Para que la lectura sea placentera, debemos leer porque tenemos ganas de hacerlo y nada más. El fin utilitario de la literatura debe dejarse de lado. Además, nadie debe ser excluido. Por eso, "leer" no es solo un derecho sino que, además, debe ser gratuito.

sábado, 25 de junio de 2016

MAFALDA EN SU SOPA


Alumnos de 2° año y tres profes de la E.E.M.P.A. 1007 "LIBERTAD" participaron de una visita guiada por la Muestra "Mafalda en su sopa", en el Complejo Cultural del Viejo Mercado. Fue el jueves 9 de junio de 2016, con la cálida coordinación de la Profesora Claudia Manera. Queda registro del disfrute de la actividad, de algunos detalles del recorrido y de las infografías que elaboraron posteriormente alumnos de 2° F.








lunes, 13 de junio de 2016

BIALET, Graciela: Una historia de amor con final de río


Dicen que dicen... que por allá, en el territorio de los incas, hace muchísimos años hubo un chico y una chica perdidamente enamorados el uno del otro, pero con tanto... tantísimo... viento en contra que si en aquella época hubiese existido la TV, hubieran protagonizado una telenovela.
Él era un muchacho apuesto, buen mozo, fuerte, noble y como si esto fuese poco, también era el príncipe de aquella tribu.
Como pasa casi siempre en estos casos de amores perdidos, desde que Milac Navira (que así se llamaba nuestro héroe) conoció a Panaholma, quedó boquiabierto y con mirada de perro que perdió el sulqui. Ella era una chica de pueblo, bellísima como ninguna, pero pobre como las lauchas.
Demás estaría contar que los padres de Milac Navira se opusieron teminantemente al noviazgo con aquella triste plebeya, no querían para su hijo una esposa de clase baja. Eran de los que decían que los pobres son pobres porque quieren... que no es por nada pero cada chancho a su rancho... y cosas por el estilo.
Pretendían para su hijo alguien importante: algo así como una diosa, por ejemplo, y si eso no podía ser... ¡bue!, se conformaban con una reina... ¡Qué sé yo!... De última, una princesa... ¿pero menos? ¡Qué va!
Por su parte, los padres de Panaholma eran de los que se jactaban de ser pobres pero honrados y para colmo de males se llevaban como la mona con los soldados del rey que venían todas las semanas a cobrar sus impuestos, cada vez más caros y menos justificados. Es de imaginar que prohibieron teminantemente a su niña tener cualquier tipo de tratos con ese joven de la realeza. 
Ellos pretendían que Panaholma se casara con un tal Quilcas, un joven de su misma condición social que decía estar loco de amor por la bella niña, y que por lo menos no tenía nada que ver con personas mandonas y desagradables como el rey y su familia. 
Los enamorados, como pasa siempre cuando el bichito del amor pica y saca roncha, hacían lo posible por desprenderse los abrojos de la vigilancia de sus padres e igual se veían a escondidas.
Así hasta que un día, empachados de los NO de sus padres y sin poder calmar las cosquillas de ese amor que les plumereaba el estómago por dentro, decidieron huir juntos. 
Casi con lo puesto los escondió la noche en su telón de romance y se fueron mientras la luna les guardaba el secreto. Pero una estrella envidiosa, no halló mejor manera de vengarse de los enamorados por no haberla elegido como madrina de bodas, que revelar la ruta seguida, nada más ni nada menos que a Quilcas, el enamorado dejado de plantón.
Quilcas, muerto de rabia y celos, los persiguió hasta el valle de Traslasierra donde los novios habían decidido construir su nueva vida.
Allí Milac Navira y Panaholma se casaron. 
El altar fue una vertiente de agua fresca.
Los padrinos: el sol y la luna. 
El celeste colchón del cielo los apañó en su juego de amor y ellos se besaron como nunca.  Como siempre, conteniendo la risa para no hacer papelones juntos en el momento culminante de la boda.
Se abrazaron, bailaron, comieron perdices... pero no fueron del todo felices, porque apenas comenzaron a sacarle punta al lápiz de la alegría, el perverso de Quilcas comenzó a hacer de las suyas. 
Obligó a un cóndor decir a Milac Navira que por las montañas encontraría el mejor regalo del mundo para su novia; y a un picaflor para que convenciera a Panaholma que por los llanos hallaría las cabras más gordas y lecheras para prepararle un sabroso quesillo a su enamorado.
Engañados así, ella por un lado y Milac Navira por otro, Quilcas logró separarlos y luego, con trucos parecidos, se dio maña para convencer a cada cual que su pareja había muerto.
El joven príncipe, que estaba en las Sierras Grandes, comenzó a llorar enloquecido de bronca, pensando por qué la había dejado sola, echándose un baldazo de culpas y mordiéndose los labios con tal desesperación que sus lágrimas de rabia se convirtieron en un río frío y turbulento.
Ella, en cambio, se hallaba en la Pampa de Achala al enterarse de la mentirosa muerte de su esposo, y fue allí donde una lluvia de llanto le quemó la sonrisa hasta formar un cordón de agua caliente como una herida. 
A pesar de que sus tristezas corrían por las montañas hechas ríos de pena, en el fondo de sus corazones ellos no querían creer que era cierto lo que decía Quilcas.
Así que impulsados por una voz que se escapaba de las cosquillas de los recuerdos, caminaron como sonámbulos por las huellas que formaban sus ríos de lágrimas y... -como en los finales felices de las telenovelas- él y ella se encontraron... 
¿Dónde?
En el lugar exacto en que las aguas  se unían, ahí... justamente allí...
donde hoy en día se besan y arremolinan jugando a un amor prohibido los ríos Mina Clavero y Panaholma. 


Graciela Bialet
(de “De boca en boca”, 1994)



Graciela Bialet nació en Córdoba, Argentina, en 1955. Estudió Comunicación Social, Licenciatura en Educación y maestría en Promoción de la Lectura y la Literatura Infantil. Como educadora ha desarrollado proyectos específicos en animación lectora, tales como el programa Volver a leer, la coordinación de la Biblioteca Provincial de Maestros , capacitación , publicaciones curriculares y programaciones de Ferias de Libro en Córdoba.
Como escritora ha abordado géneros de la literatura infanto juvenil, la novela, el ensayo y textos pedagógicos para niños y para docentes. Dentre las 25 obras publicadas de destacan: El libro de las respuestas sabihondas (1993), De boca en boca (1994), San Farrancho y otros cuentos (2000), Medio blanco, medio negro (2001), Nunca es tarde (2003), Si tu signo no es cáncer (2005),Caracoleando (2005) y El jamón del sánguche (2008) 

Su tono es coloquial y sus temas complejos, sin caer en el sentimentalismo. Su obra ofrece un enfoque cercano, claro y emotivo a cuestiones personales y difíciles.

miércoles, 8 de junio de 2016

SOLARI, CARLOS "INDIO": El monstruo de Panamá


Su nombre clave es El Monstruo de Panamá. Es el verdadero comepecados de la Agencia. Se presenta como una carta interesante para los jóvenes agentes que se rebelan contra la autoridad. El monstruo de Panamá sabe de los crímenes que existen solamente para cierta calidad humana. La calidad humana de los Servicios de Seguridad disfruta del más alto cociente de secreto permitido en las naciones. 
El Monstruo, alcahuete que aviva a los suscriptores de la Agencia: -La autoridad miente. La autoridad opera en tu cerebro-. Opera mintiendo en los labios de los funcionarios en todos los sobornos. Te mienten los directores de las agencias de noticias y de las agencias de publicidad. Todos los días las pequeñas mentiras institucionales en las ondas de T.V. y en los periódicos devoran nuestro estado de ánimo.
Así las cosas, estoy bebiendo con moderación. Durante días no he recibido ninguna señal de extinción y he logrado poner algunos kilómetros entre los negocios gubernamentales y el refrigerador de mi oficina privada. 
La extinción me ha llevado lejos. Antes de la aparición del puto monstruo jugaba al tenis en el Casino al mediodía, mientras mi sensatez bajaba en picada y mi reputación decaía. Pero el muy bocón puso la boca en el trombón y filtró por los altavoces: -Para quienes no pueden sentir la vida, la muerte no es una tragedia-.
Los líderes hablan de tu muerte sin remordimientos. Yo lo escuchaba mirando sus ojitos de pequinés mientras me zampaba una lata de atún frío y un vaso de vodka con agua tónica. Lo escuchaba mientras me adormecía y aceptaba el ensueño sin vacilar. Visiones de blindados que estallaban como uvas (como dijo luego el mayor general, era sin dudas el chispear del agua tónica). Yo lo escuchaba mientras pasaban camiones y las horas se incendiaban (parece mentira que una simple lata de gaseosa, colocada en el justo lugar...). Los altavoces emiten la conferencia de los observadores y... ¡el Monstruo en los altavoces! con gritos catedrales: -Cuando una información es "estrictamente confidencial" esto significa "su revelación disminuirá nuestro poder"-. 
Arroyo de agua tónica. Un corto trozo de alambre marca el reloj en la lata. Con mi navaja abrí el agujero en la caja ordenadora. Así de fácil. El fuego acometió y los blindados saltaron por los aires. Los depósitos fueron explotando en muecas horrísonas que escupían metralla. El personal procuraba escapar con esa sonrisa desdichada que queda en el rostro cuando se han quemado las cejas y las pestañas. Todo el sector quedó a oscuras y la escena era alumbrada por el fuego y los cortocircuitos. 
Un tango con Páez Montra, editor del programa de noticias de la Agencia y durante la cena jugamos con las imágenes registradas en video. El hombre me hizo ver lo mucho que estaba yo bebiendo. Lo hizo en el mismo instante en que la cámara se detenía en un gran pozo humeante congestionado de carne para contrapicar, luego, en las luces intermitentes y en los infantes limpiando el área. Esos jóvenes guardias con sus chaquetas anaranjadas de siniestro, haciendo un trabajo asqueroso en medio de mis bromas. Son muy jóvenes, no han visto nunca nada semejante. Un helicóptero sobrevuela. Páez insiste en los detalles, no le hago ningún caso, hipnotizado por lo que veo... ¡el Monstruo vivito y coleando!: -Para destruir el objetivo político de la nueva cultura es que la difusión del poder, la revolución será televisada-. 
Las pericias comenzaron antes de que se apagaran los fuegos. Me acerqué al cordón protector convencido de que mi embriaguez sería aceptada con mi jerarquía, y así fue que tuve a la vista mi talento. El helicóptero despegó haciendo volar una mortaja de plástico negro por sobre las ambulancias estacionadas. Integrantes célebres de la Agencia se acercaron en un Buick Le Sabre, atravesaron sin declaraciones la valla de la prensa. Arrastrada por el viento, la mortaja volvió a cruzar la carretera unos seis metros delante de mí para aterrizar en un matorral todavía encendida y consumirse. Y allí estaba yo, un figurón borracho por el éxito, apretándose un granito. Sintiendo con resignación cómo la aventura penetraba poco a poco en mi cerebro. Comenzaron a dolerme los pies. Miré hacia el coche, Páez ya no estaba... Subí a una colina para redondear desde allí la escena. 
Al caer la noche me eché sobre la hierba mirando las estrellas. Ahora estaba en conocimiento de los crímenes que existen solamente para cierta calidad humana. Ahora soy un monstruo. Estoy tumbado bajo el cielo estrellado con la misma impecable actitud con que detuve la bala con la cabeza. Nunca fui golpeado tan duro por nada en la vida. La carne está casi lista cuando la conciencia suma: -Los amateurs se hacen pegar, los profesionales no, pero se pueden ahogar con un hueso de pollo. Además me duelen los pies. Una de esas tonterías que nos requieren en el momento de la muerte. Una fracción de segundo antes de desorbitar los ojos... 

(Texto de ficción aparecido en el número 8 de la revista “Cerdos & Peces”, p. 58, enero de 1987) 

(Argentina, 1949)