Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

domingo, 29 de mayo de 2016

QUIROGA, Horacio: Más Allá


Yo estaba desesperada -dijo la voz-. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
Yo le había dicho a mamá la semana antes:
-¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás:
-Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo -¿lo oyes bien?- preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
Esto dijo papá.
-Muy bien -le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo-: nunca más les volveré a hablar de él.
Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir.
¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba?, me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá.
-Muerta mil veces -decía él- antes que darla a ese hombre.
Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, sí, morir juntos.
Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio.
No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme... ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos.
Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante!
El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba.
-Perdóname -me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello-. Te amo tanto que te llevo conmigo.
-Y yo te amo -le respondí-, y muero contigo.
No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Qué golpes frenéticos resonaban en la puerta misma?
-Me han seguido y nos vienen a separar... -murmuré aún-. Pero yo soy toda tuya.
Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.

***

Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada.
¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho, y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba como él: muerta.
Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha... Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado.
Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamos todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso?
-¡Amada mía!... -me decía Luis-. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora!
-Y yo -le respondí- te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad?
-¡Oh, no!... Ya lo hemos probado.
-¿E irás todas las noches a visitarme?
Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá.
Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos.
Nuestros cadáveres... ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos?
¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes... no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío.
-¿Desde cuándo irás a visitarme? -le pregunté.
-Mañana -repuso él-. Dejemos pasar hoy.
-¿Por qué mañana? -pregunté angustiada-. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala!
-¡Y yo! ¿A las nueve, entonces?
-Sí. Hasta luego, amor mío...
Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.

***

A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita!
-¿Sabes que la sala está llena de gente? -le dije-. Pero no nos incomodarán.
-Claro que no... ¿Estás tú allí?
-Sí.
-¿Muy desfigurada?
-No mucho, ¿creerás? ¡Ven, vamos a ver!
Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina.
-Estás muy parecida -dijo él.
-¿Verdad? -le respondí yo, contenta. Y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos.
Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis.
-¡Mira! -le dije-. ¿Qué pasará?
En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban.
-Soy yo -dijo Luis con ligera sorpresa-. Vienen también mis hermanas.
-¡Mira, Luis! -observé yo-. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón... Como estábamos al morir.
-Como debíamos estar siempre -agregó él-. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas:
-Pobres chicas... -murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
Enterrándonos... ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel, puros de cuerpo y alma, viven siempre. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos, ya sin nombre, en que la vida se había roto de dolor. Y a pesar de todo, sin embargo, nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor.
-También ellos -dijo mi amado- estarán eternamente juntos.
-Pero yo estoy contigo -murmuré yo, alzando a él mis ojos, feliz.
Y nos olvidamos otra vez de todo.

***

Durante tres meses -prosiguió la voz- viví en plena dicha. Mi novio me visitaba dos veces por semana. Llegaba a las nueve en punto, sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo, y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad. Las once y media, aun las doce sonaron a veces, sin que él se decidiera a soltarme las manos, y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. Se iba por fin, y yo quedaba dichosamente rendida, paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano.
Durante el día acortaba las horas pensando en él. Iba y venía de un cuarto a otro, asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia, aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá, que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor.
Yo vivía -sobrevivía-, lo he repetido, por el amor y para el amor. Fuera de él, de mi amado, de la presencia de su recuerdo, todo actuaba para mí en un mundo aparte. Y aun encontrándome inmediata a mi familia, entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente, que nos separaba a mil leguas.
Salíamos también de noche, Luis y yo, como novios oficiales que éramos. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. De noche, cuando había luna y la temperatura era dulce, gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad, donde nos sentíamos más libres, más puros y más amantes.
Una de esas noches, como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio, sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría, donde brillaba una lápida de mármol. Ostentaba nuestros dos solos nombres, y debajo la fecha de nuestra muerte; nada más.
-Como recuerdo de nosotros -observó Luis- no puede ser más breve. Así y todo -añadió después de una pausa-, encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios.
Dijo, y quedamos otra vez callados.
Acaso en aquel sitio y a aquella hora, para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies, y la realidad, la vida depurada de errores, elévase pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.
Nos alejamos de allí, dichosos y sin recuerdos, a pasear por la carretera blanca nuestra felicidad sin nubes.
Ellas llegaron, sin embargo. Aislados del mundo y de toda impresión extraña, sin otro fin ni otro pensamiento que vernos para volvernos a ver, nuestro amor ascendía, no diré sobrenaturalmente, pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo, de haberlo conseguido en la otra vida. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos, y muy triste cuando nos hallábamos separados. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches; pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. Cada vez se retiraba él más tarde, cuando ya en casa todos dormían, y cada vez, al irse, acortábamos más la despedida.
Salíamos y retornábamos mudos, porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento, y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa, para evitar mirarlo.
Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso, Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mías heladas, leí en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mías:
-¡Luis! -murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
-Hasta mañana, amada mía -me dijo sonriendo.
-Hasta mañana, amor -murmuré yo, palideciendo todavía más al decir esto.
Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.
Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habíamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Nos despedíamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
¡Ah! Preferible era...
La última noche, mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas.
-Mi amor -murmuró.
-¡Cállate! -dije yo.
-Amor mío -recomenzó él.
-¡Luis! ¡Cállate! -lancé yo, aterrada-. Si repites eso otra vez...
Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros -¡es horrible decir esto!- se encontraron por primera vez desde muchos días atrás.
-¿Qué? -preguntó Luis-. ¿Qué pasa si repito?
-Tú lo sabes bien -respondí yo.
-¡Dímelo!
-¡Lo sabes! ¡Me muero!
Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
-Me muero... -torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
-No nos queda sino una cosa que hacer... -dijo.
-Eso pienso -repuse yo.
-¿Me comprendes? -insistió Luis.
-Sí, te comprendo -contesté, deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio.
¡Ah! ¡No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros sustanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable, si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Sustancia del ideal, sensación de la dicha, y que solamente es posible recordar y llorar, cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor!
Ese beso nos cuesta la vida -concluye la voz-, y lo sabemos. Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo. Hace un rato, al recogerme Luis así, hubiera dado el alma por poder ser besada. Dentro de un instante me besará, y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción, descenderá, se desvanecerá al contacto sustancial y siempre fiel de nuestros restos mortales.
Ignoro lo que nos espera más allá. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados, y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio, tal vez ellos, urna primitiva y esencial de ese amor, hayan resistido a las contingencias vulgares, y nos aguarden.
De pie sobre la lápida, Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal, que me desvanezco...

(Salto, Uruguay, 1878 – Buenos Aires, Argentina, 1937)


miércoles, 18 de mayo de 2016

SÁENZ, Dalmiro: María la Rubia


Esa que está ahí, la que se ríe en este momento, y apoya la palma de la mano sobre su cadera como si acariciara el anca de un animal querido; esa que mira a los hombres desde el extremo del salón grande, sabiendo que en cualquier momento alguno de ellos le hará una seña con la cabeza y que juntos se introducirán en uno de los cuartos del prostíbulo; esa que asienta sus cuarenta y tres años de vida sobre sus zapatos violeta que apenas sobresalen de los bordes del vestido largo, pero que al moverse se abrirá bastante dejando ver no solo la pulsera plateada del tobillo, sino mucho más arriba, hasta casi la mitad de sus muslos redondos; esa mujer es María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
La conocen todos, prácticamente todos los obreros de Y.P.F. que traen el frío de muchos inviernos en sus articulaciones duras; los que hacen los pozos, los hombres de las torres, los tractoristas, los mecánicos, los que manejan los camiones de los equipos de exploración, los que en un momento dado frotarán sus manos en el manojo de estopa y desgrasarán con prolijidad la superficie curtida y el nacimiento de sus antebrazos hasta el mismo límite que le impone la manga del overol o de la camiseta blanca, y que luego tirarán la estopa, como un símbolo de trabajo terminado, y encauzarán sus pensamientos hacia sus proyectos de fin de semana, en donde seguramente estará incluida la casi obligatoria visita al prostíbulo. La conocen los peones de las estancias vecinas, los de las frentes blancas por muchos soles que no atravesaron el grosor de las gorras o de los sombreros con barbijo, los que bajan al pueblo muy de tanto en tanto, con sus botas lustradas y su saco de cuero, y que se paran en las esquinas o caminan despacio con recelosa prudencia, como si llevaran de la mano el bozal y el cabresto y se acercaran a un caballo arisco en el corral de la estancia. La conocen los empleados de la calle San Martín, lo
s que se inclinan sobre el mostrador de la Anónima, o de Argensud, o de Selecta, o de Picón, y anotan las boletas de las mercaderías vendidas y que conocen al cincuenta por ciento de los clientes por sus apellidos y aun por sus nombres, y que al final de ese día, en el rapidísimo desbande de las siete de la tarde, dirigirán sus pasos hacia las paredes y el techo bajo el cual estarán sus padres o sus hermanos o la mujer que lleva su apellido y que tal vez pregunte: "¿Salís esta noche?", y a quien ellos contestarán: "No sé, puede ser que vaya un rato al café", sabiendo perfectamente que no lo harán, porque ya desde hacía unas horas atrás las caderas de la chica de la caja o las piernas de alguna cuenta en las medias que tal vez él mismo había vendido habrían encauzado sus pensamientos hacia la “casa grande" de la calle Belgrano. La conocen todos, prácticamente todos, incluso yo que soy su hijo.
Anoche lo supe, bastante después de la pelea, cuando yo y él nos levantamos del suelo. Supe que mi madre es una prostituta, que es distinta a las madres o a las hermanas o las hijas de ustedes, porque ella se acuesta con el hombre que paga los cuarenta pesos que estipula la casa y no con aquel que lo dará cierta seguridad de recibir esos cuarenta o una cantidad equivalente para el resto de sus días. Siempre me había intrigado la negativa de ella. Me acuerdo de una vez que, un poco borracho había cruzado yo el salón y tomándola de un brazo le dije:
—Vení.
Ella me había mirado un poco a los ojos y creo que vi el "No" antes de que lo pronunciara aunque no sé si llegó a decirlo, porque el sonido de mi trompada fue lo único que se oyó y su mano subió hasta la cara tapando el hilo de sangre que le corría por la ceja. Su mirada marrón y su silencio, y luego mi voz gritándole:
—Puta de mierda, ¿por qué carajo no querés acostarte conmigo? 
Ella se fue del cuarto como hace muchos años se había ido de mi vida, seguramente sin llorar, pero con la misma decisión y firmeza con que le había dicho que no a la partera del pueblo cuando esta le insistía: "Mirá, querida, que es muy sencillo; lo papás cuando podés; no es más que un pinchazo y dejar que entre el aire, ¿qué vas a hacer vos con una criatura? ¿Cuántos años tenés?".
"Dieciocho años" tendría que haber contestado; pero no lo hizo, sino que se fue conmigo en sus entrañas, a ver al hombre que fue mi padre y al que no encontró porque hacía días que se había ido para el lado del Senguer con una tropa de capones camino hacia Chile. Ella no lo supo hasta mucho más tarde, pocos días antes del parto, cuando llegó el huaso Silveira tambaleándose desde la inseguridad de sus botas de taco alto y apretando su dolor entre las costillas golpeadas y repitiendo constante: "Harto abusivos estuvieron, harto abusivos", y al preguntarle por mi padre había contestado cómo había muerto, a pocos metros del carabinero, con la bala que había entrado por su pecho y salido por la espalda y la mano sobre el cabo del cuchillo que no había tenido ni tiempo de sacar.
Todo eso lo supe por mi abuela, con la que me crié. Lo supe ayer, cuando volvía del prostíbulo, después de tambalear mi asco por las calles oscuras y de vomitar dos veces en la puerta de casa y de hincarme a los pies de la cama y de preguntar llorando: "¿Es mi madre, no es cierto que es mi madre?".
Ella me lo había dicho ignorando todavía lo que había pasado. Me contó de ese día en que se enteró por el huaso Silveira de la muerte de su hijo, y cuando días más tarde llegó aquella chica de dieciocho años, con su pollera tirante y los dolores del parto inminente, yo nací a la noche en la cocina y mi llanto resonó en la miseria de esa casa en donde mi madre nunca más entraría, porque desapareció al día siguiente, y no volvió más que una vez, con el pelo ya teñido y el sobre con la quincena, y hablaron mi abuela y ella en la puerta de calle.
No entró, porque el cuerpo de mi abuela obstruía la puerta; pero estoy seguro de que había mirado hacia el interior de la casa, tratando de ver el cajón que me servía de cuna, con esa misma mirada que años después, en el salón grande del prostíbulo, se cruzaba constantemente con la mía; esa misma mirada que la primera vez había dicho que no a mis todavía tímidos dieciocho años y que yo acaté dócilmente, sin saber por qué, y me fui a acostar con otra mujer; pero pensando todo el tiempo en esos ojos marrones, que yo en esa época no había notado eran idénticos a los míos. Los años pasaron y mis dieciocho años fueron diecinueve y después, veinte y veintiuno y veintidós; en esos años la vida es lo único que importa en nuestra vida, yo lo sé, porque ayer vomité lo que quedaba de mi vida y hoy me doy cuenta de que, sin la vida, ni siquiera la muerte puede solucionar la ausencia de la vida.
Varias veces me había pasado lo mismo. Yo entraba al salón grande y nos veíamos a través de la gente. Yo me miraba a mí mismo en la ternura de sus ojos y veía, contento, mi atractiva juventud reflejada en la admiración de su mirada. No sabía de los hombres y hombres que, extendidos sobre ella, habían pagado mi ropa y mi comida y los libros del colegio. Creía ver en sus ojos admiración de mujer y pensaba que era táctica las negativas suaves o las salidas del cuarto cuando yo insistía demasiado.
Todos mis amigos se habían acostado alguna vez con María la Rubia, y yo conocía sus encantos a través de muchísimas descripciones; conocía la forma en que apoyaba sus labios con esa pesada indiferencia de las prostitutas; conocía sus abrazos cálidos y sin apuro y la mata de su pelo desparramado sobre la almohada; conocía el lento y estudiado desprender de botones y el súbito aparecer de sus pechos grandes, la conocía desnuda con sus zapatos violeta con la pulsera plateada en su tobillo derecho y ese cuerpo mercenario, dócil y blanco, y su sonrisa demorada en su vida sin recuerdos.
Fue la otra noche cuando supe que ella era mi madre. Las cosas sucedieron una detrás de otra, como si la dosis de dolor de toda una vida se hubiera acumulado en menos de una hora. Yo entré, y la vi contra la pared; crucé el salón y me paré frente a ella; nos miramos los dos a los ojos por un rato y sin desviar la vista le dije:
—Vamos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no —me dijo y trató de sonreír, aun después del golpe—. No me pegués —me dijo desde el suelo, y se levantó despacio, con los ojos tristes.
La iba a volver a golpear cuando la voz me detuvo; resonó serena detrás de mis espaldas:
—No lo vuelva a hacer —había dicho, y mi puño listo para el segundo golpe se abrió lentamente mientras bajaba el brazo. Me di vuelta de un salto, con las piernas abiertas y el arma en la mano. 
Después las mujeres gritando y los hombres quietos y los dos girando con nuestras armas listas. Las hojas se tocaron unos instantes en nerviosos tanteos, mientras nuestros pies se movían sobre las baldosas del piso.
Imagínense el cuadro: un hombre joven con la camisa abierta, con un cuchillo grande en su mano firme, y un policía con el sable corto desviando la puñalada y tirando hachazos. Imagínense la pelea larga y pareja, y la primera sangre de una de las muñecas salpicando las paredes en cada movimiento. Imagínense a los dos en el salón iluminado, el pecho del policía jadeando en su chaquetilla, mientras el sable experto arremetía en feroces molinetes de muerte, y el hombre joven con la camisa abierta, con la furia de su mirar bajo la frente sudada, y una prostituta, con todo el dolor de su alma mirando a su hijo bailotear entre la muerte, sabiendo que, aun en el caso de ganar la pelea, todo se sacrificio de mujer esclava se prolongaría en la cárcel en la vida de su hijo. Imagínense el cuadro de dolor y de furia, y el hombre joven resbalando sobre el piso mojado y el policía sobre él, sosteniendo con su izquierda la muñeca contra el suelo y la punta de su sable sobre la garganta agitada.
Y después el grito de ella, fuerte y desesperado: "¡No, por favor, no!", y las manos sobre los hombros, y el policía dócil parándose despacio, envainando el sable, y el hombre joven en el suelo, respirando cansado.
Imagínense todo. Un hombre que no había muerto, secándose el sudor con la manga de su camisa, y el policía en un cuarto, desprendiéndose la chaquetilla y hundiéndose en los brazos de María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
Fue esa noche cuando supe que ella era mi madre. Fue una frase corta: "No ves que es el hijo", que yo oí al salir. Me interné en la noche por la calle Belgrano, vomité dos veces en la puerta de mi casa y entré tambaleándome en la cocina abrigada. Mi abuela me miró sentada en la cama.
—¿Es mi madre? —le pregunté—. ¿No es cierto que es mi madre?
Ella me contó todo y yo vomité de nuevo, esta vez encima de mi chaquetilla policial.

(Argentina, 1926)


Todas las ilustraciones pertenecen a Henri de Toulouse-Lautrec (Francia, 1864/1901)


domingo, 15 de mayo de 2016

DOLINA, Alejandro: La leyenda de las dos calles


Hay en el barrio del ángel gris dos calles —nadie sabe cuáles— que son las calles de la vida y de la muerte.
Son aparentemente paralelas y no deberían cruzarse jamás.
Pero un día cada siete años, un día que nadie conoce, las dos calles se entrevistan en secreto y forman una esquina mágica.
En esa esquina hay un buzón rojo carmín.
En el buzón hay mil cartas. Dentro de uno de los sobres hay un papel azul y en el papel hay una palabra, una sola, escrita con tinta sutil.
En esa sola palabra se condensa todo el saber del universo.
Dentro de los otros sobres hay otras palabras, pero son palabras falsas, que solo sirven para engañar y confundir a los hombres.
Hay que acertar la calle y reconocer el día exacto y la hora precisa para llegar a la esquina secreta.
Hay que abrir el buzón y adivinar cuál de las mil cartas es la verdadera.
Es difícil.
Los hombres sensibles de nuestro barrio lo saben.
Saben también que aun teniendo la inmensa suerte de encontrar la esquina y la carta, no podrían leer la palabra, pues la tinta se borra con la luz.
Saben también que es probable que la palabra no signifique nada para ellos.
Pero día tras día, noche tras noche, la muchachada camina y recamina las calles del barrio buscando la esquina secreta.

(Argentina, 1944)

martes, 3 de mayo de 2016

BRECHT, Bertolt: Preguntas de un obrero ante un libro


Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces, 
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?
Bizancio, tan cantada,
¿tenía solo palacios para sus habitantes?
Hasta en la fabulosa. Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la venció, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba sus gastos?

Una pregunta para cada historia.

(Alemania, 1898/1956)