Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 1 de octubre de 2013

SCHUJER, SILVIA: La única dama

 

En el departamento somos cinco: los cuatro muchachos y yo. Vivimos tranquilos desde hace unos años y aunque algunos vecinos opinen lo contrario, somos una hermosa familia.
Ellos -los cuatro- tienen nombres parecidos pero los sé distinguir: Alberto es el más alto, el que anda siempre descalzo y el que -al decir de los otros- come como un hipopótamo. Roberto es el melenudo. El que cambia de color el pelo todo el tiempo y cuando lo tiene amarillo parece un león.
Heriberto es el que grita. El de la voz fuerte pero las manos más suaves. El encargado de llamarme cuando me alejo.
Humberto es el de anteojos. El que cada dos por tres los pierde y entonces, como no ve nada, se lleva el mundo por delante: animales, objetos y damas.
Alberto, Roberto, Heriberto y Humberto nacieron todos en el mismo pueblo. Fueron compañeros de colegio y cuando llegó la hora de elegir una carrera universitaria, decidieron venir juntos a vivir a la ciudad.
A mí me gustan los cuatro. Cada uno con sus manías, con sus pelos, sus voces, sus pies y sus olores.
Les critico el orden; nunca encuentro una cama deshecha donde echarme a dormir.
Mi vida en familia es de lo más llevadera. De lunes a viernes desayunamos temprano. A esa hora estamos todos con cara de sueño y, aunque tomamos la leche en silencio, podemos sentir el calor de estar juntos. Después, cada cual a su juego: los muchachos se van yendo de a uno a la facultad (el que entra más temprano tiene el primer turno para bañarse) y yo me quedo sola con la casa a disposición. Con la casa y todos los pares de medias que han dejado desparramados. Entonces entro, salgo; siempre queda abierto el lavadero.
De tarde, cuando el movimiento de los ascensores se hace más intenso y los rayos del sol más leves, los muchachos empiezan a llegar. Alguno prende la tele, otro se instala en la cocina, alguno lleva un libro al baño y se olvida de salir; el menos cansado se ocupa de las compras…
Y todo transcurre más o menos así hasta que llega el fin de semana y el orden se altera por completo: se vuelve más difícil saber cuándo es de día o de noche, nadie sube una persiana, se duerme a destiempo, se come a cualquier hora y, a veces, hasta se llena de gente la casa.
Nada de esto me incomoda: ni el orden ni el desorden. Ni la rutina ni el fin de semana. Ni las camas bien hechas ni la comida sin sal. Lo que en verdad no soporto es el fútbol. Ese juego que ven por la tele. Empaña la armonía familiar. Y no porque no me guste lo que muestra la pantalla. En ese sentido me da igual cualquier cosa: mil hombres corriendo detrás de una pelota o un capítulo de los Simpson. Lo que no tolero del juego es cuando viene con preparativos. Cuando antes de que empiece la transmisión los cuatro muchachos llenan la casa con banderas y se ponen unas camisetas celestes y blancas, exactamente iguales a la que me ponen a mí. Y ¡ojo!, no es que no soporte que me pongan una camiseta. Digamos que no me encanta pero tampoco es lo peor. Lo que me saca de quicio, me eriza los pelos y me crispa las uñas es que en esas situaciones, durante noventa minutos, me obliguen a estar sentada con ellos. A estar sentada y a soportar que me tiren al aire y en el aire me agarren -una y otra vez- cada vez que festejan un gol.
Seguido no pasa. Pero pasa. Y si mi olfato no me engaña, hoy es uno de esos días en los que va a pasar. Ya los he visto esta mañana sacando unas banderitas y comprando unas prepizzas para meter esta noche en el horno. Ya los he visto con el queso y las bebidas. Y aunque tenga que renunciar a las aceitunas que siempre ligo por demás en estos casos, mi decisión es irrevocable. Amo a esta familia que tengo como a nada en el mundo y no estoy dispuesta a perderla por un mísero partido de la selección. Me voy antes de que lleguen y me quedo en un tejado hasta mañana. Que me busquen. Que piensen. Que revoleen otro amuleto por el aire. Que aprendan a tratar a una dama. Miau.


(Argentina, 1956)

3 comentarios:

El Profesor dijo...

Buenísima historia!
Gracias por compartirla.

Anónimo dijo...

buenisimo

Anónimo dijo...

BUENISIMOO