Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

sábado, 21 de noviembre de 2015

ACTIS, Beatriz: El vengador


El Viejo vivía en el Alto Verde, solo como un fantasma en el extremo más alejado y más deshabitado de la isla.
Algunos dicen que estaba solo porque la mujer y los hijos se habían ahogado cuando la inundación les llevó el rancho, y otros cuentan algo parecido que también tiene que ver con el castigo del agua: la familia cruzaba en un bote desde el Alto Verde hacia el puerto de Santa Fe cuando la correntada les volteó la pequeña embarcación y los remolinos del río se los tragaron para siempre.
El río a veces se pone bravo, feroz, sobre todo cuando la crecida lo hace arrastrarse con fuerza y con maña, y hasta los camalotes pasan y parece que van volando sobre el agua. Pueden verse desde la orilla y son unos manchones verdes que viajan velozmente en el medio del río y muchas veces llevan serpientes y alimañas, y hasta una vez —los curas franciscanos lo juran— se apareció un tigre que venía desde el norte, desde el monte chaqueño, parado sobre un camalote se acercó a la costa, el tigre saltó a tierra firme, llegó al convento de San Francisco y se escondió entre los altares.
La huella de su zarpazo está todavía marcada en una de las barandas de madera, cualquiera puede verla: la huella del tigre que llegó con la inundación hasta el puerto de Santa Fe viajando kilómetros y kilómetros por el río en medio del camalotal.
Por eso parece que el Viejo se había quedado solo, porque la mujer y a descendencia se le habían ahogado en el río poblado de camalotes, y por eso parece que —debido a la tristeza— de a poco se había ido alejando de la gente, y si ya antes de la tragedia era un hombre solitario y de pocas palabras, después de la tragedia se volvió más hosco todavía y se dio a la bebida.
Hay quien comenta además que se volvió cruel en la caza —que al principio solo había practicado para sobrevivir— y después quedaría demostrado que esa crueldad sería pagada con su vida.

* * *

Cuando el Viejo volvía de cazar carpinchos o cuando muy de vez en cuando se llegaba hasta el pueblo para cambiar los cueros por yerba y por azúcar en el boliche, se oía resonar en medio de la brisa el galope de un caballo zaino.
Se escuchaba el trote del zaino entre las ramas y los yuyos altos de los senderitos salvajes de la isla, y al Viejo azotando con el látigo el camino y el caballo, como si estuviera castigando al paisaje, como si creyera que la naturaleza había tenido la culpa de su destino.
Una noche, cuando volvía del boliche acicateando al zaino con su fusta violenta —y el zaino era una ráfaga de furia en medio del monte, las crines brillando con la luna— el Viejo debe haberse mareado, debe haberse acordado con insoportable dolor de su familia muerta, debe haberse abandonado al olvido y al vértigo de la borrachera.
Cruzaron jinete y caballo con rapidez vengadora debajo de un grupo espeso de ceibos, timbóes y sauces llorones, y la rama baja de uno de los árboles, gruesa como un tronco, le arrancó la cabeza de un solo golpe.
La cabeza del Viejo quedó penando entre las raíces añosas del árbol, que se asomaban sobre la tierra, y la cabeza parecía una piedra al costado del camino, un nido de hornero derrumbado, un gran fruto maduro caído y perdido para siempre.
Algunos dicen que fue el castigo del Gran Carpincho Blanco que protege a su especie en las islas invadidas por los cazadores furtivos, y que vuelca su venganza sobre los que cazan en demasía o fuera de época o que lo hacen salvajemente y matan a las crías.
Pero el Gran Carpincho Blanco nunca podrá ser cazado, también dicen, y si alguien llega a herirlo, solo encontrará en el lugar un reguero de sangre, nunca su cuerpo, y a los cazadores que sigan el rastro de sangre lo harán perderse en los esteros más alejados. Los esteros de los que nunca se vuelve.
Cuando a la madrugada un vecino encontró al zaino andando sin rumbo por lugares cercanos a la costa, sudoroso todavía, las riendas colgando al costado del cuerpo, supuso lo peor y salió a buscarlo al Viejo. Encontró su cuerpo decapitado al lado del montecito tupido, pero la cabeza no estaba. ¿Se la habría llevado el Carpincho hacia el lado oscuro de los esteros? ¿Se la habrían devorado las hormigas coloradas, los rapaces o las aves nocturnas?
Lo enterraron al lado del rancho —que ahora es tapera—, le clavaron sobre la tierra removida del sepulcro una cruz construida con ramas de sauce, y se acordaron para siempre del misterio del jinete sin cabeza, contando su historia a los hijos, y estos a los suyos, y estos, también a sus hijos.
Se dice que durante largos días y despiadadas noches pudo verse al zaino deambulando perdido en los alrededores de la tumba, y que después de un tiempo —de algún modo misterioso y fugaz— su presencia se esfumó como si se lo hubiese llevado el viento o si se lo hubiera tragado la tierra.

* * *

A veces, en el Alto Verde se escucha en el medio de la noche un chasquido seco que no es pájaro ni corriente del río ni viento ni ruido de cristiano.
Se sabe entonces que es el Viejo que pasa galopando, que zumba con el caballo y que azota otra vez, eternamente, su cabeza contra la rama baja, y que la rama desgarra una vez más, y para siempre, la cabeza de arriba de sus hombros.
Se sabe que es el Viejo sobre el zaino, convertido en ánima en pena, que vuelve a buscar la cabeza que no tiene; que es el Viejo que no duerme tranquilo porque el Carpincho se ha vengado aun más allá de la muerte, robando su cabeza y llevándola al estero del que no se vuelve.
Se sabe en el Alto Verde, y se sabrá hasta el fin de los días, que es el Viejo que quiere encontrar la cabeza para descansar en la costa —el cuerpo completo, el alma sin heridas— cerca de las tumbas en sombra de su mujer y sus hijos que se ahogaron en el río.

(Argentina, 1961)

lunes, 16 de noviembre de 2015

FLORIANI, Juan A.: Hipermercado


Fue un error ir. Pero Laura insistió y no pude negarme. Estos nuevos negocios parecen estimular el espíritu práctico femenino. Quiero comparar los precios, me dijo. Aseguran que son muchos más baratos. Por fin, un sábado, saqué el automóvil y la llevé. Mientras duró la construcción del enorme edificio no pasé por el lugar.
Mezclados entre la concurrencia agolpada en los accesos ingresamos al vasto recinto, aséptico y luminoso. Laura comenzó a recorrer las góndolas, se acercó a los mostradores, revisando la mercadería, intercambiando opiniones con varias mujeres. Yo la seguía, sintiendo cómo mi corazón se estrechaba, dolorido y nostálgico. En una fracción del terreno que ocupa el hipermercado se irguió la casa construida de a poco por mi padre. Mientras avanzo, me detengo tras Laura, atiendo distraído sus observaciones, siento en mis huesos el impacto de los muros derribados, de los techos desplomándose de tristeza y vacío. Al fondo, donde ahora las verduras y las frutas pulcramente acomodadas estallan de colores, estaba el patio con el olivo y el limonero. Bajo su sombra ausente veo otra vez a papá, tranquilo y preciso, fabricando sus bloques ahuecados que luego irían buscando altura en las paredes airosas.
Veo, sobre todo, las manos nudosas, curtidas, sabias en su simplicidad, usando con delicadeza el molde, midiendo exactos los materiales.
Mi mujer me toma de un brazo.
—Atendeme, viejo —dice molesta—. ¿Qué te pasa? ¿Te gusta esta conserva?
—Perdoname —me apresuro a contestar—. Sí, por supuesto, comprala, es mi favorita.
De pronto, junto a una muchacha con pantalones ajustados que observa atentamente un escaparate lleno de cassettes musicales, descubro a mi madre. Viste un pantalón celeste y yergue con su gracia habitual la cabeza ennoblecida por los cabellos entrecanos. Me mira como ofreciéndome algo, dulce la expresión. Aparto la mirada.
Trastabillo.
—Pero vos estás mal —habla de nuevo Laura—. Andá al bar y tomate un café. Cuando termine te busco.
—Estoy bien —afirmé—. Aunque tenés razón. Tomaré un café.
Ella sigue. Yo recorro un largo pasillo flanqueado por innumerables botellas claras y oscuras reposando acostadas en sus nichos de madera. Dos niños gritones me embisten.
Apartándome, los veo seguir corriendo como una ráfaga de impetuosa inocencia. La señora bajita que los sigue, afanosa, pide disculpas:
—Perdone, señor. ¡Estos chicos!
—No es nada —amaino mi fastidio.
Bordeo el sector de los pescados. Surgiendo del hielo escamoso, los cuerpos chatos y penetrantes ofrecen la plenitud de su abundancia. Siguen los mariscos de extrañas formas. En ese lugar estuvo mi pieza. Allí se ordenaron los libros que abrieron mi juventud.
—La merluza está cara —señala un hombre calvo.
—Es de calidad superior —intenta explicar la vendedora.
El pelado hace un gesto y se va sin comprar. Yo siento entre mis palmas la tibieza de algún volumen querido.
Experimento cansancio. El tiempo se apoya sin piedad sobre mis hombros. Me detengo indeciso. Estoy lejos del bar. Una pareja va acomodando con prolijidad las latas en un carrito. Ejecutan la tarea mediante movimientos pausados y rítmicos. Reinicio mi deambular rodeado por narices inquietas, por pies tratando de orientarse en la diversidad.
Un amigo me enfrenta.
—¿Cómo te va, Barti? —truena su vozarrón—. ¿Vos también orando en el templo del consumo?
Sonrío sin ganas.
—Es difícil evitarlo, supongo.
Me invita a acompañarlo hasta un gran muro blanco. En él se exponen cuadros de un plástico local.
—Ya no tiene remedio: decadencia completa —sentencia, feroz—. Tendría que abandonar los pinceles. El arte, agradecido.
—No es para tanto —intento contemporizar—. Hay peores.
Deseo que se aleje lo más pronto posible. Parece advertir mi estado de ánimo y se despide, estrepitoso.
Los agentes de seguridad circulan pausados y atentos, aferrados a sus intercomunicadores. Atravieso el sector de los quesos, donde estos muestran su sabrosa espesura.
En el ángulo está el lugar de los cosméticos y perfumes. No quería llegar a él. Sin embargo, de alguna manera arribé. En ese espacio estuvo el dormitorio de mis padres. Una mañana lluviosa, sombra apenas, ahí murió mi papá entre mis brazos. Se quebró, casi sin advertirlo, el leve jadeo que, despacio, muy despacio, iba levantando el pecho hundido. Entonces lo recliné con cuidado, apoyé su cabeza en la almohada, le cerré los ojos, y después, solo de toda soledad, me aproximé a la ventana, apoyé la frente contra el vidrio frío de la ventana y lloré mi infancia entera.
Una joven de minifalda roja, fija la sonrisa en el rostro agraciado, me ofrece probar una esencia. La aparto con innecesaria brusquedad.
Indiferente ante su mirada atónita, huyo a los tropezones.
Enceguecido, ocupo desmañado una mesa en el bar. Permanezco un momento inmóvil, respirando anheloso. Después, ya más tranquilo, solicito un café y bebo con avidez el líquido caliente, fuerte y fragante.
Portando dos grandes bolsos llega mi esposa. Los deja en una silla, desplomándose en otra.
—¡Qué sofocones! —comenta con acento satisfecho—. Pero conseguí buenas ofertas.
—Mejor así.
Parlotea un momento.
—Bueno, bueno —digo—. ¿Te pido algo?
Duda.
—No —decide—. Mejor volvamos a casa.
Me observa mientras se levanta.
—Seguís pálido.
Llamo al mozo. Luego de pagar le ayudo a recoger las compras.
—Ya te dije que estoy bien. Vamos.
Nos dirigimos a una de las puertas.
—Es la comida —afirma—. Comés demasiado.
No respondo. Salimos al atardecer.
—Harás dieta —asegura Laura—. No sabés contenerte. Mirá la cara que tenés.
—Conforme. Preparame platos livianos.
Y buscamos el automóvil.


Juan A. Floriani nació en 1924 en Río Cuarto, Córdoba. Predominantemente poeta y cuentista, su obra es nutrida y abarca todos los géneros. Algunas de sus obras: Hojas de poesía; la novela Los esperanzados (1956); y libros de cuentos como Cuentos de sangre y aurora (1952), La invasión (196), El tiempo y la aventura (1974) y De fervores y ausencias (1980). También escribió obras de teatro y sus textos forman parte de innumerables antologías. El cuento Hipermercado fue tomado de Trapalanda. Narrativa del imperio del sur cordobés (Ediciones Desde la Gente, IMFC, Buenos Aires, 1998).


viernes, 13 de noviembre de 2015

CLÉRICI, LUCÍA: La Juana


El almuerzo, Pablo Picasso (1881-1973)


—Juana, planchame la solera rosada, dejámela sobre la cama, ¡ah! fijate si las sandalias blancas están limpias, preparame el baño y avisame cuando esté listo.
—¡Juana!, ¿dónde metiste los jeans que no los encuentro? Che, lavame esta camisa, la quiero para la tarde…
—Juana, tome la lista para las compras. Fíjese en la balanza, ¿eh?, que no le den fruta tan madura, y no tarde que la preciso.
Los niños, la señora y falta el señor todavía…
Juana lava, plancha, limpia, hace los mandados y casi siempre cocina… ¡Juana traeme, Juana llevá, Juana andá a comprar!
Por un momento Juana cierra los ojos y recuerda su pueblito cordobés. ¿Qué estará haciendo la abuela? Seguro sentada en su silla petisa tomando unos amargos y vigilando el chancho y las gallinitas…
—Che, ¿estás dormida?
Su recuerdo es sacudido bruscamente y vuelve a la realidad, ¡ah! ¡las compras, la solera de la niña!
A las 12.30 todo está listo y la mesa puesta. Tiene que ser así, el señor de la casa ha dispuesto esa disciplina.
Sobre el mantel a cuadros juguetea la fina mano de María Florencia con unas miguitas, Gonzalo mira a su padre como interesado en la conversación mientras sus pensamientos viajan y su mente organiza la tarde: el club, las chicas, la moto, la discoteca… La señora parece atraída por la conversación de su marido, pero en realidad repasa mentalmente las obligaciones para la tarde: peluquería, gimnasia en lo de Mariela, visita a la tía Rosaura que está enferma…
—…y con el poder de la mente se logra realizar todo, hasta lo que parece imposible. Con la concentración mental se han podido trasladar objetos y hasta personas. Comenta el libro el caso de una mujer que tanto deseaba ver a su hijo radicado lejos, que concentró su fuerza mental y, sin dejar el lugar que vivía, llegó a estar con el hijo unas horas. Podría ser un caso de desdoblamiento. Les aseguro que el libro es fascinante.
Los dulces y húmedos ojos de Juana se agrandan, queda paralizada, ni siquiera siente el calor de la fuente que lleva a la mesa…
—¿Y a vos qué te pasa?, ¿qué hacés allí parada?, traé la fuente.
Es la señora, claro, ella ni imagina que las palabras de su marido han tocado como un rayo a Juana. La pobre Juana no entiende bien lo que su patrón comenta, pero de pronto se ve en su pueblito cordobés corriendo, saltando entre las piedras del río, con una rama en la mano, mandando las gallinitas para el rancho.
Juana lava los platos del almuerzo cuando la niña entra a la cocina para hacerle un encargo.
—Niña, ¿qué es eso de la fuerza mental que decía el señor?
—¡No me vas a decir que a vos te interesan esas cosas!
—Es para saber, niña. Eso de la madre que fue a ver al hijo… ¿Se puede pensando mucho, irse así?
María Florencia entiende enseguida los deseos de Juana y en complicidad con su hermano Gonzalo, a modo de travesura, informan a Juana ampliamente, en forma novelesca, sobre los poderes de la mente.
Por fin concluye el día, los grandes y dulces ojos de Juana parecen más chicos por el cansancio, las manos más hinchadas por tanta tarea; pero su corazón brinca, una sonrisa entreabre sus carnosos labios. Cuidadosamente cierra la puerta de su piecita y coloca la silla junto a la ventana.
A una cuadra de la casa queda Avda. Belgrano por donde pasan las tan criticadas vías del ferrocarril que “cortan” la ciudad; a Juana no le importa ese detalle y ama aquellas vías y los trenes que pasan por ellas. Cada noche, tirada sobre la cama, cuando la pitada de algún tren anunciaba su paso, Juana se dejaba llevar por su imaginación a su querido pueblito y así, con la estruendosa música de las ruedas girando sobre el acero, quedaba dormida. Pero ahora no quiere dormirse. Sentada junto a la ventana espera el paso de un tren, aspira el aire fresco de la noche y piensa, piensa… en la abuela, en el rancho, en las gallinitas… Desea tenerlos a todo a su lado. Su imaginación cabalga junto a las ruedas.
7.30. Suena el despertador y la familia se apresta para un nuevo día. Luego del baño, el señor se dirige al comedor a desayunar.
¡Nada está preparado! Ni en la cocina Juana canturreando como todas las mañanas. Protestas del marido, ceño fruncido y gran fastidio de la señora. El día ha empezado mal. Molesta, va a despertar “a esa chinita que se ha quedado dormida”.
Al abrir la puerta de la piecita de Juana, asombro, horror, desconcierto, todo se mezcla. Allí, junto a la ventana, sentada en la silla, con una dulcísima sonrisa y dormida, está la Juana; a su lado, en la silla petisa, con el mate en las manos, dormitando, la abuela; a sus pies un gordo chancho de rojo pelaje entreabre los ojos y dibuja un gesto de fastidio por aquella intromisión; saltando y picoteando por doquier, gallinas y pollitos…
Un fresco perfume a peperina lo invade todo y se deja oír el susurro del agua de un arroyo saltando, corriendo sobre las piedras.

Lucía Clérici

Lucía Clerici nació en Rosario (Santa Fe) y estudió arte escénico y dibujo artístico en Mendoza. Utilizó de joven el seudónimo Mónica Mores y se hizo popular como locutora radial y de televisión. Como escritora fue distinguida por textos de los diversos géneros que ha explorado: poesías para canciones, cuentos breves y cuentos infantiles. El cuento “La Juana” fue tomado del libro “Las provincias y su literatura. Mendoza” (Ed. Colihue, Bs. As., 1991)