Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

martes, 12 de mayo de 2015

SACHERI, Eduardo: En paz descansa


Mi barrio nació una mañana de sábado, en la primavera de 1978, y vivió cuatro o cinco años a lo sumo. Aclaro que cuando hablo del nacimiento de mi barrio no me refiero a la fecha en que se construyeron las casas ni a aquella en la que se habitaron. Mi definición de barrio es más subjetiva y más estrecha. 
Mi barrio nació cuando los que fueron mis amigos y yo lo poblamos, lo recorrimos, lo conquistamos. Y duró hasta que nos fuimos. Por supuesto que las casas quedaron. Pero sin nosotros se convirtió necesariamente en otra cosa. No fue, seguramente, el primer barrio que se adueñó de esas casas. Tal vez sí haya sido el último.
Acerca de su año de nacimiento no albergo la menor duda: 1978 fue uno de los peores años que me ha tocado vivir. Ese invierno asistí a mi primer velorio, y todavía hoy me angustia el olor marchito y abombado que dan muchas flores cuando yacen juntas. Lloré el primer día y después me quedé seco. Entonces empezó mi rabia. Una rabia silenciosa, una rabia de piedra. Una rabia contra todos, empezando por Dios. ¿No acababa yo de tomar la comunión el octubre anterior? ¿No se suponía que Dios cuidaba a la gente buena? ¿No era cierto eso de que uno podía pedirle a Dios las cosas que necesitaba, y si uno era un buen chico, era muy probable que Dios se las diera? Bueno, parecía ser que no, carajo. Dios se había hecho el tonto, o el distraído. O tal vez el asunto era peor: Dios me odiaba.
Después de Dios estaba la gente. Puta madre con la gente. ¿Por qué a todos se les daba por mirarme con expresión de lástima? ¿Acaso era un bicho, yo? ¿A cuenta de qué a todos se les daba por merodear la casa? ¿Para qué ponían cara de circunstancia, cara de “pobrecitos, qué familia destruida”? ¿De dónde salían tantos familiares con los que nos veíamos de Pascua en Ramos?
Y por último estaban los pibes. Los del colegio, los de la patria, los del mundo entero. Los odiaba a muerte. A favor de ellos tengo que decir que no hacían nada. No me habían abandonado, como Dios, ni me miraban con cara de lástima, como la gente grande. Pero les tenía una envidia que me hacía hervir los glóbulos rojos. ¿Por qué mierda me había pasado justo a mí, habiendo tantos pibes por todos lados? ¿Por qué no les había pasado a ellos? ¿Qué mierda había hecho yo mal para merecerme semejante castigo? ¿A ver ¿Por qué justo a mí?
No eran preguntas de fácil respuesta. Por añadidura, yo no estaba dispuesto a formularlas en voz alta. Me las hacía para adentro, mientras los veía pasar ante mis ojos, hundido en una cueva de silencio.
Los viernes a la noche, para peor, a mi casa venía un cura irlandés de la parroquia de Pompeya. Yo no tenía nada contra el pobre curita. Pero venía en nombre de Dios, y con él sí que tenía un asunto pendiente. De manera que mi mamá lo recibía en el living, y cuando estaban mis hermanos, ellos también charlaban con el sacerdote. Yo, en cambio, me quedaba jugando debajo de la mesa del comedor, bien lejos de todos. A veces eran soldaditos. A veces construcciones de Rasti. Pero casi siempre eran los jugadores de fútbol. Tenía cuatro equipos completos. Y unos arcos de madera pintada de dorado. Me los había hecho mi papá, y les había fabricado una red con gasa de consultorio. Hoy, casi treinta años después, si me concentro puedo sentir el olor profundo del esmalte sintético sobre la madera.
Los jugadores eran todos iguales. De plástico, con pelo oscuro y raya al costado. Tenían una sonrisa triste y eran medio cachetudos. Lástima que no permanecían de pie. Se caían permanentemente, pero a mí no me importaba. Me servían para reproducir los partidos. Y la ventaja era que en la cancha de alfombra, debajo de la mesa, no había sorpresas. Independiente ganaba siempre. Ningún imprevisto, ninguna noticia tremenda, ningún Dios injusto. Por eso cuando venía el cura yo ni asomaba el pelo. “Úbeda, Vilanova y Romano”: mientras escribo estas líneas, me vuelven esos apellidos con forma de mediocampo. No sé si lo recuerdo bien. Tampoco importa. Uno de esos viernes, en la tele estaban dando un partido de Independiente por la Copa Libertadores. Y en medio de mi silencio yo me hacía un lugar para preguntarme para qué mierda seguía existiendo Independiente si quien me había enseñado a amar al Rojo y a sus Copas no estaba ahí para darle sentido al jodido asunto.
Mi único amigo era Andrés. Tanto lo quería que estaba dispuesto a perdornarle que no le hubiese pasado a él lo que me había pasado a mí. Pero como ya íbamos a colegios distintos y a turnos distintos, durante la semana apenas lo veía. Los sábados sí. Los sábados a la mañana jugábamos a la pelota en su vereda o en la mía. Y de ahí me viene la certeza de que mi barrio nació un sábado de primavera, en la vereda de mi casa.
Esa primavera, ese sábado, esa mañana, pasaron dos pibes que vivían al lado. Iban con las manos vacías. Andrés picaba la pelota junto al portón. Cuando estuvieron a dos metros se detuvieron. En lugar de seguir hacia donde iban, pararon. Nuestros ojos se cruzaron y empezó a caminar de nuevo el tiempo. Jugamos un arco a arco, dos contra dos, bajo la sombra de los tilos.
Al día siguiente ya no pasaron: vinieron, que no es lo mismo. Ya no éramos dos y dos. Éramos cuatro. Después de Diego y Pablo les tocó a los hijos del oculista: cuatro varones que hicieron un aporte demográfico sustancial. Fuimos ocho.
Y cuando la vida camina, camina. Cuando mi hermana me contó que acababan de vender el kiosco de Mario, y que llegaba una familia con cinco hijos, y que el mayor se llamaba Gustavo y tenía once años, casi ni me sorprendió mi buena suerte. Para lo que no estaba en absoluto preparado era para que una de sus hermanas se llamase Carolina, tuviera nueve años, el pelo lacio y nos ojos castaños y profundos, pero esa es otra historia.
Cuando fuimos suficientes, fue el tiempo de bajar a la calle y poner los cuatro cascotes de los arcos. La cosa iba en serio. Se había acabado el peloteo infantil en la vereda. Faltaban cuatro o cinco chicos más, que cuando nos vieron dueños del asfalto vinieron a tomar su parte en el camino de la gloria. Cristian fue uno de ellos. “Los venezolanos”, Mariano y Javier, completaron el círculo. Eran argentinos, pero como habían vivido en Venezuela tenían un acento extraño que para nosotros, deseosos de darle algún toque excéntrico al grupo, los volvía extranjeros.
Por algunos años, la calle Guido Spano se convirtió en el núcleo de mi vida. Los fines de semana eran bocanadas de aire fresco en medio del hastío y la soledad de mi casa. Los veranos fueron el ombligo del tiempo.
Mis recuerdos del mundo en esos años están inevitablemente tejidos con esos días en el cordón de la vereda. Para mí, Galíndez no murió al costado de una ruta durante una carrera. Murió cuando uno de los Giúdice, estupefacto, salió a contarlo, y nosotros interrumpimos el partido. Quilmes no salió campeón con el gol de Gáspari en Rosario, sino cuando algunos chicos se pusieron a gastarlo a Andrés, por bostero, en un atardecer de sol apenas tibio. Mirtha Legrand entró en mi vida cuando invitó a un fulano que había inventado a unas extrañas criaturas que se desarrollaban en el agua, y nos hizo dilapidar varias tardes con la ñata pegada a una pecera, esperando que crecieran los sea-monkeys. La guerra sucia fueron cuatro imbéciles que se bajaron a amenazarlos desde un Falcon cuando nos vieron poniendo monedas en las vías del tren para achatarlas, y se mataron de la risa con nuestras caras de miedo. El Papa Juan Pablo I falleció debajo del jazmín de leche ce mi casa, en el círculo absorto que formamos para escuchar la pavorosa explicación de Andrés acerca de cómo se envenena a un Pontífice. Malvinas fue los discursos encendidos de Gracielita, revista Gente en mano, de que no había manera de que los ingleses nos ganaran la guerra.
En esos años no solo viví del fútbol. Mis amigos tenían hermanas y primas, y creo haber mencionado a una tal Carolina de ojos oscuros y abismales. En el primer baile que pergeñamos, su madre cometió el desatino de venir a buscarla antes de las diez. Durante el resto de la noche aprendí a extrañar a una mujer.
Si sigo escribiendo me hundiré sin remedio en la fácil tentación de hilvanar más y más recuerdos que solo conducen hacia mi pasado y me importa a mí solo. Para terminar estas líneas, entonces, corresponde que diga cuándo murió mi barrio. No tengo una fecha tan exacta como la de su alumbramiento, porque se fue extinguiendo de a poco. Si nació cuando llegaron los chicos, tenía que morir cuando se fueran.
Los primeros en partir fueron los venezolanos, que en pocos años se habían desprendido de su acento caribeño pero nunca lograron lo mismo con su gentilicio. Después se fue Gustavo. Se mudó a Belgrano, en la Capital. Volvimos a verlo una vez, cuando nos invitó a visitarlo. Pero fue triste comprobar que había cambiado tanto que ya no teníamos en común ni siquiera los recuerdos. Con él partió Carolina, la primera mujer que perdí para siempre. Diego y Pablo fueron los siguientes. Diez años después Diego me invitó a su casamiento. Al abrazarnos con su hermano Pablo, en los ojos le adiviné que, de haber tenido a mano una pelota número cinco, arrancaba de nuevo el arco a arco, en pleno atrio de la iglesia, como en aquel sábado del Génesis. Los que eran más grandes crecieron, y no hizo falta que se fueran para despedirlos para siempre.
Quedamos Andrés, Cristian y yo. Fuimos amigos por mucho tiempo. Buenos amigos. Aunque tres chicos no sean catorce o diecisiete, alcanzan para soltarse e explorar la adolescencia. Pero el barrio, el barrio, el barrio como conjunto, como horizonte, como mundo, para 1983 se había ido del todo. Tanto es así que de vez en cuando, en los amaneceres de naipes, a los tres sobrevivientes se nos daba por recordar nuestras viejas aventuras con los pibes. Y cuando uno recuerda es porque ya no tiene aquello que recuerda. No hay certificado de defunción más preciso que ese.
No fue tan dolorosa aquella pérdida porque mi barrio había servido para lo que tenía que servir. Esos chicos me habían obligado a poblar de gritos mis silencios, a abandonar la alfombra bajo la mesa, a identificar alborozado, cada mañana y cada tarde, el momento en que pasaban a buscarme por el repique de la bola en la vereda, a implorar cada atardecer que no la llamaran a Ella demasiado temprano a bañarse.
Cinco años después de que la muerte me dejara el alma hecha una estepa, yo podía comprobar sin sobresaltos que estaba vivo. Sentía en el alma, es cierto, y siento todavía, los costurones de ciertas cicatrices, pero a fin de cuentas, creo que no existe nadie que no las tenga.
Mi barrio me sirvió para todas esas cosas, y para otras que ni siquiera yo mismo entiendo lo suficiente como para ponerlas en palabras. Sé, al menos, que la rabia por fin me había abandonado. Y hasta creo que no exagero si digo que fue entonces, en los días últimos de mi barrio, cuando por fin terminé por perdonar a Dios.

(Bs. As., Argentina, 1967)

miércoles, 6 de mayo de 2015

DOLINA; Alejandro: El niño que fue a menos


La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
—¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
—Tissot.
—No sé, señorita.
—Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
—Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
—Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.
—Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
—No lo sé.
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
—¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso. Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

(Argentina, 1944)

viernes, 1 de mayo de 2015

MARTÍNEZ, Guillermo: Baile en el Marcone


Un sábado que caminaba por la calle Corrientes buscando a la mujer de mi vida, o alguna mujer, doblé por Pueyrredón para seguir a una morocha que taconeaba lindo, zarandeando todo. La encaré en Plaza Once y resultó que la morocha cobraba. Cuando me dijo las tres tarifas sumé en la cabeza lo que tenía en los bolsillos, aunque sabía que era inútil. Y con veinticinco, ¿para qué me alcanza?, le pregunté. Comprate un chocolatín, me aconsejó, y cruzó por Rivadavia moviendo el culo todavía más, como hacen las mujeres cuando saben que uno las mira.
Estaba por volverme, pero al atravesar la plaza me llamaron la atención unas luces de colores en lo alto de un edificio viejo, de dos o tres pisos. Un baile, pensé. Baile en Once: levante. Y crucé la avenida. Tardé un poco en darme cuenta de que debía entrar por donde decía Hotel Marcone. El salón de baile estaba en el último piso del hotel y aparentemente solo se podía llegar por un ascensor destartalado que venía bajando entre crujidos. El ascensorista indicó cuatro con la mano y entré con otros tres muchachos que tendrían mi edad más o menos y que venían juntos. Había uno que estaba peinado con raya al medio. Mientras subíamos, sacó un peine para emprolijársela frente al espejo.
-Dígame, jefe –le preguntó de pronto al ascensorista-, ¿no sabe si se puede entrar en pareja al hotel?
-Averigüe en la recepción –le contestó el ascensorista de mal modo.
-No, yo digo… -dijo el muchacho mirándonos a todos y como sonriéndose-. Así no hay que andar caminando para buscar telo.
Los dos que venían con él se rieron: la cosa prometía.
La entrada era damas gratis y caballeros nueve con cincuenta. Pagué con el único billete de diez que tenía y entré siguiendo a los muchachos. Apenas vi las mesitas y la orquesta pensé en volverme, decirle al tipo de la entrada, no sé, que me había equivocado de lugar.
Había visto sobre todo a las mujeres en las mesas. No es que fueran jovatas más o menos: eran viejas, directamente viejas, de pelos teñidos y caras como emplastos, con las tetas fruncidas desbordando por los escotes y la carne floja bajo los brazos. Llegué justo, pensé, diez minutos más y estaban todas muertas.
Pero me pareció tan curioso el lugar, y nueve con cincuenta no era tanto, así que dejé mi campera en el guardarropa y me arrimé a la pista entre las mesas para ver de cerca a la orquesta, que todavía se estaba preparando y sí, era lo que me había temido, había un bandoneón sobre un banco: una orquesta de tango.
El pianista estaba dando la afinación y un viejito raquítico, que apenas podía sostener el contrabajo, le respondía con el arco un poco tembleque. Entraron el violinista y el del bandoneón y también se subió a la tarima un tipo teñido, con micrófono, porque era con cantante el asunto.
Arremetió con ese tango que empieza:

Decí por Dios qué me has dao
que estoy tan cambiao
no sé más quién soy…

Una pareja apareció en la pista. El hombre tenía el pelo muy largo, una especie de melena que le llegaba casi a los hombros, parecía un Príncipe Valiente canoso y panzón, y la mujer, era rarísimo, tenía piernas de joven. Y no es que usara medias, era así nomás: casi pelada, con la cara arruinada de colorinches, el cuerpito de vieja, pero las piernas milagrosamente a salvo, bien firmes, con los tobillos perfectos.

Te vi pasar
tangueando altanera
con un compás
tan hondo y sensual…

Bailaban y uno se daba cuenta de que tenía que ser eso bailar el tango, nada de circo, ningún firulete, y sin embargo todos los estábamos mirando y ninguna otra pareja parecía animarse a salir.
Recién con el segundo tango se empezó a llenar la pista yo me fui a la barra porque había visto allí a los muchachos de la entrada.
-Che, ¿puro tango es esto? -le pregunté al de raya al medio.
-Treinta y treinta –me explicó-. Treinta minutos de tangos y después vienen “Los Internacionales”: cumbia y rock. Y boleros.
-¿Y pibas más jóvenes no hay?
-Sí hay –se encogió de hombros y tomó un trago-, del otro lado de la pista, o allá, contra la ventana. Hay de todo. Pero mejor las viejitas –me dijo con una sonrisa sabedora-, con las viejitas vas derecho al sobre.
Pasé como pude al otro lado, bordeando las mesitas y esquivando a las parejas en la pista. El de raya al medio algo de razón tenía, vi dos o tres como la gente, sobre todo una rubia que estaba sentada sola en una mesa, un poco pasada también la rubia, pero con cada cosa en su lugar. Fumaba con los ojos perdidos en la pista y cantaba los tangos bajito, como si conociera todas las letras.
Yo me quedé parado un poco lejos, pero ni bien terminaron los tangos y anunciaron a “Los Internacionales” me fui acercando porque veía movimientos sospechosos por todos lados, hasta los tres de la entrada estaban rondando la mesa aquella. Y tal cual, me ganó de mano el de raya al medio, tuve que sacarle el sombrero, porque no esperó a que empezara la música, se acercó un segundo antes a pedirle fuego y nos dejó a todos pagando.
Y ya se sabe lo que es errar el primer tiro en un baile: empecé a ver con desesperación cómo se llenaba la pista ahora sí todos salían a bailar.

Se busca una compañera
que sea gorda, que sea flaca
que sea linda, que sea fea,
eso no debe importar…

Las parejas se armaban en un santiamén ahí delante mío y en la pista ya no cabía nadie más. Miré alrededor: casi todas las mesas estaban vacías, solo había quedado la resaca. Empecé entonces a dar toda la vuelta al salón. “Los Internacionales” seguían con las cumbias dale que dale:

Saca la mano Antonio
que mamá está en la cocina
dame un beso Lupita
que tu papi no nos mira…

Los pisos temblaban con los saltos de la gente y el revoque de las mujeres comenzaba a ponerse brilloso. Se armaban trencitos y algunos cantaban a los gritos el estribillo:

Que si papá nos pesca
nos tendremos que casar…

De pronto, contra uno de los ventanales, mirando hacia afuera, vi a una chica bajita, poquita cosa. Estaba de espaldas, así que no podía verle la cara. Pero bueno, pensé, no podía ser peor que lo que había quedado sin despachar. La cuestión es que me acerqué, le toqué el hombro y con la voz solemne y una reverencia bien exagerada, le dije mi frasecita mágica: ¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? Cuando levanté la vista pensé: milagro porque aunque aquel rincón estaba bastante oscuro, me di cuenta de que la petisita era una preciosura y que además se estaba sonriendo.
-Cumbias no bailo –me dijo, y volvió a ponerse seria, como si se hubiera acordado de golpe de que en realidad ella estaba enojada.
Ahí fue que “Los Internacionales” me salvaron, porque empezaron con Mujer, si puedes tú con Dios hablar...
-¿Y boleros? -le pregunté. Casi por deporte se lo pregunté porque si no había agarrado viaje con las movidas... Pero es cierto que con las mujeres nunca se sabe. Lo pensó un segundo y empezó a caminar hacia la pista. Yo iba detrás, maravillado de mi buena suerte.
Tuvimos que dar un montón de vueltas para encontrar un lugar que le gustara. Aquí no, aquí tampoco, me iba diciendo, hasta que por fin se paró casi en el centro de la pista.
-Es que quiero estar cerca de mi amiga, me dijo, y me sonrió un poco, como para hacerse disculpar.
Cuando la vi así, sonriendo bajo las luces, carajo, pensé será posible, porque por más pintura que se hubiera puesto era una nena, me di cuenta de que no podía tener más de quince, y cuando me alargó los bracitos y la agarré por la cintura tuve la sensación de que si la apretaba un poco se me iba a quebrar. Las luces se fueron bajando y alrededor de nosotros algunas parejas empezaron a besarse.
Yo me sentía un poco estúpido bailando con esa pibita, pero bueno, la cosa estaba hecha, y era eso o la resaca, así que empecé a preguntarle lo de siempre, se llamaba Mariana, o Marina, no pude escuchar bien, y vivía en Caballito. Le pregunté entonces si era la primera vez que iba allí.
-La primera y la última –me contestó, y supuse que se habría equivocado, como yo, pero no.
-Vine para acompañar a una amiga –me dijo-. Es aquella de rojo. Yo me di vuelta, vi solamente una espalda apresada por unas manos enormes.
-Es más grande que yo, y bueno, quería venir acá... Pero nunca más –dijo como ofendida-. Mirá eso –y me señaló con los ojos a una vieja gordísima que bailaba con un muchacho de mi edad. El pibe trataba de besarla y la vieja, que tenía los ojitos casi cerrados, ni que sí ni que no, lo esquivaba moviendo la cabeza al compás de la música, y se sonreía pero con los labios siempre apretados, hasta que por fin se dejó un poco.
-Podría haber traído a mi abuela, que se quedó tejiéndome un pulóver –dije yo, pero ella no se rio, como si no me hubiese escuchado. Igual me caía simpática la petisita y tenía además una forma de acurrucarse en mi pecho que bueno, cuando se prendieron las luces y paró la música para que se acomodara otra vez la orquesta de tango, la invité a tomar una Coca.
Mientras íbamos a la barra la miré de nuevo: era linda de verdad con sus ojitos claros y el pelo largo y también lo suyo, todo en miniatura pero bien puestito.
-Ahí viene mi amiga –dijo, apenas nos sentamos. Giré para verla: treinta y pico le calculé, pero estaba buena, tenía sobre todo unas tetas bárbaras. Para tres Cocas, calculé también, no me alcanza.
-Cómo apretabas, eh –le dijo la petisita, y ella me sonrió a mí con esa sonrisa turra de las jovatas que se las quieren dar de pendejas. Aproveché para mirarle las tetas con toda franqueza.
-Ay, nena, si yo no aprieto es que hay tanta gente –y soltó una risita falsa-. ¿A que no sabés con quién estoy bailando? –dijo-. Con el campeón de rock. Mirá, ahí viene. ¿Te acordás que te dije que aquí los domingos hay concursos de rock Bueno, es el campeón. Pero también baila tango.
El campeón de rock tenía cara de camionero y los dos brazos tatuados. Le hizo una seña de lejos y ella nos sonrió, como disculpándose y volvió con él a la pista.
-Simpática tu amiga –dije-. Tiene lindos ojos.
La petisita se había quedado callada.
-Vos también tenés unos ojos hermosos –dije y me acerqué un poco-. ¿Son verdes o celestes?
-Me cambian con la luz –dijo y volvió a mirar la pista.

Te siento siempre aquí
estás clavada en mí
como un puñal en la carne…

El pianista se entusiasmaba encorvado sobre las teclas y parecía que al cantante se le iba a abrir el pecho. Habían entrado de nuevo a la pista el Príncipe Valiente y la mujer de las piernas jóvenes.
-Esos dos –me dijo la petisita de pronto-, parece que vienen aquí desde que eran novios. Desde que eran novios –repitió como si no pudiese creerlo-. Y me contó mi amiga que no faltan ni un solo sábado.
-Qué, ¿tu amiga también viene siempre? –le pregunté.
-No, siempre no –dijo ella y miró entre las parejas hasta encontrarla. El campeón de rock la hacía girar lentamente sobre su pierna.
-¿No es un asco el tango? –dijo de repente.
-¿Un asco? ¿En qué sentido?
-Es... resbaladizo –dijo ella y arrugó la nariz-. No sé, es un asco.
-¿Cuántos años tenés? –le pregunté.
-¿Yo? Diecisiete –me dijo.
-O sea, catorce.
Ella se puso colorada, se rio y me dijo que sí. Catorce, pensé, está perdido todo. Miré la hora, ya eran casi las dos. Tampoco tenía plata: había gastado lo que me quedaba en las Coca Colas.
-Sos callado, eh –me dijo ella-. Callado pero inteligente, se nota: tenés cara de inteligente. Yo también soy callada, pero bueno, alguno tiene que hablar, ¿no? Yo me reí porque la petisita esta cada vez me gustaba más, pero ella creyó, supongo, que me estaba burlando.
-¿Soy muy tonta? ¿Te parezco muy tonta?
Le dije que no y le acomodé el pelo detrás de la oreja: eso nunca falla, no es una caricia todavía pero ya es más que las palabras. Ella tomó un sorbito de su Coca y dejó que le agarrase la mano. Y ahí sí, le empecé a hablar de cualquier cosa, me inventé una teoría complicadísima sobre las casualidades y el destino y los encuentros y desencuentros, estaba como inspirado, el verso me salía de corrido. Entonces, cuando iba en lo mejor de la explicación, vi a una mujer que recién entraba, la vi de espalda, caminando al guardarropa y pensé: a ese culo yo lo conozco. Tal cual, era la morocha, la puta. Dejó el saco en el guardarropa y se vino derecho a la barra. Tanto la miraba yo que perdí el hilo de lo que decía, pero me di cuenta de que la petisita tampoco me escuchaba como antes, era como si estuviese pensando en otra cosa. Apenas acabó su Coca me pidió que la esperase, que tenía que decirle algo a su amiga, y fue a buscarla a la mesa donde estaba tomando cerveza con el campeón de rock. Cuando vi que las dos se iban juntas al baño me corrí un poco en la barra y me senté al lado de la morocha.
-Qué tal, tanto tiempo –le dije.
-Mi amor, qué linda sorpresa –me dijo ella con una gran sonrisa. Las putas son bárbaras.
-¿Qué andás haciendo por aquí? –le dije, tratando de mirar entre los botones de su blusa. No tenía corpiño.
-Qué curioso que sos –dijo y se tomó un sorbo de mi Coca-. Entro a las cinco a trabajar y como estaba muy cansada no quise volver a mi casa. Por si me quedaba dormida, ¿viste? Así que me vine acá, para hacer tiempo.
-¿Y en dónde trabajás? –le pregunté. Miré el reloj: eran las dos y media todavía quién te dice, pensé.
-Ay, mi vida, no tenés que hacer tantas preguntas –me dijo, pero abrió su cartera y me dio una tarjetita: RELAX – COMPAÑÍA, decía, BAJOS ARANCELES, y una dirección por ahí nomás, en Pueyrredón. De pronto sentí una mano sobre mi pierna.
-¿No me vas a invitar una copa? –me dijo-. Tengo la boca reseca. Tengo sed –y se pasó lentamente la lengua por los labios.
-Después –le dije, porque me acordé de que ya no tenía plata además, había visto a la petisita, que había salido del baño y me estaba buscando. Dejé mi vaso en la barra. No sabía muy bien qué hacer-. Esperame un momento –le pedí.
En la tarima “Los Internacionales” estaban terminando de acomodar sus instrumentos.
Arrancaron directamente con los boleros y las luces se fueron apagando hasta que la pista quedó por completo a oscuras. Vi al pasar que el de la raya al medio le metía la lengua en la oreja a la rubia. Ahora sí, por donde se mirara, todos estaban franeleando.
-Vamos a bailar –le dije a la petisita, y ella de nuevo lo mismo, que bueno, pero que quería estar cerca de su amiga.
Su amiga, su amiga, pensaba yo mientras entrábamos a la pista, y cuando me puso los bracitos en el cuello pensé que la puta no me iba a esperar toda la noche.
La fui llevando hacia el centro lentamente, entre las parejas abrazadas que ya ni siquiera bailaban. Entonces los veo, veo sobre todo al campeón de rock, la mano del campeón de rock que baja por la espalda poco a poco.
-Ahí la tenés a tu amiga –digo. La petisita se me suelta súbitamente y nos quedamos los dos mirando la mano esa que se prende en el culo, el culo que se acomoda.
La petisita estaba inmóvil, era como si no pudiese dejar de mirar.
-No bailo más –dijo de pronto, y se fue casi corriendo de la pista.
Claro, cómo no me di cuenta antes, pensé yo, si tenían los mismos ojos, la boca igual pero bueno, quizá fuera mejor, después de todo: la morocha todavía estaba en la barra. Me apuré a volver.
-¿Me haría el honor, señorita, de concederme este baile? –le pregunté. Ella me miró sonriente y cuando le hice la reverencia se estiró la blusa y se puso de pie. Bailar con una puta, no cualquiera, pensé, otra vez contento.
Mientras la iba siguiendo a la pista vi por última vez a la petisita contra un ventanal, mirando hacia afuera. Estaba de perfil. Cuando crezca un poco más, pensé, va tener las tetas de la mamá.

(Bahía Blanca, 1962)

Se radicó en Buenos Aires en 1985, donde se doctoró en Ciencias Matemáticas. Posteriormente residió dos años en Oxford, Gran Bretaña, con una beca de postdoctorado del CONICET. En 1982 obtuvo el Primer Premio del Certamen Nacional de Cuentos Roberto Arlt con el libro ´´La jungla sin bestias´´.
En 1989 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos ´´Infierno Grande´´ (que acaba de publicar el New Yorker), adonde pertenece este cuento.
En 2003 apareció el libro de ensayos ´´Borges y la matemática´´ y obtuvo el Premio Planeta Argentina con ´´Crímenes imperceptibles´´, novela que fue traducida a 35 idiomas y ha sido llevada al cine por el director Álex de la Iglesia, con el título “The Oxford Murder” (2008), Los crímenes de Oxford y un casting que incluye a John Hurt y Elijah Wood.