Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

lunes, 21 de septiembre de 2015

SACHERI, Eduardo: La casa abandonada


La casa era tan vieja que la habían construido antes de trazar las calles, y antes de que Castelar se llamase Castelar. Decían que había sido el casco de una estancia o una quinta gigantesca. Lo cierto es que después, cuando lotearon todo, la casa quedó arrinconada contra la esquina de una manzana y no quedó lugar para la vereda. A duras penas, entre el cordón del asfalto y el seto de ligustro, se abría un sendero escuálido de medio metro de ancho. De todos modos, como cada cinco metros habían plantado un paraíso, no había manera de caminar por ahí sin hacerlo por la calle, como si la casa tomase, con cada transeúnte, una muda y digna venganza contra todos los horrores del progreso.
Sobre el porche se leía el año de construcción, en un bajorrelieve de yeso: “1912”. Siendo muy chico, cada vez que pasaba de ida o de vuelta, hacia el almacén o el despacho de pan, me detenía a mirar esos números grabados. Me parecía imposible que existiera algo tan viejo. Yo sabía que el mundo era un sitio mucho más antiguo. Pero lo sabía a través de los libros o de lo que decían las maestras. Esa casa era la cosa más vieja que yo había visto, o eso creía. En realidad, Abuelita Nelly había nacido en 1907 y era cinco años más vieja que esa casa. Pero como mi abuela no tenía la fecha escrita en ningún lado me resultaba improbable datarla tan lejos en el tiempo. Además, mi abuela sonreía a menudo, cocinaba riquísimo y cuando venía de visita desde Flores me traía chocolates, y todo eso le otorgaba un aire irrenunciable de juventud y lozanía.
La casa no. En ella vivían dos mujeres solas, madre e hija, pero nadie las veía nunca. La madre —decían— era una anciana que no salía jamás a la calle. La hija era maestra, pero nunca la vi. La casa parecía dormir. Por entre los ligustros se veían de vez en cuando los postigos en las enormes ventanas laterales, o la ropa tendida en una soga, al fondo del jardín.
En primavera de 1978, y mientras gastábamos la tarde con los chicos en la vereda de mi casa, vimos un inusual movimiento en la esquina. Gente que entraba y salía. Algunos hombres de traje, que fumaban junto al portón. En el barrio las noticias viajaban rápido. Era un velorio. Decían que el de la vieja, aunque alguno sostenía, en disidencia, que la que había muerto era la hija. Dijeron además que la velaban ahí, en la propia casa, en la sala principal que daba al frente, a ese porche que tenía el 1912 grabado en el dintel. Algunos fueron a cerciorarse. Volvieron asegurando que era cierto. Que habían puesto el ataúd en el living, nomás entrando. Me dijeron de ir, pero me hice el tonto, porque sabía demasiado bien de qué se trataba todo aquello.
Con los más rezagados nos acercamos nomás al atardecer, cuando se hizo la hora del entierro. Estacionaron como cinco Ford Fairlane, azul metalizado, sobre la calle Guido Spano. Volví a pensar que era una locura que usaran esos autos tan lindos para algo tan feo como llevar a alguien muerto al cementerio. El auto largo, el que se usa para transportar ataúdes, atravesó el portón hacia la casa, y estacionó sobre las baldosas amarillas y marrones de la explanada, justo delante de la puerta. Desde el ligustro vimos cómo algunos hombres cargaban el ataúd, una mujer lloraba, y todos salían en caravana mientras se escondía el sol.

Olvidamos la casa por un tiempo, hasta que nos llamó la atención lo altos que estaban los yuyos. Alguno reparó en que los postigos no habían vuelto a abrirse. Y cuando metimos la cabeza por entre el ligustro para espiar, vimos los techos altísimos, las ventanas idénticas y estrechas, pero nada más. Algunos decían que la casa estaba abandonada. Otros decían que la hija todavía vivía en la casa, pero no estaba casi nunca. Otros decían que era la vieja la que seguía con vida, y que aguardaba en la sala a oscuras, esperando al primer incauto que se atreviese a entrar, para matarlo del susto.
Unas semanas después ocurrió lo del perro. Lo vi por primera vez un mediodía, mientras volvía caminando de la escuela. Era un caniche negro, que yacía de costado justo en la esquina, entre los pastos, a un lado del portón. Casi no podía moverse, y tenía las fauces abiertas y cubiertas de espuma. Fue el único animal que vi morir de rabia. Claro que en mi casa no dije nada. Esperé la hora de la siesta y salí a buscar a los demás. Salvo los que iban al turno tarde, vinieron todos. Ninguno quería perderse al perro moribundo. Hicimos un círculo alrededor del animal, que apenas se movía. Su abdomen subía y bajaba, cada tanto, cuando respiraba. Esperábamos verlo morir, pero no había sadismo alguno en lo que hacíamos. No éramos responsables de aquello. Nosotros no lo habíamos contagiado. No le habíamos hecho daño. Era una fatalidad que nos excedía, y que nos despertaba una recóndita y tácita piedad. Pero el asunto era entre el perro y su propia muerte. Supongo que si nuestras madres hubieran sabido que pasábamos la tarde sentados en el suelo, formando una rueda sobre la vereda, alrededor de un perro negro que estaba muriéndose de rabia, nos habrían sacado de ahí entre aullidos de pánico. Pero no estaban. Recién nos levantamos y nos fuimos cuando estuvimos seguros de que el animal había dejado de respirar.
En los días que siguieron volvimos varias veces para ver, fascinados, la manera en que iba corrompiéndose el cadáver del caniche. Debe haber sido en invierno, porque pasaron varios días antes de que nos molestase de veras el olor. De todos modos, ninguno propuso dejar de ir, porque nos atrapaba ese espectáculo macabro y porque ninguno quería pasar por blando delante de los otros. Por fin los vecinos se percataron de lo sucedido, corrió la voz, y nuestras madres nos prohibieron acercarnos a esa esquina, y no nos quedó otra que mentirles que obedeceríamos. Como resultaron infructuosos los llamados que los vecinos colindantes hicieron al municipio para que retiraran los despojos, uno de ellos se armó de coraje, de un bidón de kerosene y de unos listones de madera, armó una pira y le prendió fuego. Después siguió arrojando desperdicios sobre las brasas hasta que no quedaron rastros del animal ni de su desgracia.
Lo del perro nos llevó a sumar uno más uno y concluir que la casa estaba abandonada. Nadie en su sano juicio hubiera podido aguantar el olor emponzoñado que se apropió durante todos esos días de la esquina. Los yuyos, que en el parque habían crecido hasta la altura de nuestras caderas, o las hojas de los árboles que se pudrían sobre la explanada, nos dieron la misma impresión.
No fueron los chicos de mi barra, sino otros más grandes, los primeros que se atrevieron a entrar. Forzaron la puerta de alambre que se abría en el ligustro, sobre el jardín del fondo, y se metieron adentro.  Esa tarde hablaron de habitaciones vacías y malolientes, y de una sala donde persistía el hálito de la muerta. Naturalmente, nos corrió un frío por la espalda. Y naturalmente, nos juramentamos entrar. Nadie confesó que tuviera nada miedo, pero nos aseguramos de elegir un mediodía soleado, y de caminar bien cerca unos de otros, para alejar a cualquier espectro que hubiese quedado vagando por las habitaciones vacías.
Pasamos el portón de alambre, medio vencido por los empellones de los pibes más grandes que nos habían precedido, y avanzamos por entre los yuyos humedeciéndonos las pantorrillas. Entramos a la casa por atrás, porque los grandes habían forzado esa entrada y no la principal, que se veía desde la calle. Un pasillo atravesaba la casa de punta a punta, y a los lados se abrían todas las habitaciones. Lo primero que me llamó la atención fueron los techos. Eran altísimos. De tanto en tanto, los oscurecían tupidas telarañas, o enormes manchones de humedad, que bajaban por las paredes hasta el suelo. Vimos la pileta de la cocina partida en dos. Y una bañera, a la que le faltaba una pata, escorada contra una de las paredes del baño. Aunque entonces no lo entendimos del todo, nos llamó la atención la edad de ese abandono. Había empezado mucho antes de que muriera una de las mujeres, y de que la otra se fuera de la casa. Como si el caserón hubiera muerto antes, mucho tiempo antes, y hubiera ido corrompiéndose como le había ocurrido al perro. Aquí y allá quedaban algunos muebles. Una cama desvencijada, una cómoda rota, una silla con el asiento desfondado. Cargaban con el desamparo y la soledad que quedan en los objetos que nadie ha querido llevar.
—Ahí los sillones con gente conversando. Ahí los tipos parados, que fumaban y hablaban en voz baja.
Nos quedamos lo suficiente como para que nadie pudiera acusarnos de miedosos, pero hicimos más rápido el trayecto de vuelta que el de ida, porque ahora teníamos la luz del sol llamándonos desde la puerta del fondo, y a nuestras espaldas se cernía esa sala oscura y húmeda en la que todavía se palpaban las ceremonias de la muerte.
Pero cuando ganamos el jardín enmalezado no nos fuimos. Rodeamos la casa hasta el frente, hundidos hasta la cintura en el yuyal y arriesgándonos a que alguien nos viese desde el portón de entrada. Esteban se plantó delante de una de las ventanas altas. Como todas las otras, tenía los postigos cerrados. Se agachó para recoger una baldosa floja, desprendida de su sitio por la presión de las raíces de los árboles. La sopesó en la mano derecha. La levantó y la arrojó contra los postigos. Saltaron algunos pedazos de madera podrida. Esteban levantó de nuevo la baldosa y volvió a tirarla, casi sobre el mismo sitio. Quedó un boquete un poco más grande que su mano. Forcejeó hasta que hizo saltar la traba y consiguió abrir los postigos, o lo que quedaba de ellos. Levantó la piedra por tercera vez. El ruido a vidrios rotos me erizó la piel. Alguno le dijo a Esteban que la cortara, que iban a retarnos. Pero lo hizo por cumplir, no porque de verdad quisiera detenerlo.
Enseguida Sergio empezó a imitarlo. Damián también. A los pocos minutos eran varios que se agachaban para aflojar baldosas. Las tablas de madera de los postigos saltaban de su sitio casi sin ruido. Soltaban un rumor apagado, como quien golpea un felpudo mojado, de tan podridas que estaban. Yo fui de los últimos, porque hacía poco que andaba callejeando con mis amigos, y todavía me costaba un arduo trabajo interior caer en la tentación, portarme mal y disfrutarlo.
Pero cuando me decidí, me entregué al festín de piedras con alma y vida. Encaré una de las ventanas que seguían intactas y me aboqué a su destrucción con la energía de un converso. Cuando logré abrir la persiana, rompí con primorosa aplicación los diez paños cuadrados de vidrio repartido. No sé en qué pensaban los demás, por detrás de sus gritos y risas. Yo no tenía tiempo. Ni de gritar ni de reír. Necesita destrozar todos los vidrios. Y detrás de los vidrios, todos los ataúdes, las coronas y las mortajas.
Salimos disparados como liebres cuando escuchamos los primeros gritos de la vecina, aunque los yuyos enormes nos dificultaban la marcha y, de vez en cuando, nos hacían caer. Mientras me encaramaba en el portón de alambre, que ya casi yacía en el piso a fuerza de empujones sucesivos, me di vuelta para ver otra vez la casa. Ya no le tenía miedo, y creo que los demás tampoco.
Ojalá a la muerte siempre se la pudiese hacer recular así. A pura fuerza de pedradas.

(Bs. As., Argentina, 1967)


de "Los dueños del mundo" (2012)





miércoles, 2 de septiembre de 2015

ZINA, Alejandra: Hermanas



A los once años, tu mejor amiga puede dejar de serlo de un día para otro. O peor aún, puede convertirse en tu primera enemiga.
Quizás con el tiempo se olvida cuándo fue exactamente que empezó a crecer la espina del rencor o cuál fue el incidente que desató la crisis. Lo que nunca se olvida es el desenlace.
La indiferencia que te deja sin aire, las palabras hirientes, el combate feroz. Es lo que perdura.
Y puede pasar que en un conflicto de la vida adulta aquellas imágenes de la infancia reaparezcan, como un fantasma del pasado, para mostrarte lo parecidas que son las cosas a veces.
A los once años, tu mejor amiga es la hermana que habrías elegido tener si tus padres te hubiesen consultado sobre el asunto antes de hacerlo a su modo en el cuarto de al lado.
Tu mejor amiga es la confidente perfecta, la maestra perfecta, la cómplice perfecta. Todo lo que Roxana Carrara fue para mí.
No recuerdo de dónde venía ni el porqué de su mudanza, pero llegó a mi escuela cuando ya estábamos en quinto grado. Quinto C turno tarde.
Llevaba el pelo por debajo de la cintura. Era el pelo más hermoso que había visto. Color castaño común, pero brilloso, ligero y lacio como la crin de un caballo. Además usaba flequillo, algo que yo envidiaba especialmente porque con mi remolino todos los intentos de flequillo fracasaban y terminaban siendo un mechón insulso a la izquierda de mi frente.
Cuando Roxana llegó, yo tenía diez años y mi vida escolar transcurría sin demasiado trastorno. Además, haber bajado unos kilos, crecido unos centímetros, abandonado los zapatos ortopédicos, los anteojos de aumento y la ortodoncia, facilitaba la integración. Con las mujeres me llevaba bien y con los varones, no siempre. Recuerdo, por ejemplo, las patadas que Pablo Duarte propinaba a las diminutas pantorrillas de Vanesa. Recuerdo también los patadones que ligué mientras le gritaba que por qué no se metía con uno de su tamaño (la diferencia era grosera: Pablo era enorme y Vanesa, mínima). Ese día llegué a mi casa con las piernas lastimadas, pero él no volvió a tocarla.
En esa época yo estaba muy impresionada con Meggie, la protagonista de El pájaro canta hasta morir. Por su amor infinito a Richard Chamberlain pero, sobre todo, por aquella combinación de sensualidad, altruismo y temperamento. Cuando Roxana llegó, Meggie pasó a la historia.
Al año siguiente pasaron muchas cosas.
Roxana cortó su tan codiciada melena equina. Se me ocurre ahora que para ella debió ser como una mutilación, tenía un pelo divino y la pérdida le habrá dolido aunque de a ratos le gustara verse distinta.
El cambio era evidente, se lo había rebajado hasta los hombros y eso le daba volumen y movimiento. Algo que a ella le faltaba y a mí me sobraba. Siempre tuve el pelo de Mafalda, grueso y embolsado. Tendríamos que haberlo canjeado y santo remedio. Ella contenta con su volumen y yo feliz con mi pelo planchita.
En séptimo, el pelo de Roxana se arruinaría por completo, mucho más corto y teñido con unos espantosos claritos amarillos. Su mamá era peluquera y para mí que empezó a desquitarse con la cabeza de la hija. Pero esa es otra historia.
También empezó a usar unos aros largos de mostacillas. Otra de las cosas que me hacían suspirar: los aros. Los deseaba tanto como me asustaba la condición para tenerlos. Sólo pensar en perforarme las orejas me daba náuseas y temblores. Si mi mamá se lo hubiese pedido a la enfermera que me asistió cuando nací, yo no habría tenido miedo ni registro del dolor. O sí, pero después lo habría olvidado. Lo mismo que con la religión, mamá consideró que los agujeritos en las orejas tenía que ser una elección que tomáramos mi hermana y yo de grandes. Como si hubiese tan pocas elecciones que tomar. Recién pude hacerlo a los veintisiete y, aun así, me bajó la presión cuando sentí la pistola perforadora atravesándome el lóbulo.
Nuevo corte, nuevos accesorios, nuevo vestuario. Debajo del guardapolvo blanco, tiro minifalda, Roxana calzaba unos jeans celestes que debía abrocharse acostada boca arriba sobre la cama y que marcaban sus primeras curvas. Curvas de adolescente, con las que ninguna de nosotras hubiese podido competir.
Roxana Carrara era más grande. Había repetido un par de grados y entró a quinto con doce años. Eso también me gustaba, aunque en las charlas casi no se notara la diferencia de edad. Bastante más tarde conocí su faceta de mujer experimentada. De hecho, fue ella la que me instruyó en el arte de besar. De camino a la escuela, me explicó con paciencia y detalle cómo abrir la boca, chocar mi lengua con la del otro, fruncir los labios y dejarme llevar. Recuerdo mi sensación de repulsión mientras la escuchaba, la certeza de un trance inevitable. ¿Quién iba a ser yo después de dar un beso de lengua? Seguro que ya no sería la misma. Pero si mi nuevo yo no me gustaba, cómo volvería al anterior.
Ese año de la metamorfosis externa de Roxana, entró a nuestro grado una chica nueva llamada Abril. Ambas tenían puntos en común. Ambas habían llegado a un grupo que se conocía desde hacía varios años, y ambas parecían más grandes que el resto de la clase. Aunque, a diferencia de Roxana, Abril tenía mi misma edad.
Abril se había criado en la Patagonia y pertenecía a una familia de músicos conocidos que, a su vez, eran amigos de músicos y artistas famosos. En su casa se respiraba la bohemia rockera de los 80. No había horarios para la televisión, no había padres a la vista, no había demasiadas negativas en general. Una vida notablemente distinta a la mía. Su casa quedaba del otro lado de la avenida Canning, a media cuadra de la plaza prohibida. Ningún padre cuidadoso hubiese dejado que su hijo se acercara a la plaza Costa Rica después de las seis de la tarde. Se decía que en la placita paraban barras de chicos más grandes y traficaban droga.
Hoy creo que se juntaban a fumar porro y nada más, pero todavía en el 85 todo lo que olía a clandestino causaba terror.
Mi amistad con Abril fue creciendo. Después se sumó Mariela y formamos el trío. Con ellas empezó mi adolescencia. Juntas coreamos Así es el calor de Los Abuelos de la Nada mientras mirábamos a Agustín jugar a la pelota y adaptábamos versos de la canción para referirnos a él. Juntas conocimos el nombre del aroma dulzón que traspasaba las rejas de la escuela. Juntas frecuentamos la plaza Costa Rica. Juntas nos probamos la ropa de la mamá de Abril, que a ella le quedaba pintada porque su cuerpo de once años era igual al de una mujer de treinta.
Con Roxana nos distanciamos sin pelea ni reproche.
Mientras yo andaba pegoteada a Abril y Mariela, ella se hizo amiga de dos chicas de séptimo. No tengo la menor idea de cómo se conectaron. Pudo haber sido en los ensayos del coro que todas compartíamos, o en el kiosco que estaba enfrente de la escuela. Lo importante es que empezaron a andar juntas.
Me cuesta creer que haya sido obra de la casualidad. Presiento que ella lo planeó todo de antemano, desde la primera charla.
Roxana no hizo nuevas amigas. Roxana reclutó dos sumotoris. Dos ballenas de Península Valdez. Una: alta, tez andina, cara de luna. La otra: petisa y de rasgos delicados. Las dos, igual de gordas. Cuando Roxana caminaba escoltada por ellas, parecía una feta de jamón en un sánguche de pebete.
Las hostilidades empezaron, si no recuerdo mal, con la persecución a la salida de la escuela. Nuestra casa estaba a seis cuadras y con mi hermana recorríamos un trayecto en forma de ele. A la ida, caminábamos tres cuadras por Julián Álvarez hasta El Salvador, doblábamos a la derecha y seguíamos otras tres cuadras hasta Medrano. A la vuelta, repetíamos el itinerario o doblábamos antes, en Lavalleja, para variar. Cuando las ballenas empezaron a seguirnos, no había forma de perderlas de vista. Aunque cambiáramos el recorrido, siempre nos encontraban. No sé cuántas veces imaginé a Roxana dándoles instrucciones a sus gordas, entrenándolas en el arte de la guerra, aunque lo más probable es que la idea haya surgido de ellas y que Roxana sólo se haya limitado a aprobarla con una de esas sonrisas que descubrían sus paletas de conejo. Cuando éramos mejores amigas admiraba sus dientes, y el hecho de que el labio superior le quedara levemente entreabierto me parecía sexy.
Decía que las ballenas empezaron a seguirnos. Caminaban detrás, a pocos metros de nosotras. Generalmente simulaban hablar entre ellas, lo hacían fuerte y aprovechaban para burlarse de algo que yo llevaba puesto o de mi forma de caminar o de cualquier otra cosa que las inspirara. Pero las persecuciones más violentas eran cuando se acercaban a rayarme con birome la espalda del guardapolvo o a pincharme con la punta de un paraguas.
–Seguí, Pau, no las mires, no las mires –le decía a mi hermana que era testigo mudo del acoso.
Cuando llegábamos a casa, yo corría hasta mi cuarto para borrar las marcas azules de la espalda y llorar a solas.
Ni Paula ni yo dijimos una palabra, así que sospecho que mis padres nunca se enteraron de lo que ellas hicieron ni de lo que yo hice después.
La ofensiva siguió en el salón de música, durante los ensayos del coro. Eso fue todavía más doloroso, porque ahí sí participaba Roxana, con risas y esa cara de “ya no me importás y además, sabés qué, pienso joderte hasta cansarme”. La cara monstruosa de quien te deja de querer.
No sé cuánto duró todo aquello, ¿una semana?, ¿tres?, ¿dos meses?, ¿seis? Suficiente como para provocar en mí el desgarro lento y, después, la convicción fría y marcial de la venganza.
Abril y Mariela se enteraron. Debe haber sido inmediatamente después del ataque sorpresa en el patio cubierto.
Fue en uno de los recreos. Yo estaba de espaldas y no la vi venir. La embestida fue rápida y sigilosa. Quizás Abril y Mariela, que sí la vieron acercarse, hicieron una mueca o un gesto con la mano que no llegué a captar. Recién me enteré de lo que pasaba cuando una fuerza descomunal me jaló de la cola del pelo y me hizo despegar los talones del mosaico. Jamás volví a sentir semejante ardor en el cuero cabelludo. Los ojos se me achinaron y no de risa, sino de cómo se me estiró la piel hacia las orejas. La ballena cara de luna me tenía literalmente en la palma de su mano mientras hacía alguna advertencia que no alcancé a oír.
Ese día, mirando mi imagen magullada en el espejo del baño, decidí hacer algo.
Pero sola no iba a poder, estaba claro.
Habían empezado los días pegajosos de octubre o noviembre y el kiosco quedó relegado por la heladería de Gascón y El Salvador. Allá íbamos todos después de la escuela.
Yo sería la carnada. Entraría a la heladería, me seguirían Abril y Mariela haciéndose las desentendidas, y detrás entrarían ellas. Suponía que no iban a perderse la oportunidad de molestarme en un lugar tan apretado como ese. Pediríamos nuestro helado, y apenas empezaran las chicanas...
Pasaron varios días, tal vez semanas. Todo en el medio es difuso. Noches con la mirada clavada en el techo, escalando las rayas de luz que se filtraban de la persiana, repasando cada detalle, ensayando las palabras justas, imaginando las respuestas. Iba a ser la primera pelea con alguien que no fuera mi hermana. En la planta alta, donde estaban los tres cuartos y el baño, había un distribuidor que usábamos de ring. Era bastante amplio. No tenía muebles, sólo una alfombra de vaca con manchas blancas y negras. Cuando nos dábamos cuenta de que las palabras ya no podían arreglar las cosas y de que, sí o sí, teníamos que ir al cuerpo a cuerpo, salíamos al distribuidor. Nos parábamos enfrentadas, flexionábamos levemente las rodillas, nos subíamos las mangas hasta los codos y empezábamos a medirnos. Cada una tenía su fuerte. Mi hermana mordía como un tiburón y me dejaba los brazos marcados de dientes. Yo, como en ese entonces era más alta que ella, podía inmovilizarla rodeándole el cuello o los hombros. Valía todo menos empujones. Las escaleras estaban cerca y un empujón podía terminar en esguince, fractura o algo peor.
Por más brava que fuera, la pelea tenía un límite. Y por más brava que fuera, tarde o temprano llegaba la reconciliación.
Con Roxana y las gordas no sería lo mismo.
De ellas, lo único que sabía era que me detestaban y que podían destrozarme sin piedad.
Empecé a rezar.
Mi rezo no era católico ni judío, mi rezo era mi último recurso. Jamás había presenciado una misa, jamás había asistido a catequesis, jamás había ido a
confesarme, y mis lecturas religiosas consistían en un libro de tapa dura, ilustrado para chicos, que relataba algunas historias del Antiguo Testamento.
Yo copiaba lo que había visto en las películas y las series de televisión. Me arrodillaba en el piso, apoyaba los codos sobre la cama, entrelazaba las manos debajo del mentón y elevaba la vista al techo. Le contaba a Dios mis problemas, le pedía que me ayudara a resolverlos y le prometía ciertas cosas a cambio. Si a la idiota de Laura Ingalls le cumplía, por qué a mí no.
La tarde de la emboscada salimos de la escuela a las cinco y cuarto, la hora de todos los días. Desabrochamos los botones del guardapolvo, nos arremangamos las calurosas mangas de grafa y empezamos a caminar. Le dije a mi hermana que me esperara afuera de la heladería. Paula me miró con sus ojos profundos y melancólicos, abrazó su mochila y se sentó en una silla de plástico debajo de la sombrilla Frigor.
Como habíamos calculado, las ballenas me vieron desde lejos y vinieron atraídas. Lo que no calculé es que Roxana estaría con ellas.
Entré sola y enseguida me alcanzaron Abril y Mariela. Nos acomodamos en escalera según la estatura, apoyamos los codos sobre el mostrador y alzamos la vista a la cartelera de gustos que colgaba de la pared.
El local era muy angosto y no entraban más de seis o siete personas a la vez. Cuando entraron ellas, ya no quedó lugar para nadie más. Sentimos el murmullo de sus voces en la espalda, como la fritura de un teléfono descompuesto. Luego sobrevino ese silencio último y crucial, cuando todavía no se sabe si la presa va a adivinar el mecanismo de la trampa.
El empleado nunca llegó a entregarnos los helados.
Usábamos la mochila colgada de un solo hombro y alguna de las gordas se colgó de la mía. Volvimos a sentir el murmullo en nuestras espaldas. Mi cuerpo se reclinó hacia atrás y rebotó nuevamente en el mostrador. Con los ojos humedecidos observé el listado de gustos, incliné el hombro y dejé que mi mochila se deslizara hacia el piso. Mis compañeras hicieron lo mismo.
Abril fue la primera en darse vuelta y, con su acento de concheta provinciana, pidió que dejaran de molestar. Pero más que un pedido fue una provocación. La ballena cara de luna contestó no sé qué guarangada que completó con una escupida en la solapa del guardapolvo. Abril la empujó con el filo de su cuerpo y ganó más por sorpresa que por fuerza. Cara de luna trastabilló y cayó encima del bebedero metálico, deformando el pico vertedor con su espalda. Su compañera retacona reaccionó y fue a zamarrear la cabeza de Mariela. Mariela también agarró los pelos de su contrincante, parecían dos monos despiojándose contra el mostrador.
El heladero se apretaba las mejillas con las manos y gemía un “chicas, chicas, por favor, acá dentro no, vayan afuera, vayan afuera...”.
Vi a cara de luna queriendo incorporarse y volver a la carga. Fui hacia ella con las palmas abiertas, apunté a sus tetas y la empujé nuevamente sobre el bebedero. Cuando giré, Roxana estaba trepada a la espalda de Abril que corcoveaba para quitársela de encima. Más se sacudía, más se aferraba la otra a su cuello de jirafa.
Un dolor intenso me retorció las tripas.
–¡Soltala!
Roxana dejó de moverse, alzó la cabeza y me miró. Nos miramos las dos. Por primera vez en muchos meses nos miramos de un modo distinto.
–Soltala… –repetí en una súplica.
Sin quitarme los ojos de encima, separó las manos del cuello y se deslizó por la espalda de Abril como por un tobogán. Cuando hizo pie, se bajó el guardapolvo, alisó su ropa y se acható con las manos el revoltijo de pelo. Un hilito de lágrimas le corrió por la mejilla izquierda.
Vino caminando hacia mí. Se paró a centímetros de mi cara y otro hilito de lágrimas le corrió por la mejilla contraria.
–Eras mi hermana –me dijo con voz estrangulada. Su boca quedó entreabierta como si le quedara algo más para decir. Pero eso fue todo.
Levantó sus carpetas desparramadas en el piso y se abrió paso en el tumulto de curiosos que tapaba la puerta. La siguieron sus gordas, tan despeinadas y machucadas como nosotras.
El heladero aprovechó para echarnos a la calle y cerrar con llave el negocio.
Abril, Mariela y yo salimos en fila a la vereda.
Paula seguía sentada en la silla de plástico, debajo de la sombrilla Frigor, con los brazos cruzados sobre la mochila.
Acaricié su hombro y me disculpé.
–Quiero ir a casa –dijo sin perdonarme.
–Sí, vamos.
Solas nos alejamos caminando por El Salvador.

(Argentina, 1973)