y lo único que sabe es escaparse! En cinco casas lavé y planché hoy. Cinco casas... para que el vago de su padre se lo tome en tinto y la vaga de mi hija ande por ahí como un perro perdido. Yo, a los siete años, prendía el fuego, cocinaba, bombeaba el agua, cuidaba a mis hermanos más chicos.
Y ahí nomás le llovían los golpes en las mejillas, en la cabeza, en el traste.
-Hasta que me canse y me mande a mudar. Porquerías todos.
La abuela se la sacaba de las manos "¡Basta, basta, te ensañas con la chica!"
-Es que estoy cansada..., tan cansada... Esta vaga..., igualita que el padre.
-Tené paciencia, la Nacha no es mala... Hace cosas de chicos... El Juan no tiene suerte, ya va a encontrar algún trabajo en firme... Yo te entiendo, claro que te entiendo... Si no tuviera las piernas enfermas te ayudaría, pero qué se le va a hacer.
Nacha se paró junto a las vías. Los trenes pasaban despacito por la cuestión del puente. A veces se quedaban parados un rato allí y ella miraba las caras de la gente a través de los vidrios de las ventanillas. Casi nadie reparaba en su presencia.
Pero esa mañana sí, una señorita muy linda se asomó, le hizo señas y le tendió un billete.
-Tomá, para que te compres caramelos. Un hombre de corbata, un poco más atrás, le alcanzó unas monedas. Nacha se puso a caminar a lo largo del vagón y muchos otros le entregaron dinero.
Era la primera vez que le ocurría. Qué buena gente pensó.
Cuando el tren echó a andar y se perdió a lo lejos, Nacha reía, saltaba en dos pies, en un pie, daba vueltas como una marioneta.
Apretó las monedas y los billetes en sus manitas amoratadas por el frío y corrió hasta su casilla.
-Mirá, abuela, me lo dieron en el tren... Mirá... -seguía riendo, mojada, desdentada, mientras se quitaba las zapatillas y la abuela contaba el tesoro.
-Trescientos pesos, Nacha ¡Qué bien! Otras veces paró el tren y no dieron nada ...¿vos pediste?
-No, no pedí. Miré nomás.
-Vení para acá. Dejame ver..., dejame ver... Pero claro, si es ese saquito, el saquito roto. Desde mañana te lo vas a poner todos los días y te vas a quedar junto a la vía esperando que pare algún tren. Miralos bien a los de adentro, ¿sabés?, y si no sueltan nada, vos estirá la mano para que se den cueta. ¿Entendiste? Así tu madre se pone contenta y no dice más que somos una carga. Así tu madre... se pone contenta... y no te pega más... ni piensa en irse y dejarnos solos... ¿me entendiste?
Nacha no tiene tiempo de juntar flores amarillas para la tumba de Panchito. Tampoco tiene tiempo de hacer los deberes que le dan en la escuela -la visitadora social dijo que si no la mandaban a la escuela podrían ir presos-. Ni bien se quita el guardapolvo dudosamente blanco que le dio la cooperadora, la abuela le pone el saquito roto y la manda a las vías, a esperar los trenes que paran...
Hasta que anochece, Nacha se queda allí, estirando la mano, poniéndose en puntas de pie para golpear con sus nudillos los vidrios bajos de las ventanillas y avisarle a la gente que ahí está ella. Se aburre, se cansa mucho y le duelen las piernitas flacas. "Hay que aprovechar ahora, porque pronto van a terminar el puente y los trenes no se detendrán más", dijo su padre.
Nacha sueña de noche con trenes veloces que la persiguen, con trenes larguísimos que pasan junto a ella sin detenerse, y se despierta con la frente mojada de sudor.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que su madre ya no se pone contenta con lo que lleva, le parece poco, le grita igual que antes, le pega igual que antes y no quiere que se saque de encima ese saquito roto por cuyos agujeros le entra todo el frío del invierno y se le escapa toda la maravilla de la infancia.

Poldy Bird

(Argentina -Paraná-, 1941)

viernes, 9 de marzo de 2012

QUIROZ HERNÁNDEZ. Alfonso: La inquietante sonrisa de un niño

—Mi hijo no debe llorar.

Intentó detener aquella catarata, pero el líquido se abrió paso hasta llegar a los pies de Jack Seis Dedos. Dos zancadas le bastaron para cruzar el zigzagueo de orina y pararse frente a su hijo.

—Mis cigarros no los traes, mi dinero tampoco. Eres una calamidad.

Simón ya conocía el modus operandi de su padre. No debía llorar ni orinarse, pero a sus siete años era imposible no temer.

—Eres como tu madre, débil como una perra.

Jack Seis Dedos con una impresionante cachetada le limpió las lágrimas, incluso las que estaban por venir.

—Habla, ¡y deja de gemir!

Simón temblaba, corría evitando las pozas de agua, con firmeza sostenía tanto el dinero bajo el cinturón de vaquero, como los revólveres de plástico. Un juguete así le daba cierta seguridad en un barrio como ese, aunque solo fuera ilusoria. Si no era la pandilla, sería su padre quien desatara la frustración acumulada. Pero, aun así, con esa ira y su indiferencia, era su padre. El único nexo con la raíz, con ese símbolo de pertenencia. Lo admiraba, quería ser como él; seguro, frío, con el aura de hielo que solo se ve en los héroes del cinematógrafo.

No debía tardarse y para no cometer errores repetía una y otra vez la marca de cigarrillos. Pero al doblar la esquina se encontró con la tropa del barrio. El Gordo Harry le cerró el paso, Simón retrocedió, pero tres de ellos le quitaron el dinero.

Entre risas y burlas lo empujaron, lo botaron y escupieron, pero Simón se incorporó. Con cierto aire de dignidad pandillera llevó sus manos a las pistolas de plástico. Quiso desenfundar, pero aunque eran solo un juguete, no poseía la sangre fría de su padre. Huyó secándose las lágrimas después que el Gordo Harry lo golpeara. Un pequeño mensaje para su padre.

Jack Seis Dedos cogió la chaqueta de cuero, se calzó la manopla y antes de dar el portazo, dijo:

—Debiste defenderte, no mereces llamarte mi hijo. A lo mejor nunca lo fuiste, ella era una ramera.

Simón miró la foto de su madre, intentó traer algún recuerdo, pero su memoria no poseía otra imagen. Lloró un par de horas.

Buscó sus pistolas de plástico y luego de jugar tuvo una idea. Saldría en busca del Gordo Harry, le demostraría a su padre que era de la peor calaña. Aunque Harry le matara a golpes, lo enfrentaría y desenfundaría sus pistolas. Cogió su cinturón de juguete, lo abrochó y salió.

Fuera del bar, Simón se escondió hasta que vio llegar al Gordo Harry.

—Miren muchachos, el hijo del ahora Cuatro Dedos Jack.

Harry rió, extrajo del cinturón un pequeño bulto. Lo abrió y tiró en el callejón varios trozos de carne.

—Llévaselo a tu padre. Que conserve sus dedos, nadie se mete con el Gordo Harry.

Fue en ese instante que Simón se incorporó. Llevó sus manos al cinto de plástico y con aire a lo Clint Eastwood desenfundó sus pistolas similar a como lo mostraban en televisión.

El Gordo Harry rio al ver a ese muchacho esquelético, sin miramientos se burló mientras calzaba la manopla.

Simón disparó y el tiro dio en plena barriga, el proyectil despedazó la grasa y la camisa se tornó rojiza. La segunda bala penetró la rótula destruyendo algunos trozos de hueso. Incrédulo, Harry cayó de rodillas. La tercera, entró en el cráneo, le voló parte del parietal y los sesos cayeron al pavimento. Con el cuarto tiro mató a uno de su pandilla, la bala entró en el pecho haciendo estallar el corazón. Y con el quinto hirió de muerte a su guardaespaldas, el tiro expuso el globo ocular y la sangre quedó como una estela al momento de caer. El resto de la pandilla huyó.

Al otro día, la policía introdujo a Jack Seis Dedos en la patrulla, aún sangraba su mano. Simón jugaba en la puerta mientras, en el interior de la casa, un oficial sacaba las armas de Jack envueltas en un plástico. De seguro le darían veinte años por los tres asesinatos.

Simón cantaba, despreocupadamente extrajo de su bolsillo la foto de su madre y sonrió. Al doblar la patrulla por el callejón, lo último que Jack vio de su hijo fue una inquietante sonrisa seguida de una mirada de hielo similar a la suya.

Alfonso Quiroz Hernández

Ilustrador y cuentista chileno, a los 20 años comienza su vida profesional publicando una tira cómica en el Diario El Día de La Serena, ha trabajado como Director de Arte en agencias de publicidad y como ilustrador se ha desempeñado en el área educativa. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador independiente y mantiene su pasión literaria en diferentes grupos de internet.

lunes, 5 de marzo de 2012

CONCHA VALENCIA, MARCOS: El arte de leer y hacer el amor




No se rían. El arte de leer es como el arte de hacer el amor.

Ambos artes son estados de integración, de unidad, de interacción, de comunicación con otro ser, es decir, estos se

encuentran en comunión. Cuando leemos estamos en comunión con los personajes, cuando hacemos el amor lo estamos con quién amamos.

Podemos definir que todo proceso tiene etapas de preparación, desarrollo, y resultado o final, y es aquí donde deseo detenerme en este análisis y comparación de estos artes.

- La preparación:

Todos entendemos y sabemos que para hacer el amor con arte es deseable un preludio que se inicia con la mirada, la voz, los gestos de atracción e insinuación. Esto puede comenzar tan temprano como la elección de la vestimenta, para una cena previa a la luz de las velas, acompañada de música romántica y un buen vino para beberlo con moderación. Lo que realmente hace esta pareja es ahuyentar los problemas de la realidad, los ajetreos cotidianos y aislarse del mundo, para dedicarse en cuerpo y alma el uno al otro.

Sí, para leer con arte también necesitamos un preámbulo que se inicia buscando un lugar cómodo, iluminado, silencioso, apartándose de los ruidos, interrupciones y concentrarse para hacer caso omiso de lo que nos rodea. Para introducirse en el mundo que nos presenta el libro, debemos abandonar la realidad en que vivimos. Una buena práctica es leer o releer el título del libro. Si se inicia su lectura, pensar y meditar en lo que nos evoca el título, nos ayudará a entrar en ese mundo nuevo; si vamos a continuar la lectura iniciada a otra hora u otro día, rememorar los acontecimientos y visualizar los personajes y el lugar de la acción nos hará llegar rápidamente al inicio de leer con arte, estaremos como quien dice el uno para el otro en cuerpo y alma con el libro. ¿Y por qué no acariciarlo y percibir su olor? ¡Me he sorprendido haciéndolo!

Dijimos anteriormente que luego de la preparación, entramos en el desarrollo del proceso.

- El desarrollo:

Se inicia en el arte de amar con caricias que son sentimientos transmitidos a través de nuestros sentidos: el tacto, el olfato, el gusto, la vista, el oído. Sí, aspirar el perfume del ser amado y demostrar que se disfruta es una caricia; un beso también lo es; se acaricia con la vista y con un suspiro, en fin, todo este juego amoroso para demostrar el sentimiento del amor. Disfrutamos de este dar y recibir amor, en esta etapa. Quizás, este galanteo amoroso sea más placentero que el final.

Ustedes se preguntarán: ¿Cuál es la analogía con el Arte de leer? Bueno, durante la lectura con arte del cuento, novela, o poema, también utilizamos nuestros cinco sentidos para imaginarnos lo que nos transmite el narrador, y en sus palabras, frases, versos, párrafos y capítulos, nos entrega amor como alimento de nuestro espíritu. Los lectores le retribuimos leyendo la obra.

- El resultado

En ambos artes se refieren al disfrute que culmina el proceso. Tanto el arte de amar como el de leer, tienen un final, luego de pasar por un clímax de goce o disfrute. Podríamos decir que se produce la entrega total del sentimiento de amor. En ambos, después del clímax y final, se experimenta también una etapa de vuelta a la realidad, que en el caso del arte de amar se hace con preocupación por el otro y en el del arte de leer se considera y medita lo que nos comunicó el autor.

Ahora he tomado conciencia por qué a mi primer libro de cuentos lo titulé: “Orgasmo de colores, cuentos inolvidables”.

MARCOS CONCHA VALENCIA. En 2009 fue Presidente del Círculo de Escritores de V Región, Chile. El 2010 cursa y obtiene el diplomado "Literatura y vida" en la Universidad del Desarrollo de Santiago. Ha escrito dos libros de cuentos: 2004 "Orgasmos de colores. Cuentos inolvidables" (Este libro fue premiado como el mejor libro Regional de 2004 por el Circulo de Críticos de arte de Valparaíso), 2009 "Balada de un loco". Participa en varias antologías a nivel Región de Valparaíso. Colabora en el diario El Mercurio de Valparaíso, Chile.