Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido.
Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 26 de marzo de 2013

FASOLÍS, ROSITA: Como la nieve



—¡Es lluvia...! —dijeron unos.
—¡Es nieve…! —dijeron otros.
—¡Es dulce…! —dijeron los niños que, como todos los niños del mundo, eran muy curiosos y se la habían llevado a la boca. 

—¡Tiene gusto a frutilla! —dijeron unos.
—¡Tiene sabor a ananá! —dijeron otros.
—¡Es como chocolate blanco! —dijeron los niños que, como todos los niños del mundo, nunca se equivocan. 

La verdad es que era nieve, nieve que caía en copos tenues, blanda, plena de mansedumbre. Nieve con sabor a helado de frutas, y a chocolate blanco.
Esa tarde de verano, pesada y caliente, el sol se había ocultado temprano detrás de un espeso colchón de nubes bajas.

—¡Tormenta de tierra! —habían dicho unos.
—¡Lluvia segura! —habían dicho otros.
—¡Haremos barquitos de papel! —dijeron los niños, que como todos los niños del mundo, solo pensaban en jugar. 

Pero no había sido tormenta de tierra, ni lluvia de verano, ni los niños habían podido hacer navegar sus barquitos de papel. El pueblito serrano, escondido en el valle, se vio cubierto, en la plácida media tarde de enero, por inesperados copos de nieve. Nieve, nieve espesa, nieve blanca, nieve pura… pero con sabor a frutas. Y a helado de chocolate blanco. Y que, además, no se derretía por el calor; por lo contrario, un agradable aire fresco se movía entre los copos, con reminiscencia de invierno.

El telegrafista de la oficina de correos quiso telegrafiar a todo el mundo el milagro que estaba sucediendo. Pero no pudo: algo andaba mal. Tampoco pudo utilizar otros medios: algo estaba fallando. “Debe ser por la nieve”,  pensaron. Y salieron a la puerta: no querían perder el espectáculo. La calle ya estaba tapizada por diez centímetros de blancura.
Hacia el ocaso, el pueblo era una fiesta. Chicos y grandes hicieron muñecos de nieve, jugaron con pelotas de nieve, comieron helados de nieve.

—¡Milagro! —decían unos.
—¡Ciencia! —decían otros.
—¡Juguemos! —decían los niños, con las bocas llenas de dulzura, como las bocas de todos los niños del mundo.
Al caer la tarde, el pueblo todo estaba blanco de blancura de nieve. 

—¿Y si esto sigue? —preguntaron unos.
—¿Cómo saldremos de aquí? —preguntaron otros. 
—¡Que siga, que siga! —exclamaron los niños que, como todos los niños del mundo, pensaban solo en la maravilla del presente. 

A la mañana siguiente, la nevada continuaba. Las sierras se desdibujaban en albas colinas distantes. El sol se manifestaba en una vaga claridad de límites azulados. Un frío seco y casi palpable se adhería a las cosas. Y ya era tarde… Era tarde para intentar salir del pueblo; era tarde para intentar salir de las casas. Por dos motivos: por los dos metros de nieve que ocultaron las calles y sellaron todas las puertas, y por una dulce somnolencia que se había filtrado en los cuerpos y en las mentes de todos los habitantes del pueblito serrano. En los animales, también…
      Tres semanas después llegaron los camiones. Enormes, con carrocerías blindadas. De ellos bajaron hombres que vestían trajes como los de los astronautas, aunque no lo eran. En sus cabezas portaban escafandras; espesos guantes cubrían sus manos, que empuñaban extraños aparatos. En la espalda cargaban tubos de limpio oxígeno. De los camiones bajaron, también, artefactos sofisticados, computadoras, cables, luces portátiles, pequeños transportadores, muchas cajas, muchas órdenes. 

En las laderas de las sierras, en los techos de las casas, en las calles, en los jardines, podía observarse un manto muy blanco, como de blanca ceniza. Las casa, adentro, estaban vacías. De tanto en tanto podía verse un exiguo montoncito de ceniza gris. 

—¡El Proyecto ha sido un éxito! —dijeron unos.
—¡Es el arma más rápida limpia, efectiva y eficaz! —dijeron otros.
—¡Es un día de gloria para nuestro Imperio! —exclamaron todos, al unísono.

Los niños, nada dijeron. Allí no había ningún niño que se pusiera a llorar.

A todos los niños del mundo que sufren la guerra.
In memorian a los niños que,
alguna vez,
rieron,  jugaron y lloraron
en Hiroshima
 y Nagasaki.

Del Libro de cuentos  “…Después”,
Primer Premio del Certamen Trienal de Narrativa “Alcides Greca”
de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, 1988
Editorial Banco Bica, 1991

Mi mayor alegría con este cuento (lloré al escribirlo) fue que muchas escuelas lo utilizaron como texto; incluso hasta lo representaron. Me enviaron cartas… aún me conmuevo: soy esencialmente docente. Amo verdaderamente a los niños, detesto la guerra y las naciones y las personas que la provocan y realizan (R.F.)


(Argentina)
 
Rosita Fasolís nació en Rosario (Argentina), lugar donde reside actualmente. Por su obra literaria ha recibido numerosos premios, tanto a nivel local, nacional e internacional.
Aunque se define como “una docente”, es en verdad una genial narradora con un estilo siempre fresco, incisivo y atrapante.

jueves, 21 de marzo de 2013

GALEANO, EDUARDO: El mundo



Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. 
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. 
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos. 
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Uruguay, 1940

miércoles, 6 de marzo de 2013

BASCH, ADELA: El reglamento es el reglamento


Personajes

 

Señora

Cajera

Supervisor

Gerente

 

Escena uno

 

La escena transcurre en un supermercado. La señora está en la caja, pagándole a la  cajera.

 

Cajera: Su vuelto, señora.

Señora: Gracias. Buenos tardes.

Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.) "Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".

Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.

Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.

Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.

Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?

Señora: Sí, la escucho. Pero lo siento mucho. No-le-pue-domos-trar-la-car-te-ra" (Pronuncia las últimas palabras con mucha fuerza.)

Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trarla-car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)

Señora: (Grita) ¡No me haga burla!

Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!

Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!

Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.

Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.

Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!

Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!

Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!

Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.

Cajera: ¿Cómo? ¿Está segura?

Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.

Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...

Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.

Cajera: ¿Y ahora qué hago?

Señora: Haga lo que quiera.

Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.

Señora: ¡Pero no tengo!

Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!

Señora: ¿Quiere una de menta?

Cajera: No, no me gusta la menta.

Señora: Lo lamento.

Cajera: ¿Qué lamenta?

Señora: Que no le guste la menta.

Cajera: (Toma un teléfono) ¡Por favor, por favor, que venga el supervisor!

 

Escena dos

 

Entra el supervisor.

 

Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?

Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...

Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.

Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?

Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.

Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?

Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!

Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!

Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.

Supervisor: ¿Y por qué es?

Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!

Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...

Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...

Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!

Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?

Señora: ¡Yo quiero ir a parar a mi casa! ¡Esto es una locura!

Supervisor: Usted es una cabeza dura. Si hubiera traído alguna cartera... no tendríamos este problema.

Señora: Señor, no traje cartera y no me voy a quedar aquí toda la vida. Así que pensemos en alguna solución.

Supervisor: A mí no se me ocurre. Las situaciones imprevistas me paralizan el cerebro.

Cajera: Y a mí me atacan los nervios. Señora, usted me está impidiendo cumplir con mi obligación de revisar las carteras, y eso me confunde, me irrita y me desespera. Se me nubla la mente...

Supervisor: Tengo una idea... ¡Llamemos al gerente!

Cajera: (Toma el teléfono) Por favor, es muy urgente. ¡Necesitamos al gerente!

 

Escena tres

 

Entra el gerente.

 

Gerente: ¿Qué sucede?

Supervisor: Tenemos un problema.

Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.

Gerente: Eso es imposible.

Cajera: Es incomprensible.

Supervisor: Es increíble.

Gerente: Además, es contrario al reglamento.

Cajera: Y el reglamento...

Supervisor: ...es el reglamento.

Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.

Señora: Lo siento, no traje cartera.

Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.

Señora: Pero señor...

Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.

Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?

Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!

Señora: ¿Pero qué cartera?

Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!

Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?

Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!

Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.

Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)

Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?

Cajera: ¡Como no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.

Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.

Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.

Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.

Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.

Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!

 

Telón

  

 ADELA BASCH

 Nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1946. Es escritora y editora egresada de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. El primer libro que escribió fue Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha, una obra de teatro estrenada en el año 1979. Posteriormente muchas otras de sus obras fueron llevadas al teatro, entre ellas: ¿Quién me quita lo talado?, El velero desvelado; Minutos a toda hora; Oiga, chamigo aguará; Colón agarra viaje a toda costa y José de San Martín, caballero de principio a fin. Fue directora de las colecciones de literatura infantil y juvenil de Coquena Grupo Editor. A lo largo de su trayectoria como escritora ha recibido numerosos premios y menciones, entre ellos: el premio Argentores por El velero desvelado (1982). Como escritora, coordinó numerosos talleres de escritura, promoción de la lectura y difusión de la literatura infantil, organizados por Universidades, Direcciones de Cultura, escuelas y bibliotecas de la ciudad de Buenos Aires y de las principales localidades de la Argentina, así como en España, Estados Unidos, Bolivia y Puerto Rico. Actualmente es directora y editora de Ediciones Abran Cancha.